Review ‘Joker’, de Todd Phillips

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
El caos, Travis Bickle y la ausencia de Batman
Con un ‘hype’ desmedido, ‘Joker’ es una gran película que rehúsa del género superheroico para reformular al icónico villano de DC describiendo una génesis oscuramente realista.
Martin Scorsese, que en el inicio del proyecto de ‘Joker’ estuvo vinculado como productor de la cinta, suscitó cierta polémica durante la promoción de ‘The Irishman’, la película más esperada en la historia de Netflix, con una frase dentro de una entrevista a la revista Empire que ha movido los cimientos del cine comercial actual: “las películas de superhéroes no es cine”. Manifestó que, por encima de su espectáculo, el problema del género es que no pueden transmitir experiencias emocionales y psicológicas humanas.
Más allá de la lógica reacción de los fans de este tipo de cine, ‘Joker’ supone la antípoda de las franquicias superheroicas. Una vez visto el definitivo cambio de rumbo de Todd Phillips (principal artífice de la trilogía cómica ‘Resacón…’), estas palabras describen perfectamente el énfasis de alejamiento de la mitología superheroica hacia el drama y el ‘thriller’ psicológico ubicado en el realismo social de un film. Y, curiosamente, sirven para emparentar al autor de la frase como preceptor e inspirador de esta obra. Si hay un elemento reconocible dentro de esta aclamada película, no es otro que el mismo Scorsese.
Y es que ‘Joker’ abarca en su historia la práctica compleción del corpus narrativo de su cine, derivando (de forma voluntaria y declarada) como una reformulación ‘Taxi Driver’, con ecos muy evidentes de ‘El Rey de la Comedia’, ambas obras maestras del realizador italoamericano. También se nutre de ‘El hombre que ríe’, de Paul Leni, la mística anárquica de ‘V de Vendetta’, de James McTeigue, la obsesión por los medios y la desesperación de ‘Réquiem por un Sueño’, de Darren Aronofsky, la locura mediática de ‘Network’, de Sidney Lumet, la brutalidad solitaria de fondo de ‘En realidad, nunca estuviste aquí’, de Lynne Ramsay y el ethos de ‘La broma asesina’, del cómic book de Alan Moore y Brian Bolland, auténtica fuente de los inicios del Joker como villano. Todas inspiran de alguna manera el producto.
Y de esa amalgama se extrae un discurso profundo y oscuro, mucho más perturbador que cualquier otra película sobre el super heroísmo (o, en este caso, su antítesis). Mucho más allá de los disparos pantomímicos en la sien del personaje interpretado en 1975 por Robert De Niro (que tiene su papel fundamental en ‘Joker’), Phillips empapa su historia con ese aire insano que fluye entre orillas de los dos universos de realidad y ficción que se mancomunan para subsanar un vacío existencial. Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) es Travis Bickle. Ambos configuran esa víctima de la sociedad a los que todos miran como perdedores congénitos encerrados en la locura de su soledad, deambulando por una ciudad gris y agresiva en busca de algo que dé sentido a su vida.
En ambos personajes se entremezclan diversos estados de ánimo que derivan entre el sueño y la realidad, la razón y la locura. Como propósito, los dos tratan de restaurar su estatus como persona revelándose contra el sistema y dinamitando con violencia las leyes sociales. Sus respectivas invisibilidades sociales dentro de la incomunicación que les rodea acaban por erigirles en justicieros como conversión de lo que en realidad son Bickle y Fleck, dos bestias que dejan aflorar su verdadera naturaleza desde sus impulsos asesinos, en una exhibición del ‘superyo’ de Nietzsche. Los paralelismos alcanzan tal grado de identificación, que bien podría hablarse de un ‘remake’ del drama interno de Travis Bickle. ‘Joker’ bebe y fagocita una y otra vez el universo cinematográfico de Scorsese vinculándolo al mundo del cómic, pero sin depender tanto del segundo como del primero. Algo que, por otra parte, no es ni bueno ni malo.
En este punto, podría aludirse a uan reciente exploración del personaje por parte del mismísimo Paul Schrader en ‘El reverendo’, otra revisión del legado de aquel Bickle conformado en la historia de un hombre que crece de forma interior consternado por el mundo que le rodea, alejándose de una sociedad que le pisotea e ignora y termina por convencerse de que la acción violenta es la única manera de sacudir a la gente de su autocomplacencia y moverlos con un fin de reacción. Toller, el pastor evangélico al que da vida Ethan Hawke, ya era casi un espejo directo de Bickle y, por extensión, de Arthur Fleck. Es un hecho que anida en la esencia de esta fábula de lectura anti sistema. A partir de este cotejo, las virtudes de ‘Joker’ son muchas y brillantes.
El universo ‘scorsesiano’ tiene su larga sombra prolongada en el ‘Rey de la comedia’. En ese estrato, Fleck, al igual que Rupert Pupkin (otra vez De Niro), vendría a figurar como elemento histriónico del payaso casi como representación de la Commedia dell’Arte italiana del XVI. Aquel inquietante personaje transformable y capcioso que describía Molière o Pierre de Marivaux en sus comedias para transformar al bufón medieval en un arquetipo mucho más sofisticado y complejo como un eje de intrigas que concernían a transgresión y la provocación social. De alguna forma, Arthur Fleck conjuga las personalidades desordenadas de las cuatro tipologías de payasos; blanco, augusto, Tony y contraugusto. Todos en contante mutación, como si la enfermedad y trastorno mental de este rol sugiriera el constante cambio dentro de su locura, como condición neurológica que causa risa involuntaria y patológica.
Desde un prisma existencial, ‘Joker’ asume al artista que hay dentro de Fleck al mismo tiempo que fragua un espectro criminal. Como dos caras de la misma moneda. El arte y el crimen compartirían una misma naturaleza que se enfoca con ira hacia la injusticia de esa sociedad putrefacta que silencia a los marginados desde sus altas esferas. Es como si el espíritu de Henry Bergson acompañara una vertiente insensible de la risa, donde el humor es propiamente humano y carece de comicidad. ‘Joker’ se sirve de ese realismo social muy oscuro, de las tensiones que agitan a Gotham Ciry que inicia una huelga de los basureros de la ciudad. Un reducto social sonde la basura (metafórica o no) desborda la ciudad de residuos. Ese como un nuevo paraje neoyorkino en que el paisaje enfermo es utilizado como metáfora del cáncer violento que anida en las grande orbes desde hace años, décadas, siglos…
«Ustedes no se imaginan lo que es ser una víctima”.
Son palabras de Bernhard Goetz, aquel ingeniero electrónico enclenque con cara de pardillo que, habiendo sufrido algún atraco en el metro de Nueva York, un buen día sacó un revólver Smith and Wesson del calibre 38 y disparó contra cuatro asaltantes adolescentes negros. Uno de ellos, Darrel Cabey, quedó paralítico por uno de los disparos. El portador del arma se entregó a la Policía de New Hampshire. El día del juicio, una muchedumbre irrumpió en el juzgado para jalear su nombre como “justiciero” ante los tribunales. El efecto de “tolerancia cero” se contrapone al continuo debate de la posesión de armas de fuego. Un argumento que cuestiona la cinta, pero esquivando de forma inteligente aquel suceso y su trasfondo racista.
Algo que no es óbice para presentar al estrato político como lo que es; una basura corrupta que se subraya en la proclama de Thomas Wayne respecto a la visión social de la problemática de Gotham: “Aquellos de nosotros que han hecho algo de la vida, siempre mirarán a los que no lo han hecho y no verán nada más que payasos”. La hipocresía y el clasismo imperan en esa disertación de la división de clase en la sociedad estadounidense. Es la realidad que nos invade. La realidad de Fleck no es distinta a la que sufren miles de millones de personas en el mundo; los marginados reciben el desprecio de las instituciones, de los altos cargos que le escupen con desdén la realidad de su tortuoso pasado. Es el contexto que vive un personaje indefinido, un payaso que sueña con ser humorista que se ve abocado a la locura y violencia.
La deshumanización y la ruptura con la cultura pop.
Ahí reside la grandeza de esta película elevada con apremio a los altares. La construcción psicológica de ese pobre diablo en su particular búsqueda de un pasado nada esperanzador. La de ese inseguro hombre sin identidad que se ahoga en un abismo de soledad y tristeza lo que confiere a ‘Joker’ el signo de su mensaje, de la actualización de ese mencionado mundo de Scorsese. El momento en el que el ciudadano desposeído y sometido por el sistema toma una conciencia real por la lucha y la violencia como método de reacción. Esta pugna contra la sumisión reductiva llevada a cabo por los gobiernos que avasalla y silencian la ira de los desamparados no tiene otra salida que la violencia, la que deviene de la frustración suscitada por la presión a la que son sometidos.
Arthur ese payaso del que reírse, que es humillado en varias fases de la película. La comedia no es un género de divertimento. Es utilizado como acoso social. Lo que se une a un trastorno mental que hace reír sin poder parar cuando no viene a cuento a este Joker. Al fin y al cabo, es una persona enferma que se ve desprovista de ayuda sanitaria porque se han acabado los fondos por parte del Estado. La risa y el humor están invertidos en un proceso de deshumanización de un alma que necesitada de ayuda, afecto y humanidad. Por supuesto, la sociedad se la niega. Fleck comprueba cómo su anhelo vital sobre la comicidad se vuelve contra él y la televisión se ríe de su condición de ‘loser’. Murray Franklin (Robert De Niro), el presentador de un programa de entrevistas nocturno y el ídolo de Arthur, utiliza su carencia de talento como el patetismo que van en contra de los que salvaguardan la sociedad y la democracia. Y la humillación se revela como una declaración infame y airada sobre el mundo de hoy.
La mejor ama de ‘Joker’ es que la ambigüedad de su discurso no tiene dobleces morales, ni cuestiona lo que desfila en cada fotograma. El film se aleja de cualquier maniqueísmo para posponer moralejas y abrir la puerta a la polarización que ha suscitado el film en el mundo. Sería la historia (o más bien la profundización psicológica) de una persona que aún no se ha convertido en un personaje icónico. Desde un punto de vista interno, deshabilita la accesibilidad para codificarlo en una pesadilla de  abusos infantiles que dan como consecuencia un comportamiento antisocial y neurosis para desencadenar en una necesidad desesperada de llamar la atención.
Traído a nuestros tiempos es como si un tuitero matara a algún malnacido y lograra millones de followers con el énfasis de una victoria revanchista contra el sistema ¿Es Fleck/Joker un terrorista? Posiblemente ¿Es lícito aceptarlo como una solución? Joker metaforiza el silencio apagado en el que se construye el resentimiento de los desatendidos, pero en ningún momento debería verse como paladín de ninguna causa racional dentro de cualquier democracia. Y todo esto, con una tímida aparición del pequeño Bruce Wayne, un Batman desaparecido, que no tiene más presencia que una testimonial coyuntura llena de intenciones.
Dejando a un lado las referencias y la estética temática de Scorsese, ese pastiche de referencias excelentes y asentimientos respetuosos, cabe destacar la grandeza artística de ‘Joker’. Desde esa majestuosa cinematografía de Lawrence Sher, consiguiendo una atmósfera orgánica, sucia, iluminada con luz de neón, amarillenta por el desgaste de un mundo sin aliento desaturada por culpa de las desigualdades, pasando por la musicalidad degradada de Hildur Guðnadóttirm hasta llegar, por supuesto, a ese totémico Joaquin Phoenix que huele a Oscar. Y va siendo hora.
Su interpretación es tan física como introvertida. Abarcando cada gesto y mirada en una enferma metamorfosis en la que el actor habita en un mundo tan espeluznante como el de su personaje. Su actuación está plagada de expresiones conflictivas. De lágrimas, sufrimiento y risas desenfrenadas. Todo a punto de estallar. Sus bailes de contorsión son los de un fantasma monstruoso. Como los de un títere desarticulado que encuentra en esta letanía su condición de ser en un mundo oscuro. Él es la luz. Y aquellas escaleras de camino a casa vistas como un martirio de la triste rutina son la alfombra roja hacia la conversión de víctima social a un ejecutor que pone rostro a un movimiento insurgente.
‘Joker’ no es una película de superhéroes, sino una reformulación en cuanto al enfoque de las mismas que busca trascender la cultura pop y el imaginario colectivo para reinventar un mito cinematográfico. Es la génesis de la villanía con sólidos argumentos que se propone radiografiar el porqué de los conflictos motivacionales y psicológicos que dan como consecuencia a un villano maltratado por la vida y la sociedad. Y, de paso, exorcizar las interpretaciones de los Jokers del pasado en pugna con la idea del neoliberalismo que impera en la actualidad y su posición del villano nihilista que conocemos dentro de los cómics de D.C. Bajo el maquillaje del payaso, las personas invisibles sacuden la cabeza sólo con el espejo sucio para iluminarse sobre su difícil situación.
Y logran encontrar una salida, aunque sea una revolución de violencia y caos que, de forma paradójica, ilumina el nacimiento de un mito y da un extraño sentido del espectáculo a la destrucción del mundo. Las acciones de Fleck no pueden ser justificadas, son claramente entendidas. Su risa perniciosa está teñida de poesía humanista, como revelación de la injusticia y el absurdo de la sociedad moderna. El riesgo que corre Phillips con ‘Joker’ es que la desmitificación del mito provoque que el icono juguetón, de fuerza de energía incognoscible que supuraba el personaje de Bob Kane, pase a ser agente del caos a medio en una especie del Pogo the Clown de John Wayne Gacy con conciencia de lucha.
Como un efecto contrario, este ‘Joker’ podría ejemplarizar y dar legitimidad a la masacre de Aurora de 2012, donde James Eagan Holmes, un joven sin antecedentes, perpetró un ataque armado con una escopeta de repetición Remington 870 en un cine Century 16 durante la proyección de ‘El caballero oscuro: la leyenda renace’, de Christopher Nolan. Dejó doce muertos y cincuenta y nueve heridos. Cuando le detuvieron, manifestó que era El Joker. Tenía el pelo teñido de rojo. Todo indicaba que reprodujo un hecho similar de las páginas del cómic ‘Batman: The Dark Knight Returns’, de Frank Miller.
Por eso, ese miserable que despliega su maldad revela la naturaleza del trastorno. Fleck no es un elegido. Ni un ejemplo, ni una efigie de la protesta social. Es otra falsa mitología que llega a matar a su madre sin cerciorarse si es una víctima o no de la sociedad que le rodea y su historia de ‘affaire’ con Wayne fue real o no. Un desalmado que es capaz de asesinar a la vecina con la que fantasea y a su hija pequeña. Un perdedor venido arriba que impone su ley del caos reventando con un disparo los sesos de su ídolo en directo y que termina matando a la doctora del hospital psiquiátrico de Arkham. En cualquier caso, esta maravillosa ‘Joker’ nos recuerda, al fin y al cabo y de forma muy fehaciente, que la vida y sus miserias son un chiste que no tienen ni puta gracia.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2019
FICHA
Estados Unidos, 2019. Color. Duración: 122 min. Formato: 1.85 : 1. Director: Todd Phillips. Guion: Todd Phillips, Scott Silver. Productores: Bradley Cooper, Todd Phillips, Emma Tillinger Koskoff, David Webb. Productoras: DC Comics / DC Entertainment / Warner Bros. / Village Roadshow / Bron Studios / Creative Wealth Media Finance / 22 & Indiana Pictures. Distribuidora: Warner Bros. Fotografía: Lawrence Sher. Montaje: Jeff Groth. Música: Hildur Guðnadóttir. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz, Frances Conroy, Brett Cullen, Bill Camp, Shea Whigham, Dante Pereira-Olson, Douglas Hodge, Jolie Chan, Bryan Callen, Brian Tyree Henry, Mary Kate Malat.

También te puede gustar

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. Más información. ACEPTAR

Aviso de cookies
UN MUNDO DESDE EL ABISMO