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Las lágrimas del miedo
Se cumplen 25 años del estreno en España de uno de los estrenos más controvertidos y populares del gran cine que se profirió a principios de los 90. Una cinta que estuvo en boca del panorama cinematográfico internacional de un modo tan salvaje que ahora podría definirse como viral. Su historia de confrontación entre personajes nada convencionales puso sobre la mesa cuestiones sobre la lealtad, la política, el terrorismo, el deseo, el romanticismo y finalmente el destino. La cinta de culto y posiblemente obra maestra de su director no es otra que ‘Juego de Lágrimas’. Y no se podía pasar el aniversario para dedicarle el texto que bien se merece en este vetusto blog.

‘Juego de lágrimas’ supuso el séptimo largometraje de Neil Jordan después de haberse granjeado una fama de reputado director con tres títulos en su periplo europeo ‘Danny Boy’, ‘En compañía de lobos’ o ‘Mona Lisa’ y no saber acertar con su salto al cine de Hollywood con las olvidables y fallidas ‘El hotel de los fantasmas’ y ‘el ‘remake’ ‘Nunca fuimos ángeles’. Tras regresar a latifundios irlandeses con la estimable ‘Amor a una extraña’, en 1992 el cineasta se lanzó a producir un antiguo guion del que estaba enamorado. Se trataba de un ‘thriller’ oscuramente romántico que bebía de la estimación histórica por el cine negro y cuya compleja financiación lo hicieron hasta el momento poco menos que kamikaze. Originalmente se titulaba ‘The Soldier’s Wife (La esposa del soldado)’ y fue sugerida por primera vez por Jordan a Channel 4 en 1982.
La respuesta fue durante muchos años la misma: «No way». Era una historia retorcida y provocativa que bebía de fuentes como el cuento de Frank O’Connor ‘Guests Of The Nation’ y la obra ‘The Hostage’, de Brendan Behan, ambas con un tema cardinal que dilucidaba sobre relaciones entre rehenes y secuestradores. Su presupuesto no era excesivamente costoso, ya que se finalmente terminó fraguándose por unos 5 millones de euros de la época. Bajo el título ‘Juego de lágrimas’, el proyecto fue saliendo adelante, según cuentan, con dinero de inversores sin fuentes contrastadas, llegando al final del rodaje a pagar las facturas de la producción con multitud de tarjetas de crédito de origen desconocido.

La película empezaba con una evocación personal del director, el recinto ferial desde el puente sobre el río Nanny, en Laytown. Allí, Jody (Forest Whitaker), un soldado negro del ejército británico que está de permiso es seducido por Jude (Miranda Richardson), una peligrosa mujer de mentalidad inquebrantable que resulta ser la mano derecha de Maguire (Adrian Dunbar), uno de los altos mandos del Ejército Republicano Irlandés (IRA), con la misión de secuestrarle como medida de presión. Recluido y secuestrado como rehén en un invernadero de South Armagh, es custodiado por Fergus (Stephen Rea), un voluntario del IRA Provisional que tiene vigilarle con una orden muy concreta: si el gobierno británico no libera de prisión a un alto cargo del grupo armado, tendrá que eliminarle a sangre fría. El poco tiempo que pasan juntos sirve para que ambos establezcan un vínculo fraternal que comienza con disquisiciones sobre el críquet para acabar entrando en el terreno personal.
Jody, sabiendo que su final tiene las horas contadas, le revela al terrorista una relación muy especial con Dil (Jaye Davidson), una peluquera y esteticista londinense a la que ama sobre todas las cosas. El militar inglés le hace prometer que cuando muera le dirá personalmente todo lo que la quiere y que cuidará de ella dada su fragilidad en un entorno hostil. Cuando llega el terrible momento, la fábula del escorpión y la rana que previamente ha sido relatado, resuena en la cabeza de Fergus, que escarba en su sentimiento de culpa, imposibilitando llevar a cabo su misión. Sin embargo, el destino de Jody es la muerte y un camión de la Royal Ulster Constabulary termina por atropellarle y acabar con su vida. La redención de Fergus pasará por desertar del IRA y encontrar a la chica en los bajos fondos londinenses en los que se ha refugiado trabajando como obrero de la construcción.

A grandes rasgos, bajo esta trama dividida claramente en dos bloques argumentales muy diferenciados, Neil Jordan entrelaza varios niveles de lectura narrativos en los que va dosificando la tensión sexual y dramática con un tempo ‘in crescendo’ que sublima la naturaleza provocativa de un libreto que roza la excelencia. En ‘Juego de lágrimas’ los personajes actúan y piensan de manera intrínseca, por lo que precisar sus emociones en los sucesivos giros de guion adquiere una proposición a modo de juego de guiños con un espectador, al que apela a sus emociones y proyección propia. Se trata de una película inteligente y perturbadora que transita desde un estrato donde se reflexiona sobre la política, la amistad, el terrorismo, el racismo y el amor a otro muy diferente que da la pauta del gran secreto por la que la cinta tiene tanto poder de seducción. Desde los callejones y pubs londinenses, el discurso se adentra en los contornos de la atracción sexual y la ilusión romántica de lo deseado.
Es entonces cuando Jordan introduce ese elemento de brutal radicalidad como es el poder de la sugestión y un lenguaje hipnótico dentro del cine. Aquí, en ningún momento, la anticipación sobre el giro llega a envenenar la recepción del hecho sorpresivo que, un cuarto de siglo después, todos conocemos. El hecho de que Dil sea un delicado y sugestivo transexual hace que la fascinación y poder de los giros se ponderen, pero sin perder de vista las expectativas del género. Todo lo contrario. Ése juego de identidades la lleva a otro estrato superior que aboga sobre la empatía humana y el sentido liberador de la tolerancia.

En el fondo, la sorpresa revela que Fergus se ha enamorado previamente de Jody. Y de cómo este imprevisto tiene sustituto en los deseos de aquél, en otro componente masculino que representa anhelos existenciales comunes, con un sentido de necesidad e identificación mutua. En ‘Juego de lágrimas’ la atracción es atracción. Aquí los personajes se enamoran de quienes se enamoran, sin importar los prejuicios ni las condiciones genéricas.
Se trata de conmovedor retrato de personas solitarias y desplazadas que se acercan entre ellas a través del vacío. Un triángulo amoroso cargado de homoerotismo que encuentra su sortilegio en la secuencia de la felación de Dil a Fergus, punto donde se exteriorizan los verdaderos deseos del miembro del IRA y su posterior realización con la trasformación de la joven peluquera en la imagen del soldado muerto. Con ello, Jordan está lanzando una doble aceptación de la homosexualidad oculta y no consumada y de la inconsecuencia del dispositivo interno del terrorismo del IRA, aunque no tanto de su ideología o planteamientos.

A ello se suma un elemento que pasó casi desapercibido en las primeras impresiones de la crítica internacional dentro de las subtramas que pueblan este inquietante drama. Se trata de la misoginia implícita extendida a la esfera ideológica de la cinta. No es otra que Jude, una rubia seductora que es utilizada por el IRA como cebo para engatusar al soldado negro británico. Es la única presencia femenina de la película, una ‘femme fatale’ del cine negro que simboliza la sexualidad femenina des una perspectiva destructiva ¿Acaso no es esa componente del grupo terrorista una rabiosa mujer que es asesinada por su representación de la feminidad traidora inherente a las mujeres?
Una visión polémica, pero constituyente de una de las muchas lecturas que propone la película. De hecho, el hombre está llevado a un estrato ‘post-feminista’, aludiendo a otra provocación de Jordan a este respecto. Vendría a decir que el género masculino es, probablemente, mejor feminista que las propias mujeres, ya que están más capacitados para desafiar los estereotipos de género. Y es aquí donde esa miscelánea de homoerotismo y apropiación masculina de la feminidad excluye cualquier amenaza a la masculinidad que representa el poder sexual femenino. Hoy en día y a buen seguro, con el percal tal y como está, este discurso se habría sobredimensionado, llevando la controversia a un sedimento mucho más virulento que el que provocó en su día.

La película de la que todo el mundo hablaba, pero nadie revelaba su secreto.
Si había algo que Neil Jordan tenía claro es que esta película estaría protagonizada por Stephen Rea, un actor cómplice en la carrera del director. Con él había compartido su debut en ‘Danny Boy’ y también en ‘En compañía de lobos’ y consideraba intocable su condición de protagonista absoluto de la cinta. No tuvo ningún reparo en contratar a un norteamericano como Forest Whitaker para hacer de Jody ni a una inglesa para interpretar a la temible terrorista irlandesa. En ambos casos, hubo cierta controversia en los sindicatos profesionales del cine irlandés porque en ‘Juego de lágrimas’ no estuviera formada por un casting autóctono. Cuenta Miranda Richardson que dudaba en aceptar el papel, pero accedió a convertirse en Jude, por la dureza de un carácter que aplicaba sus miradas y su fisicidad como parte de un proceso macabro dentro del film. El hecho de que esta soldado proteica dispuesta a cambiar su apariencia y sacrificar su sexualidad por su causa era otro de los alicientes.
Stephen Rea presentó a su entonces esposa a varios miembros de su equipo. No tendría más alcance si no fuera porque se trataba de Dolours Price, una integrante del IRA Provisional que participó en un atentado con coche bomba contra el Old Bailey en Londres el 8 de marzo de 1973, del que salieron heridas más de 200 personas. En Belfast era tratada como una estrella de cine y esto marcó la interpretación de Richardson en el film. Pero el reto más difícil estaba en encontrar a la figura clave dentro del engranaje de la historia.

El desafío estaba en localizar a un actor/actriz para dar vida a Dil. Jordan acudió a Stanley Kubrick, amigo personal de Jordan, para recibir consejo sobre esta vertiente. El Gran Maestro le advirtió que encontrar a un actor negro con rasgos de mujer que encajara en la cinta sería muy complicado. Se barajó la posibilidad de contratar a Cathy Tyson, la protagonista de ‘Mona Lisa’ y en la escena del ‘schock’ utilizar una prótesis. Sin embargo, el cineasta irlandés quería veracidad en este aspecto. Acompañado de un equipo de casting, recorrieron casi todos los clubes de ‘drag queens’ y bares de transexuales buscando la mejor opción. Y, de repente, apareció Jaye Davidson (de nombre real Alfred Amey), una criatura fascinante de aspecto andrógino con multitud de rasgos contradictorios, los mismos que proponía su personaje.

Precisamente, una vez rodada la película, este controvertido tema que inicialmente provocó el rechazo de varios estudios, pasó a ser un punto de venta clave. La combinación del entusiasmo de los medios especializados y el misterio sobre un golpe de efecto a modo de giro ayudaron a hacer de la película un avance crítico y comercial sin paliativos. Con gran olfato, Miramax compró los derechos de exhibición en Estados Unidos. Y lanzaron ‘Juego de lágrimas’ utilizando una estrategia de marketing viral antes de que existiera el efecto ‘boca-oreja’. Las críticas estaban siendo ampliamente positivas. Todas destacaron esa intuitiva combinación para crear suspense y anticipación entre los cinéfilos. El Festival de Cannes, por otro lado, rechazó su candidatura para formar parte de la competición por la Palma de Oro. Y, como tantas otras veces, se equivocaron. Puede que desde el estreno de ‘Psicosis’, de Alfred Hitchcock, ninguna cinta había consensuado a crítica y público en la omisión de transmitir lo que sucedía dentro de la trama y que los nuevos espectadores llegaran sin conocer el “secreto” mejor guardado dentro de este drama romántico a modo de ‘thriller’ político.
Tal fue el impacto, que la película recaudaría más de 68 millones de dólares, convirtiéndose en el estreno más rentable de 1992 por porcentaje. Se estrenó en el Festival de Venecia y participó en el de Toronto. En el círculo de premios se llevó el Bafta a la mejor película británica, Stephen Rea ganaría el premio al mejor actor en los National Society of Film Critics Awards y como colofón contó con seis candidaturas de los Oscar, nominada en seis categorías; mejor película (la producción de Stephen Woolley), mejor director y mejor guión original (Neil Jordan), mejor montaje (Kant Pan), mejor actor y (Stephen Rea), mejor actor de reparto (Jaye Davidson). Contra todo pronóstico, Neil Jordan se llevó mejor guion original, cuando el gran favorito de todas las quinielas sugería que sería David Webb Peoples por ‘Sin Perdón’, que sería la gran triunfadora de la velada.

25 años después, ‘Juego de lágrimas’ mantiene intacta su esencia de inalcanzable cine de autor, con ese céfiro de película fuera de lo común que bordea los márgenes de una tolerancia que, a principios de los años 90, no era muy normal dentro de los parámetros de la cultura heterosexual y blanca que imperaba en Hollywood, por lo que podría considerarse como cine marginal e inconformista. El éxito, a veces, retribuye con este tipo de distinciones al atrevimiento y la calidad subyacente de una cinta con cuestiones reflexivas sobre la nobleza, la violencia y la naturaleza del deseo. La película posee una cualidad onírica de fronteras cruzadas desde una mirada a un mundo ilusorio en que tratar a las personas como seres humanos, más allá de su apariencia y condición sexual e identidad de género. Y todo ello instaurado en un viciado clima de extremismo político que todavía estaba vigente el año de su estreno. ‘Juego de lágrimas’ es, por tanto, un ejemplo de gran cine. Una obra clásica y fundamental para entender una época trascendental en la cinematografía como son los principios de los 90. Imprescindible.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2018