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La defensa, lo colectivo y la victoria desde una cuestión de fe
Cuando hace dos años, España cayó eliminada ante Eslovenia en las semifinales del Eurobasket 2017 disputada en el multi geológico entorno de Rumania, Israel, Finlandia y Turquía, aquellos medios nacionales que elogiaban al joven ejecutor de una selección comandada por los hermanos Gasol, ayer no se acordaban de que superpusieron el interés mediático del club que les da de comer antes que la más que meritoria medalla de bronce que se consiguió ofreciendo una imagen de solidez durante el torneo. En aquel texto de este blog se subrayaba que había que tener fe ciega en este grupo de jugadores que todavía atesora algunos de los aspectos baloncestísticos más destacables del mundo. Este Mundobasket China 2019 ha sido el enésimo ejemplo.
Dadas las circunstancias; Pau Gasol había sido operado para subsanar una fractura por estrés en el hueso navicular de su píe izquierdo, Sergio Rodríguez había aludido a motivos personales para su ausencia, Juan Carlos Navarro había colgado las botas y nombres como Ibaka o Mirotic, se bajaron del tren con una perspectiva derrotista y sin argumentación alguna. El USA Team, del que se fueron cayendo estrellas consolidadas de la NBA como James Harden, Anthony Davis, Damian Lillard, Bradley Beal, CJ McCollum, Tobias Harris, Kevin Love, Eric Gordon, Paul Millsap, Andre Drummond, De’Aaron Fox y el nuevo fenómeno social del campeonato Zion Williamson, no eran el único equipo obligado a jugar sin algunas de sus mejores figuras.

Pese a ello, se preveía un Mundobasket muy complejo en lo competitivo. Sasha Djordjevic, con una de sus habituales bravuconadas, había avisado del potencial del combinado serbio: “Si Estados Unidos se cruza contra nosotros, ya pueden ir rezando a Dios”, afirmó. Había otras selecciones que partían como claros candidatos al título; Australia, Argentina, Grecia o Francia. Seamos sinceros, casi todo el mundo, incluido el que esto redacta, tenía una confianza reservada sobre las posibilidades de medalla de la selección nacional de baloncesto. Obviamente, la selección de Sergio Scariolo debe ser un referente y también estaba en las quinielas. Sin embargo, se presagiaba uno de los campeonatos más abiertos de los últimos tiempos. El hecho de haber llegado a las semifinales. Incluso un quinto o sexto puesto, ya debería haber sido motivo de satisfacción.
Si bien España llegó con un pleno de victorias en la primera fase, al igual que Serbia, sus victorias frente a Túnez, Puerto Rico e Irán supusieron pruebas que aportaron una solidez defensiva evidente, pero el espacio para la duda en cuanto a su verdadero potencial ofensivo quedó en el aire. Sobre todo, en ámbitos fundamentales como la reacción de salida, acierto desde el perímetro y algunos desajustes estructurales en los esquemas del seleccionador italiano. Un mal menor, ya que, en anteriores competiciones, el guion estimó las clasificaciones como ensayos preliminares. Lo importante estaba por venir. No hay que negar que, entre los aficionados, se instauró un halo de inseguridad y nervios. Tanto es así que, en los primeros minuto contra Italia en segunda fase, esa versión dubitativa de España fraguó la duda. Un 5-15 para comenzar no auguraba nada bueno.

Pero esta es la España fraguada desde la Generación de Oro. Siguen siendo los Golden Boys, con su particular estilo y desafíos ante la adversidad. Y cuando el equipo sube la tensión ofensiva y adapta su reconocida solidez defensiva, no hay rival que sea capaz de jugar cómodo. Y los de Sacchetti cayeron en el vacío con un planteamiento de defensa incólume y un dominio que desmintieron cualquier suspicacia para el asalto al Mundobasket después de ver la humillación de juego de Turquía antes Estados Unidos en la primera fase y la carencia de carisma del equipo de Popovic y Kerr. El 67-60 a los italianos marcó el golpe de efecto en el equipo y en el ánimo de la afición.
Una vez allanado el camino y recuperada la confianza, tocaba el gran coco de este torneo. Serbia también había llegado, como España, invicta al encuentro. Los serbios llegaban con la vitola de invencibles, con más de 100 puntos de media por partido y un dinamismo atronador. Pero David se comió a Goliat. Y de qué manera. Las 10 medallas en los últimos 12 torneos de España sonaron como un percutante eco y tomaron lustre en este partido. Posiblemente, el que ha determinado la victoria final. Los de Scariolo dejaron uno de los encuentros defensivos más prodigiosos de cuantos se recuerdan.

Todo funcionó: el ataque, la defensa y la contención de un rival correoso que se vio desquiciado desde el primer minuto. No hubo Jovic, Bogdanovic, Bjelica, Raduljica o Jokic (que acabó expulsado por doble técnica al comienzo del tercer cuarto) que detuviera el énfasis español. Dio igual que de los primeros siete intentos de tres sólo entrara uno. Lo importante era mantener el rebote y no sucumbir al ataque rival. Y así fue. Ricky Rubio se consolidó como el eje de apoyo de un equipo que funcionó dejando auténticas lecciones de baloncesto. La imbatibilidad balcánica iba a llegar a su fin. No fue fácil. Todo lo contrario. España se había reinventado siguiendo su estilo, sin renunciar a la esencia ganadora y reconocible de un equipo que, ahora sí y como suele suceder en estos saraos internacionales, ya contaba con la atención mediática del país.
España había ganado 81-69 a la gran favorita. Y, por si fuera poco, evitaba a Estados Unidos en los cruces siendo primera de grupo y encarando en cuartos de final frente a Polonia. Una selección de buenas sensaciones pero que sucumbió, como era de esperar, al denuedo colectivo, a la complicidad del grupo, a esa intensidad corporativa de compromiso y talento. El libro de estilo exteriorizó los aspectos grupales. Todos tuvieron su instante de importancia. El 90-78 era lo de menos. España iba a jugarse un puesto en la final. El Oriental Sport Center clamó por ello “sí, sí, sí… Nos vamos a Pekín”. Francia se había impuesto a los norteamericanos (la gran decepción del Mundobasket, pero crónica de un fracaso anunciado) y Argentina había dejado en la cuneta a los serbios. En nuestro cuadro, el destino quiso enfrentar a la selección a otro de los favoritos: la temida Australia, que se había deshecho, cumpliendo los pronósticos, de la República Checa.

La agonía de una semifinal inolvidable
El equipo australiano, liderado por el base de los San Antonio Spurs, llegó a semifinales con una fórmula de baloncesto eficaz alimentado por figuras de la NBA como Dellavedova, Bogut, Ingles o Baynes, que encabezan un bloque de fisicidad imponente y un dinamismo de alto nivel que en los JJ.OO. de Río de Janeiro ya deslumbró fraguando una competición intachable. Como España, los australianos carecieron de estrellas NBA del nivel de Ben Simmons, Dante Exum o Thon Maker, pero su composición no dejaba lugar a dudas sobre la valía del conjunto ‘aussie’. El encuentro marcó una de esas jornadas que va a ser difícil de olvidar. En horario madrugador (10:00 hora española) la selección de Scariolo se desfondó en el que puede que haya sido el partido de baloncesto más agónico que haya vivido el aficionado en mucho tiempo. Como las grandes películas de suspense. Empezó todo muy bien y se fue complicando la vida, corriendo un riesgo imprudente. Cuando el ‘timming’ del encuentro estaba controlado, la deriva hizo acto de presencia. Dos únicos puntos en los primeros seis minutos del segundo cuarto hicieron que la selección fuera constantemente a rebufo del equipo conformado por Andrej Lemanis.
La clave era igualar la constancia y el desafío de cara al aro de un contrincante correoso que no cejó en su empeño por dejar saldado su pase a la final. No obstante, la defensa zonal y ese triángulo de bases (repartido entre Ricky, Llull, Rivas y Rudy) soportó el encarnizamiento que dominaba el juego en todos sus flancos. Los guarismos (7/17 en tiros de campo y 4/17 en triples) no invitaban al optimismo. Eso sí, ya no había nadie que dudara que se pudiera revertir el estropicio. Marc Gasol, descentrado en la primera parte, salió con un cambio de aires que dio sus frutos en el tercer cuarto. Ricky a lo suyo y Llull errático y preocupante. Los oceánicos seguían con su presión, con Patty Mills en estado de gracia y un 39-50 que puso la final muy cuesta arriba. Scariolo tiró de los hermanos HernanGómez y el totémico Ricky Rubio utilizó su liderazgo como encargado de invertir la situación. Se llegó al final con los nervios a flor de piel. Por la magia conceptualizada en el juego y el desafío imposible, España se puso a un punto. 69-70 tras una pérdida de Mills a 28 segundos para el final. La excitación nerviosa y la ansiedad estabas sentadas al lado del sofá o en el taburete del bar de los espectadores, mirando en el celular tras el cogote del aficionado. Demasiada tensión.

Y entonces, los acontecimientos se precipitaron. Se agotaron 20 segundos cuando Bogut le hizo falta a Marc Gasol. Toda España cerró los ojos y cruzó los dedos. Al mediano de los Gasol no le tembló la mano y anotó los dos tiros libres. La selección estaba por delante y virtualmente en la final. Sin embrago, había un dato de choque: aún faltaban 8.7 segundos para alcanzar el sueño. El balón fue a Mills y logró sacar la falta a 4.7 segundos ante el acongoje y la frustración. El alto porcentaje del base en esta disciplina hacía presagiar que todo se resolvería en un azaroso lanzamiento encauzado a un milagro. Y falló. Mills falló el primero de sus tiros y anotó el segundo. La prórroga era un hecho. Ricky lanzó desde medio campo y estuvo a punto de colarla con el 71-71 en el luminoso.
Cinco minutos más de sufrimiento llevado al extremo. En la dramática prolongación, Marc y Mills ofrecieron “tú a tú” de puro espectáculo y baloncesto. Dos bestias en pugna con el destino. Los árbitros intentaron desequilibrar la balanza a favor de Australia, pitando vergonzosas faltas y aplicando decisiones muy cuestionables, como esa de Ricky en ataque cuando apenas quedaba un minuto para el final. Pero ni por esas. La igualdad se llevó a una agonía que desembocó en otra intensa prórroga otra vez con el pívot ganador del anillo de la NBA con los Toronto Raptors desde la línea de personal a 4.6 para la finalización. Y eso que Dellavedova tuvo el tiro sobre la bocina. No fue su día. 80-80.

La angustia se amplificó a otros cinco minutos de suplicio. Aunque, en esta ocasión, la fortaleza mental y física fueron inclinando la báscula hacia nuestro lado. Llull volvió a ser el de siempre, Claver validó su trascendencia como elemento clave en este Mundobasket, Gasol puso un “pincho de merluza” con el que Goulding tiene todavía pesadillas y Ricky, impasible, acabó encumbrándose al Olimpo de los Dioses. Marc había anotado sólo cuatro puntos en los primeros veinte minutos de partido. Acabó con 33 en su cuenta particular. Ricky, descomunal, con 19 y Llull, que falló, pero sin perder la fe en sí mismo, finalizó con 17. España se había colocado en la Final memorable. Con una épica imposible de olvidar.
El orgullo y el tesón volvieron a ser indispensables para la hazaña épica. La indomabilidad levantó la pasión con una voluntad de hierro que jamás bajo la guardia. Como dijo Rudi Tomljanovic, el mítico entrenador de aquellos gloriosos Houston Rockets de los 90: “Nunca subestimes a nadie y mucho menos el corazón de un campeón». Es un axioma extraordinario atribuible a este equipo y lo logrado. Otra muesca más en la aureola mágica de esta generación de deportistas que han marcado una página de oro en la Historia del deporte español.

Lecciones de baloncesto y segundo campeonato
La final contra Argentina, que sobrepasó a Francia en la otra semifinal, parecía otro imposible. Pero resultó ser un mero trámite. La hazaña se había resuelto con la heroica ante Australia. Por supuesto, el objetivo era la medalla de oro y repetir campeonato mundial. Hace trece años, en Japón, aquel combinado dirigido por Pepu Hernández instauró un estigma de grandeza al lograr el primer campeonato del mundo para la selección española. Pau Gasol, que a la postre fue elegido MVP del mismo, se lesionaba en la semifinal contra Argentina. La predestinación, quiso que esta misma selección se enfrentara en la final. Podría haberse esperado otro encuentro inquietante, dominado por la igualdad y la tensión máxima. Por fortuna, no fue así. En el comienzo, España anotó 14 de los primeros 16 puntos. Y, a partir de ese instante, nunca le perdió el pulso al choque.
Los gauchos, dirigidos por el gran Sergio Hernández, tuvieron algún amago de reacción, aunque inconsistente ante otra demostración de fuerza y determinación de los españoles. La leyenda de Scola y su gran aportación o los arreones de Brussino y Campazzo se deslucieron en la cita más importante. El dominio autoritario sobre el parqué se catequizó en la decimonovena medalla para el baloncesto masculino en una gran gesta, la del segundo Mundial de baloncesto. 95-75 fue el marcador final. Alivio y merecida celebración. En Saitama, en Pekín, ante Grecia y en su primera final de un torneo mundial, España ganó 70-47. Los valores de grupo y amistad y la creencia sobre cualquier duda respecto a ellos se habían forjado en un nuevo triunfo. La España de Scariolo volvía a ser leyenda. Y todo un país se rendía a los pies de un deporte mayor, catequizado con el éxito como el de ayer. BA-LON-CES-TO, que dijo Pepu cuando se obtuvo el primer título.

Para la retina nos quedará la madurez de Ricky Rubio, capaz de erigirse no sólo como la luz de este equipo ganador, sino como una estrella fuera de serie que ha dominado los aspectos competitivos para acabar siendo el MVP del Mundial. En Phoenix Suns deben estar frotándose las manos por haber adquirido a este talismán. El de Masnou, bajo esos tatuajes y su coleta y barba, ha abanderado el desafío y salir indemne con unos números para el recuerdo: 15.9 puntos, 4.3 rebotes y 6.4 asistencias de media por partido. También ha sido incluido, como no podía ser de otra forma, en el quinteto ideal del torneo junto al otro baluarte del éxito español, Marc Gasol con Evan Fournier, Bogdan Bogdanovic y Luis Scola completando el mejor equipo de estos quince días de competición.
En el caso de Marc, este 2019 será su mejor año personal, al haberse proclamado campeón de la NBA el pasado junio con los Toronto Raptors ante los Golden State Warriors. Proeza que comparte el seleccionador Sergio Scariolo, al que hay que señalar como uno de los máximos responsables de este triunfo colectivo. Serge Ibaka podría haber sido el otro factor del tridente, pero su espantada seguro que aún resuena en su cabeza y en su orgullo.

No podemos olvidar a Rudy Fernández, Pau Ribas, Juancho y Willy Hernangómez, Víctor Claver (qué gran mundial ha cuajado), Xavi Rabaseda, Javier Beirán y Quino Colom. Tampoco a jugadores clave en las ventanas que dieron acceso a jugar este Mundial de China. Hablamos de Pablo Aguilar, Joan Sastre, Ilimane Diop o Jaime Fernández, entre otros. Lo que aconteció ayer en el Wukesong Sport Center de Pekín queda como otro de esos sueños del que uno quiere despertar. No hay porqué dudar de que la quimera no se perpetúe en siguientes acontecimientos de tal calado. Y ahí estaremos, apoyando. Porque este linaje de jugadores parece no tener límites.
Será el final de una generación, eso es algo escrito. Lo meritorio no es todo el tiempo o su paso, el punto inexcusable es el hoy. Así que disfrutemos de estas experiencias. En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 seguramente digan adiós, Pau Gasol, Rudy Fernández o Sergio Rodríguez. No importa, porque han demostrado que hay una línea sucesiva capaz de seguir haciendo que la afición española al baloncesto continúe con la ilusión intacta.
Enhorabuena por el éxito. Os esperamos en el siguiente. España es BICAMPEONA DEL MUNDO. Toca celebrarlo. Al estilo Marc Gasol, por supuesto.