Review ‘Baby Driver (Baby Driver)’, de Edgar Wright

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
Acción y melomanía al límite
En su quinta película, Edgar Wright propone una adrenalinita historia de atracos con una especie de musical romántico que pervive en su ritmo frenético y atesora una de las mejores ‘playlist’ de los últimos años.
El cine de Edgar Wright se ha convertido en un referente fílmico dada la identificación con el gran público mediante unas señas de identidad propias que se mueven entre el homenaje y la referencia gamberra. Como es lógico, con cuatro cintas a sus espaldas que han propuesto una identidad tan personal, no es sorprendente el hecho que de que esta nueva ‘Baby Driver’ incluso autofagocite ciertos semblantes de un cine reconocible en ese proceso de apropiación de códigos para, con cordura, reformular géneros bajo un punto de vista en el que convergen clasicismo, comedia visual, modernidad, parodia y acción como corpus de una brillante y prometedora filmografía.
El génesis de su nueva propuesta, tras el abandono/despido/falta de entendimiento con la major en el mundo Marvel con ‘Ant Man’ que finalmente llevó a la gran pantalla Peyton Reed, proviene del videoclip ‘Blue Song’, del grupo Mint Royale’s, que rodó en 2003. En este caso, sustituyendo a Noel Fielding con el ritmo en el cuerpo en medio de un atraco por Ansel Elgort a bordo de un Subaru WRX rojo, sincronizando sus labios con el ‘Bellbottoms’, de Jon Spencer Blues Explosion. Es el preámbulo de lo que será una explosión de adrenalina abigarrada con música de iPod, trompos y giros imposibles de volante. ‘Baby Driver’ es una ‘heist film’, es decir, una película de robos concebida al ritmo de un ‘jukebox’ donde la música lo es todo. Tanto es así, que podría definirse como musical romántico disfrazado de ‘thriller’.
Atlanta es el escenario donde opera ‘Baby’, un conductor silente con prodigiosas habilidades de conducción al volante, como un auténtico ‘stunt’ cinematográfico a las órdenes de Doc (Kevin Spacey), un mafioso local que nunca utiliza el mismo equipo dos veces para cometer sus atracos. Tan sólo, recurre a este joven hermético y tímido para la huida del escenario del crimen y que está en una extraña deuda con el villano. Cuando conoce a Debora (Lily James), una camarera con ganas de escapar de su destino, su decisión de trabajar “una sola vez más” y retirarse chocarán con la realidad y los planes de su delictivo entorno con la intromisión involuntaria de la chica en el último golpe.
El planteamiento de Wright gira en torno a esa dimensión genérica de trasfondo ‘antiheroico’ del buen tipo atrapado en una situación que le supera. Un personaje carente de carisma que se mueve por impulsos e intuición y que tiene como única arma una conducción veloz y kamikaze que, escudado en cierta cobardía, sigue delinquiendo tan sólo por rutina.
En este sarao, el autor de la celebrada Trilogía Cornetto asume su condición de prestidigitador contracorriente y dota a esta nueva obra de un carácter distintivo hiperestimulado y visual que se produce por el instinto cinematográfico de un torrente cinéfilo. De ahí que casi todo el entramado se erija en una planificación impecable montada por Jonathan Amos y Paul Machliss, donde lo que predomina es su acción frenética muy bien conseguida y sincronizada gracias también a una coordinación de especialistas (Darrin Prescott, Robert Nagle, Jeremy Fry) y un coreógrafo Ryan Heffington para llegar a una película meticulosa que nunca pierde la complicidad con el espectador sabiendo captar el sonido colérico de la rapidez y acción con una violencia muy estética moldeada con ese céfiro tan ‘kistch’ que se espera del director.
Vendría a ser una versión moderna de la historia de amor dulcificada entre los Clarence Worley y Alabama Whitman de ‘Amor a quemarropa’,de Tony Scott o el hálito de ‘Vivir sin aliento’, de Jim McBride y su precedente genético ‘A Bout De Souffle’, de François Truffaut, metidos en un maremágnum con olor a gasolina y vehículos a toda hostia sacados de otras obras referenciales como ‘The French Connection’, de William Friedkin o ‘Driver’, de Walter Hill. El héroe usa su selección de música constante para paliar el tinnitus derivado de un accidente en su infancia que supone el trauma vital a superar, un villano misteriosamente paternal y un equipo de ladrones divertidamente caricaturescos que catalizan varios aspectos de la personalidad del protagonista interpretados por Jamie Foxx, Jon Hamm y Eiza González son la excusa para descifrar cierta fisonomía de la cultura ‘pop’ diluida en el modernismo que Wright describe a través de personajes carentes de enjundia y jugar con el contexto del cine de atracos y así dotar de paráfrasis una narración sustentada en la dinámica fugaz y la acción sin freno. Al borde de perderse de lo intertextual que mariposea en el exceso, el cineasta maniobra con su esperada costumbre y conducta de un autor consciente de estar ante su gran reto ‘hollywoodiense.
‘Baby Driver’ no busca ni ser original ni aportar un soplo de innovación y atesora momentos de personalidad ya demostrada, como epítome de un estilo arraigado a un cine sin concesiones al aburrimiento. El objetivo de Wright es el entretenimiento a toda costa, con un sentido de libertad expresiva que pocos directores norteamericanos son capaces de transmitir a través de sus imágenes no exentas de un particular fetichismo fílmico. La sección de ritmo es inagotable, revigorizando los clichés genéricos en sus espectaculares persecuciones, sin que el caos distraiga de todo aquello que quiere narrar. Que patente el abrumante dominio del ‘timing’ narrativo y su energía contrastada con una cardinal importancia de una banda sonora con una selección de canciones que configuran una de las listas más sugerentes de los últimos años a modo de lista de Spotify ineludible que acapara una preeminencia poco menos que trascendental. La banda sonora funciona como expresión perfectamente sincronizada a esa mezcla de ficción ‘pulp’, de espíritu de cómic combinada con esa química humana depositada en una tradicional máxima del “Nada en este mundo es gratis y cualquier acción tiene sus consecuencias”.
Estamos, en esencia, un musical entusiasta que derrocha efusión por el material que arroja al espectador, con aroma de blockbuster, trepidante y extrovertida que se permite el lujo de no levantar el pedal del freno y asumir sus virtudes y sus defectos sin marcha atrás, con personajes que conducen automóviles que no pueden pagar y con planes de vida que no tienen.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2017

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