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El hombre de negro y la tristeza infinita
El excelente documental ‘Eugenio’ propone un viaje de claoscuros a la vida y éxito de uno de los mejores cómicos de la historia del humor español.
“El humor emerge de la pena y es una válvula de escape para evadirse de la realidad. El humor verdadero surge de los momentos trágicos”.(Eugenio Jofra).
“¿Saben aquel que diu…?” es una simbólica frase reconocible de uno de los mayores y mejores cómicos que ha tenido este país. Eugeni Jofra i Bafalluy, simplemente Eugenio, fue una figura imprescindible de una España en un momento en que lo que más necesitaba el país era reír. Durante dos décadas pasó a ser un mito, un referente que contribuyó con su delgada figura vestida sempiternamente de negro a un humor característico que ha perdurado con los años. Sus armas eran un micrófono, un taburete de bar, un cubata y un cigarro. Lo demás es leyenda. Con gesto adusto y serio, inalterable, bajo bocanadas austeras de un cigarrillo perenne, Eugenio alimentó su propio mito de humorista maldito, pero muy querido por la masa social. Aquellos vacíos silenciosos entre frases, alargados con la complicidad del que escucha atento, propugnó aún más la eficacia de un estilo único e irrepetible.

Dos décadas después de su muerte, aterriza el celebrado documental ‘Eugenio’, de Jordi Rovira, Xavier Baig y Óscar Moreno, que profundiza en la persona y en el personaje transformado hoy en día en un icono que no entiende de generaciones ni paso del tiempo. Aquellas gafas oscuras escondían la verdadera esencia de un humor genial que, sin embargo, camuflaban a un hombre gris azotado por la melancolía y el desconsuelo. Su portentoso carisma y presencia sobre el escenario fue incomparable. Sin embargo, en su vida personal, Eugenio nunca fue feliz ni encontró la calma muy a pesar de su éxito.
El documental propone un retrato biográfico cuya búsqueda no se centra tanto en la faceta luminosa y popularidad del artista, sino que bucea en los claroscuros de una vida única a través de testimonios de gente muy cercana a él para llegar al hombre detrás de artista. En el camino, segmentado en ocho capítulos, ‘Eugenio’ va nutriendo el drama con un profuso trabajo de documentación e imágenes de archivo desde una perspectiva vital que va apagándose hacia esa oscuridad teñida de tristeza insondable.

Desde su infancia hasta su muerte, Baig, Rovira y Romero no han confeccionado un biopic al uso, aunque sigue la estructura genérica del mismo. La gran baza de ‘Eugenio’ es la de sortear la nostalgia para formular un efectivo trabajo desde el respeto analítico hacia la figura del humorista. La escuela Massana fue la primera parada estudiantil de un joven Eugenio, donde estudió dibujo artístico para ser joyero, una vocación de ímpetu creativo que se materializó con enorme proyección en el sector.
Fue su primera ambición, con un futuro de sosiego profesional que se vio alterado con la irrupción en su vida de la que sería pieza clave en la existencia del joven. Conoció a Conchita Alcaide, una delineante de Huelva que le introdujo en el mundo de la música. Ambos formaron un dúo llamado Els Dos, con los que recorrieron el estado con canciones protesta. Estuvieron a punto de participar en el Festival de Eurovisión en 1970, año en la que la representación nacional corrió a cargo de un joven Julio Iglesias.

No obstante, su carrera musical parecía estable dentro del género y de la Nova Cançó. Sus actuaciones tuvieron un punto y a parte con sus shows en el Pub KM., cuyo propietario, Amadeu Molins, encontró un filón en las interpretaciones del dúo y pareja sentimental. Entre canción y canción, Eugenio comenzó a contar chistes. Primero de forma tímida, después como parte esencial del espectáculo. Fue el punto de inflexión que marcaría su vida. Su revolucionaria técnica con los mecanismos del humor, de modelar su espectáculo bajo un concepto antagónico de lo que se supone debe ser un artista de este género tan patrio alcanzó su cenit cuando el matrimonio adquirió el pub Sausalito, local donde Eugenio experimentó y ajustó ese tono lento y circunspecto de narrar con agudeza sus chistes.
La técnica pasó a decretar unas señas de identidad de lo que sería un estilo inmortal. La frialdad y rigidez, sin apenas gesticulación, componían un personaje y su esencia con un estupendo análisis del humor y el medio. En la Barcelona del tardofranquismo, Eugenio era una celebridad con sus actuaciones en discotecas, clubes y salas de fiesta. Y nada fue fruto de la casualidad. El cómico trabajó desde su adolescencia apuntando ideas y chistes en cientos de libretas. Su mezcla de humor surreal e hieratismo nunca sucumbieron a temas como la violencia, el humor negro o la política. La controversia era el límite que nunca traspasó en su comedia. Su humor era universal y para todos los públicos. Se dice que llegó a inventar hasta 50.000 chistes y que dedicaba varias horas al día a ensayar delante del espejo.

Su éxito a baja escala ya fraguó por entonces el ritmo de vida que llevaría en el futuro. La fiesta sin límite ni horarios, el alcohol y amistades poco recomendables sellaron un viaje sin retorno a largas noches de excesos. Tanto es así que su hijo Gerard cuenta que, siendo adolescente, comenzó a trabajar como asistente personal de su padre para procurar controlar un poco esta vena sin freno de su padre. No hubo manera. Entonces llegaría el mazazo existencial a la vida de Eugenio. El amor de su vida, Conchita, su sustento vital en aquellos prolegómenos de éxito desbocado, moría de cáncer en 1980, dejándole hundido. Tan sólo tenía 38 años. El mismo día de su entierro, Eugenio tuvo que cumplir con una gala en Alicante y allí se presentó. La muerte de su mujer marcaría para siempre el carácter del cómico. Su salto a la televisión le encumbraría a nivel nacional como uno de los humoristas estrella de la época.

La amarga tristeza de un humor irrepetible.
Su vida se sumió en una doble vertiente, como en las dos caras de una moneda que acompañarían hasta su final la vida de una personalidad única. Por una parte, coincidió con el inicio de un éxito imparable. Por la otra, se apoderó de él una tristeza infinita que le llevaría a un pozo de oscuridad y depresión que no superó en su vida. Cuanto mayor fue su fama y reconocimiento, más se iba apagando su vida. Tanta popularidad y dinero consumieron sus ganas de vivir y, a la vez, se convirtieron en el único impulso para seguir adelante. A Eugenio nunca le gustó la fama, pero se aprovechó de ella para hacer lo que más le gustaba, que era llegar al espectador con una risa de vuelta. Sus grabaciones en casetes se vendieron como los grandes grupos de música de la época.
Y el hombre de negro pasó a ser una celebridad que triunfaba en Latinoamérica, cobraba medio millón de pesetas por gala o fue capaz de llenar hasta la bandera el Florida Park de Madrid. Por el contrario, la nocturnidad de alcoholismo sin fin, montañas de cocaína, depresiones, problemas de salud y compañías femeninas de toda índole le fueron alejando de su nueva mujer, Conchita Ruiz, de su familia y, en último término, de la vida. Se narra en el documental cómo en el domicilio familiar, algunas amistades acudían un viernes de madrugada a pasar una velada junto al cómico y, después de paellas, litros de alcohol, droga y bailes, acababan el domingo por la noche sin apenas descansar.

No obstante, su genialidad no tuvo límites pese a sus adicciones. Su trabajo incansable por abordar desde su perspectiva innovadora una labor tan denostada actualmente pero tan compleja y seminal como es la de subirse a un escenario a contar un chiste tras otro para crear un ‘feedback’ con el público a través de la carcajada y el aplauso hoy sería impensable. El humor como profesión y una vía de escape existencial que prorrogaba con sus escapadas nocturnas y las resacas inacabables no pararon su ascenso hasta la gloria. Fumaba tres cajetillas de Ducados al día, sin privarse de sus muchas copas, carajillos y tiros de farlopa. Hasta que tanta abundancia y mala vida le fueron pasando factura. Primero con una angina de pecho a la que seguiría otra más.
Después, un cáncer de colón que logró superar. Tantos toques de atención de salud para Eugenio no detuvieron ese tren de vida disipada y dipsómana llevada hasta el extremo, pese a las advertencias de su amigo, el doctor Arturo Herrero. Sí lo alejó de los escenarios. Sus actuaciones se escalonaron como un reducto de lo que fue. La televisión tampoco recurría con tanta frecuencia a su humor, renovada con nuevos formatos. Y su decadencia se aquilató cuando en muchas de sus actuaciones el que fuera un humorista impertérrito se olvidaba de sus chistes. Ante el desastre se refugió en vida desenfrenada, alejándose del espectáculo para pintar e introducirse en el mundo del esoterismo.

Baig, Rovira y Romero ejemplifican en ‘Eugenio’ un asombroso tempo narrativo del documental con una forma muy lograda de interiorizar el drama, con una exposición cuajada de brillantez y de fuerza visual. Truafada de multitud de anécdotas como reflejo vivencial de las emociones y escarceos del genio del humor, la cinta muestra las miserias y el lado más oscuro tanto del mundo artístico de los 80 y 90 como en la faceta personal, donde se exponen sus carencias como padre o como persona, sin juzgar o criticar su forma de ser. Ni siquiera desde la base de los testimonios de aquellos que le rodearon en su vida. Y lo hace en un contexto determinante para que la vida del humorista fraguara en un maremágnum de contradicciones afectivas y artísticas.
Eugenio murió arruinado en una discoteca, tras una opulenta cena regada con alcohol. Su corazón que no soportó más excesos. El 11 de marzo de 2001 caía fulminado apagando para siempre su agonía y tristeza. En el documental su hijo cuenta cómo ese mismo día, por la mañana, acudió a ver a su nieto recién nacido. Le dijo “me voy a morir hoy”. Y acertó de pleno. Eugenio siempre simbolizará el vestigio de un humor perdido, de una forma de ver y apreciar la comedia que, sin perder un ápice de fuerza, ha ido quedando relegado a un espectro pretérito. Este estupendo documental no hace más que elevar su figura sin perder ese poso de tristeza y comicidad, de luces y sombras de ese hombre dedicado a hacer reír pero que, paradójicamente, vivió y murió dentro de una profunda tortura interior.