Review ‘El año pasado en Marienbad (L’annèe dernière à Marienbad)’, de Alain Resnais

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
La memoria, el lugar y el tiempo
«Nunca parecías estar esperándome, pero nos volvíamos a encontrar, una y otra vez, tras cada arbusto, tras cada estatua, tras cada estanque, como si no hubiera nadie más en ese jardín, sólo tú y yo».
En el excelente artículo ‘The Haunted Palace’, Kathleen Murphy compuso una meticulosa exploración sobre las frías losas de piedra del corredor de báculos de madera y estucos rodeados de grabados que se perciben como hermoso contexto de ‘El año pasado en Marienbad’. En él, la escritora centraba su mirada en la obra maestra de Alain Resnais para abordar un apasionante recorrido a través de otros puzzles cinematográficos condenados al recuerdo, como los siniestros secretos que encierran las enmoquetadas galerías del Hotel Overlook de ‘El Resplandor’, de Stanley Kubrick, atravesando y diseccionando diversas correderas como vías de escape a la psique humana de la entelequia y la irrealidad, donde lo imaginario se confunde con lo tangible, en el momento en que la memoria reinventa el mundo. Como en el filme de Resnais.
Se paseaba de puerta en puerta por películas como ‘La dama de Shanghai’, de Orson Welles, ‘El Oscuro Objeto del Deseo’, de Luis Buñuel, haciendo alusión a Max Ophuls y Josef Von Sternberg e incluso llegaba, con lógica inercia, al ‘Vertigo’, de Alfred Hitchcok, haciendo semejanzas entre una película de sortilegio único con los juegos y puzzles que proponen estas obras también clásicas, como laberintos ficcionales donde el hipnotismo, la amnesia o la imaginación solipsista establecen una ilusión óptica que el espectador debe desvelar sin ningún tipo de pretensiones cartesianas.
Desde el gusto por la ornamentación visual, hasta el arrebato de fractura epistemológica, Resnais utilizó este clásico como ejemplo, destructivo y renovador al mismo tiempo, de la expresión y la evolución del lenguaje cinematográfico, donde la significación prevalece antes en el deseo y la imaginación que en la lógica y la realidad, como una metáfora sobre la muerte o una sumersión en el mundo de los sueños.
En 1961, el cineasta adaptó el guión de Alain Robbe-Grillet respetando escrupulosamente su estructura y esa clara intención de desafiar las normas. No había límites, no había modelos a seguir. El propósito era que lo que se relataba no tuviera tanta trascendencia como el cómo se relataba. Según Resnais “no había que desencriptar la historia bajo una lógica coherente, si no que había que traducir todas las notas del guión llevándolas a un camino inexplorado dentro de la cinematografía universal”.
Hermética y calculada, ‘El año pasado en Marienbad’ narra cómo un hombre se obstina por persuadir a una mujer de un encuentro en el mismo hotel donde se hospedaron un año antes, lugar en el que mantuvieron un ‘affaire’ y se citaron justo un año después para escapar juntos de sus compromisos con la rutina. Sin embargo, ella no lo recuerda, entrando en un turbio juego de reiteración pasional y persuasiva. Se muestra al espectador como una miscelánea de emociones e imágenes donde su seductora planificación, la utilización de los espacios y los rostros de Delphine Seyrig y Giorgio Albertazzi se perpetúan conjurados por la magia formidable del Séptimo Arte en la penetración alegórica de un mundo espectral que el crítico Dave Kehr definió como “el hemisferio perdido de la cinefilia”. A través de ella, se construye un laberinto físico y especulativo, en un juego que obliga al público a combinar y recomponer la historia bajo su albedrío, en una trampa de sensaciones e ideas abiertas a múltiples lecturas.
La mirada del público consume los retazos visuales que adornan esta indescifrable historia desarrollada en el barroquismo del entorno, en los interminables pasillos, en estáticos personajes vestidos de gala y en el recuerdo borroso de unos jardines geométricos en un tiempo desestructurado que esconde secretos inconfesables. La cinta es un enigma psicológico perceptivo que no ofrece conclusiones a las incógnitas lanzadas al espectador donde el tiempo y el espacio se despliegan e intercalan, repitiéndose para evitar abordar la lógica de la narrativa convencional.
En ese desfile de personajes autómatas que pululan por las frías paredes del hotel aviva la idea de la memoria o la deserción de los recuerdos en unos personajes carentes de reminiscencias. Él intenta provocar el despertar de la memoria de la mujer. Ella, sin embargo, se obstina en negar todo aquello descrito en el pasado. Su atmósfera revela unas intenciones estéticas por parte de Resnais que van más allá de su ejercicio de estilo, con una puesta en escena tan arrolladora como desconcertante.
Bajo una música de órgano fúnebre y siniestra se esconden preguntas acerca del tiempo y los lugares, el pasado y el presente, la locura y el sentimiento, incluso de la muerte y el recuerdo. Tal vez el error esté en intentar desglosar una serie de interpretaciones coherentes a esta obra maestra donde la inmediatez se torna en un efecto intraducible que corteja con la sensualidad de sus planos y composiciones.
Lo cierto es que invita a desenmascarar un misterio melancólico que formula cuestionamientos dentro de su contexto, en el que ni la fragmentación de sus elementos consolida una teoría convincente acerca del relato. La obra del director francés es un legado que apela a la mirada del que se introduce en su rompecabezas y a su facultad de contemplar, de escuchar, de sentir.

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