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(1960-2020)
La cultura futbolística se ha nutrido desde el principio de su existencia de mitos que han conferido a este deporte casi una respuesta existencial al ser humano, rubricada de una necesidad lúdica. El fútbol como adhesión atávica forma parte de la complexión social, como un idioma internacional en el que los ritos se configuran como un espejo simbólico de la sociedad. Ha llegado hasta tal magnitud que supone una manifestación cultural unificadora, más allá de colores y banderas.
El fútbol como fenómeno social de impacto ha encontrado en una serie de figuras la representación inalcanzable de grandes leyendas del balón generadores de una iconografía y devoción casi mística. Han sido unos cuantos elegidos en el Olimpo los modelos que han ilustrado con sus jugadas, con sus goles y con su trascendencia la historia de una divinización muy importante en la sociedad de masas. En este insigne circulo de la globalización del fútbol como deporte rey, la grandeza de una figura como Diego Armando Maradona es indiscutible.

Maradona fue un genio de la técnica, dominador zurdo o diestro (o ambas cosas) cuya inteligencia en el campo encontró alternativas e innovación nunca ejecutadas. Su regate, creatividad y conducción de la pelota siempre adherida a su pie ante la defensa culminaba con perspicacia de cara al gol. Su forma de entender el juego, su condición física en plenitud, su desparpajo y descaro a la hora de trasformar el fútbol marcaron una revolucionaria visión del deporte que le subió a los altares de una generación que vivió su eclosión como un ídolo inmortal.
Su polivalencia dentro del terreno de juego le hacía imparable, con los cambios de velocidad, su perspectiva diferente para encontrar espacios y generar desajustes en el equipo contrario. Maradona fue tan importante para el fútbol como para Argentina, que vio en él la simbolización histórica del espectro social dentro de la sociología del país de los años 80. Para el resto del mundo, “el Pelusa” era una atracción. Primero dentro del campo. Después, lamentablemente, fuera de él.

Llegó convertido en un astro del fútbol argentino con su debut y formación en el Argentinos Juniors (1976-81) y su fugaz pero estelar paso por el Boca Juniors (1981-82) para debutar en el Mundial de Fútbol de España 1982. Precisamente, el país donde la figura de Maradona trascendió con una dimensión ecuménica. El F.C. Barcelona ya había intentado ficharle en 1978, cuando con dieciocho años, el argentino se proclamó campeón del Mundo con la selección juvenil de su país. Llegó en junio de aquel año gracias a la persistencia del representante Josep María Minguella con un estratosférico fichaje que costó 1.000 millones de pesetas. El Barça amortizaría aquel traspaso prácticamente antes de que el jugador comenzara a vestir la camiseta blaugrana. Durante su corta etapa se marcó su posterior carrera.
Desde una hepatitis que le alejó tres meses de los campos, su lesión provocada por una entrada de Andoni Goikoetxea, la Copa del Rey contra el Real Madrid, la desaparecida Copa de la Liga y una Supercopa fueron los títulos conseguidos por el Barcelona de Maradona. Y, entre tanto, un obstáculo para la gloria barcelonista: el Athletic Club de Javier Clemente que conquistó las dos ligas de su trayectoria en el club catalán y aquella mítica Copa del Rey de 1984 que terminó perdiendo con un gol de Endika y que acabó ofreciendo uno de los espectáculos más bochornosos y violentos de la historia del fútbol español y que tuvo como protagonista al 10 argentino. Jugó 58 partidos y marcó 38 goles y pasó a la historia del club culé del que nunca quiso irse.

Pero Josep Lluis Núñez terminó vendiéndole al Nápoles, equipo en el que dejó su huella y erigió su leyenda como uno de los mejores jugadores de los fastos del fútbol. Dos ‘scudettos’, una copa de Italia, una supercopa de Italia y la mítica Copa de La UEFA de 1989 contra el VfB Stuttgart. En el camino, el “barrilete cósmico” firmaría una de las actuaciones individuales más sobresalientes en una cita mundialista que se recuerden; la de México 1986, donde la selección albiceleste se proclamó campeona del mundo frente a Alemania. La mayor gloria deportiva de Maradona tuvo lugar en aquella cinta internacional; desde las tres asistencias de los goles de Valdano y Ruggeri en el primer partido, el gol de la ‘Mano de Dios’ contra Inglaterra que quedó oscurecido por uno de los mejores tantos vistos sobre un campo de fútbol, recorriendo 60 metros con el balón en un ‘slalom’ perfecto de una plasticidad y perfección alucinantes hasta el doblete en semifinales contra Bélgica y su fundamental aportación en la final contra los bávaros. Maradona era un héroe global y en su país poco menos que un Dios al que adorar. En contra, su magnitud como deportista fue en detrimento de su vida. El jugador entró en una peligrosa espiral de vertiginosas vivencias extradeportivas muy apegadas a la fiesta el descontrol y la droga.

El genio del balón no asumió tanta divinidad y vivió deprisa y mal. Desde entonces, su decadencia afectó a su importancia futbolística, llegando al Mundial de 1990 con su imagen en entredicho, pese a obtener un subcampeonato en el torneo disputado en Italia. Con el estigma de la drogadicción y los problemas personales como nefasta bandera pasó por el Sevilla. En aquélla época fue suspendido de cualquier competición por diversas ilegalidades delictivas para volver a jugar con la selección argentina en el Mundial de 1994 en Estados Unidos. Todo el mundo presenció el último gol de Maradona con la camiseta argentina, en el 4-0 frente a Grecia, corriendo a cámara para la celebración con el rostro desencajado. Se corroboró aquella actitud con un positivo por dopaje que le dejó fuera de la cita mundialista. Su partido contra Nigeria en Boston fue el último con la selección. Y ahí llegó el fin del mito como semidiós del futbol.

Volvió, primero como entrenador, luego en diversas reapariciones con varios equipos, pero el mito era una sombra del pasado. Pese a ser mánager de Boca Juniors, seleccionador nacional con Argentina, su paso como técnico en los Emiratos Árabes Unidos, en la segunda división de la liga mexicana y su aportación como comentarista futbolístico en múltiples medios televisivos, la vida de Maradona describe su faceta como persona, alejado de los campos, con una deplorable imagen que no hizo más que distanciar de forma abismal su faceta deportiva con lo miserable y abominable de su persona. La visualización de Maradona desde hace mucho tiempo se ha visto salpicada por demandas de paternidad, agresión a periodistas utilizando un rifle de balines, escupitajos a la prensa, palabras subidas de tono, estados de embriaguez vergonzantes y públicos, amistades con Fidel Castro, Hugo Chávez o Nicolás Maduro, incontables denuncias por violencia de género y acoso sexual, fotografías en fiestas sexuales con menores (lo que le convierte en un pederasta), imputaciones por evasión de impuestos, demandas contra representantes y ex mujeres, sustos coronarios y un énfasis por la fiesta y la droga en ingentes cantidades que no ha abandonado desde hace décadas. Lo extraño es que su muerte haya llegado a los sesenta años y no mucho antes. La lástima de este inmenso jugador de fútbol fue que jamás recondujo su vida, no aprendió de los errores y dejó que la inercia de la mala vida marcara su trayecto personal. Ése que desdibujó su imagen y dividió al mundo.

No obstante, esto no es impedimento para destacar al niño pobre que salió de Villa Fiorito para triunfar en el mundo como uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Su importancia dentro del balonpié ensalzado a lo más alto de la memoria colectiva es irrefutable. Es una lástima que su tendencia a la autodestrucción, las malas decisiones y compañías y su actitud ante la vida privaran al mundo de una prolongación de su inabordable talento para el fútbol. En el legado futbolístico quedan imágenes para la historia, vídeos que ver una y otra vez y textos que describen sus hazañas homéricas en un campo de fútbol.
Nunca se dilucidará quién ha sido el mejor futbolista de todos los tiempos. Tampoco importa. Pero el nombre de Diego Armando Maradona debe estar presente en toda discusión al respecto. La pleitesía, el aplauso colectivo e incluso el llanto van acordes a la grandeza de una figura insustituible. Tocó el Cielo para quemarse en los Infiernos. Lo que nadie puede negar es que es y será evocado como una verdadera leyenda del fútbol.