1

La burbuja, el conato de boicot y la épica de LeBron
Allá por el 30 de julio daba comienzo el reinicio de la temporada de la NBA en un año que se vio truncado, como todo el deporte mundial, por la irrupción del Coronavirus en el planeta tierra. Fue una de las primeras ligas en detener la competición. Y, como no podía esperarse de uno de los mejores mecanismos y negocios internacionales, uno de los mejores y más seguros que han manifestado por enésima vez las garantías de calidad y seguridad que pone la NBA a disposición de los equipos y la espectacularidad televisiva que se ha alcanzado con este modelo de burbuja.
La ubicación elegida para poner en marcha el ‘reboot’ de la temporada regular se dio lugar en un complejo deportivo de alto nivel ubicado en Walt Disney World, en Orlando (Florida). Las medidas preventivas contra la pandemia del COVID-19 se pusieron a prueba con constantes exámenes sanitarios que aseguraran el bienestar de los jugadores, técnicos y demás personal confinado en este recinto para que este prototipo provisional supusiera un éxito deportivo y televisivo. Para estos meses precedentes, los equipos han tenido a su disposición una estancia ‘resort’ que se ha acomodado para que los todos sus integrantes dispusieran de todo lo necesario en las estancias hoteleras en Grand Floridian, Gran Destino Tower y Yatch Club. Libertad bajo control. La apuesta ha sido un rotundo éxito.

Pese a que las circunstancias han dinamitado el factor-cancha, tan vital en el último tramo de la temporada, ha tenido su simulacro virtual con “Michelob ULTRA Courtside”, una técnica abanderada por una marca de cerveza para que los espectadores y aficionados de todo el mundo pudieran aparecer de manera virtual en los partidos a través de videollamadas, pudiendo animar de forma temática a través de pantallas que rodean a las canchas. Asimismo la NBA ha reproducido en cada partido, los sonidos y el ambiente de los estadios a los equipos que jugaban como locales. Como aún quedaban muchos partidos de la temporada regular por jugarse, se contó con las franquicias involucradas en la lucha por entrar en los Playoffs y se añadió un novedoso ‘play-in’ que fue necesario en los conocidos como ‘seeding games’, los partidos que determinan las posiciones finales en la clasificación de las conferencias de cara a los Playoffs. Es decir, que el octavo y el noveno clasificado disputarían una serie de un máximo de dos partidos por el último billete que diera acceso a la postemporada. Los clásicos playoffs seguirían su dinámica como hasta el momento.

La voz del Black Lives Matters y el baloncesto.
A los protocolos de seguridad en la lucha contra el coronavirus se añadió una condición a modo de protesta reivindicativa sin parangón. El movimiento ‘Black Lives Matters’ surgió en 2012 por el asesinato del joven afroamericano a manos de un capitán de vigilancia del vecindario de Sanford y se afianzó un año después de que la ira contra el racismo y la iniquidad policial en Estados Unidos se viera sacudida en el verano del 2013 cuando fue absuelto el hombre que mató al adolescente negro Trayvon Martin.
Desde entonces, tras muchos crímenes xenófobos, como los de Michael Brown o Eric Garner (que falleció mientras gritaba “no puedo respirar” asfixiado por la rodilla de un policía), se extendió el lema y la contrariedad en forma de protesta, poblando las calles estadounidenses y propagadas a otras partes del mundo. El 25 de mayo se produjo el asesinato de George Floyd, a modo de facsímil del de Garner en una vía pública de Milwaukee, por parte de un agente llamado Derek Chauvin. El fatídico acontecimiento volvió a enervar a la masa social afroamericana por las reiteradas, indefendibles e injustificadas acciones de abusos de poder por parte de las fuerzas policiales.

La impotencia y la rabia de esa desagradable lacra sin fin llegó a la NBA, primero en forma de gestos, como el de hincar la rodilla en el suelo antes de los partidos, el lema #Blackslivematter esgrimido en el parqué y en camisetas o mascarillas. Incluso en los uniformes oficiales de todas las franquicias y en chapas bien visible en los entrenadores. Los jugadores elegían diferentes lemas de paz y justicia en su espalda. Pero al parecer no fue suficiente, porque a finales de agosto, el ciudadano afroamericano Jacob Blake fue abatido con siete tiros por la espalda cuando se dirigía al coche en el que estaban sus hijos pequeños. Estalló de tal manera dentro de los límites de estos Playoffs, que se produjo un hecho sin precedentes.
Los Bucks no se presentaron al quinto partido de su serie contra Orlando Magic, que se unió a la iniciativa. Boston Celtics y Toronto Raptors tampoco quisieron disputar su choque. La jornada fue suspendida y aplazada. Al día siguiente, tampoco hubo consenso para seguir la competición. Posteriormente se supo que LeBron James (que un principio rechazó pactos o diálogos para retomar el juego) por una parte y el totémico Michael Jordan y Barak Obama, fueron determinantes para que los Playoffs volvieran a su cauce. El eterno 23 de los Bulls y el ex presidente de los USA hablaron con propietarios de la burbuja y con Chris Paul (presidente del sindicato de jugadores) para llegar a un punto de coalición de justicia social, donde representantes de jugadores, entrenadores y directivos acordaron promover una mayor participación cívica en las elecciones nacionales y locales con intención de que el mandato de Trump se viera afectado por los colectivos deportivos del país.

Espectáculo, sorpresas y decepciones.
Salvaguardado la continuidad de la competición, entre lo destacado de las pugnas por entrar en los Playoffs, destacó la aportación de Phoenix Suns con un Devin Booker sobresaliente en un equipo que estuvo a punto de ganar todos sus partidos y meterse de lleno a luchar entre los 16 mejores de la liga. Hicieron lo que tenían que hacer, que era ganar todos sus encuentros (8-0). No pudo ser. Quedaron fuera del mencionado ‘play-in’ que terminaron disputando Portland Trail Blazers y Memphis Grizzlies, conquistando plaza en Playoffs los primeros. Otros jugadores destacados han sido un Damian Lillard, que estuvo sublime pero tuvo que abandonar la burbuja por una lesión dando vía libre a los Lakers de Lebron, T.J. Warren en plan estrella, Harden y sus habituales soliloquios anotadores y el esloveno Luka Doncic, también elegido en el quinteto ideal de la temporada regular. Entre este selecto grupo de jugadores que ofrecieron un gran nivel en los primeros compases del confinamiento baloncestístico se encontró también Giannis Antetokounmpo que, a la postre, ha sido elegido Mejor Jugador Defensivo del año y MVP de la temporada (algo que sólo habían logrado antes Hakeem Olajuwon y Michael Jordan).
Los Bucks eran los grandes candidatos para llevarse el triunfo final a principios de octubre. Su paso casi triunfal por primera ronda contra Orlando no hizo prever lo que sucedería en las Semifinales de Conferencia. Miami, que endosó un 4-0 a los Pacers, pasó también como un rodillo al equipo de Budenholzer. Ni la superestrella griega (que se lesionó y no pudo jugar los dos últimos partidos), ni Middleton, ni ningún miembro del equipo de los ciervos pudo evitar que Jimmy Butler y los suyos dieran una muestra de autoridad tajante y fulminó a los elegidos. Por segundo año consecutivo, las expectativas de llegar a una final de la NBA y luchar por el título se arruinaron con un juego que no estuvo a la altura de un gran candidato.

No fue la única decepción dentro de la burbuja. Aquéllos que apuntaban a una posible final de la NBA un Clippers-Bucks (entre los que me encontraban) se dieron de bruces con la realidad al caer de forma estrepitosa el equipo de Los Angeles. Un rotundo fracaso este ambicioso proyecto puesto en manos de “Doc” Rivers. Los Clippers no lograron romper su mala racha de medio siglo sin poder jugar una final. Se acusó falta de química, de forma física y de ausencia de liderazgo por dos de los nombres con peso dentro del vestuario; Kawhi Leonar y Paul George. La ingeniería diseñada con objetivos a corto plazo se derrumbó también en la pizarra de los angelinos. La versión de los grandes aspirantes de vio desmontada cuando con un 3-1 ante Denver, acabó perdiendo las Semifinales de Conferencia de un modo inesperado. Por si fuera poco, Rivers pasaba a la historia por ser el único entrenador en perder tres eliminatorias de Playoffs tras ir ganando 3-1.
La revolución de juego y el divertimento llegó de la mano de Denver Nuggets, la sorpresa de estos meses en el recinto de Orlando. Hizo posible un hito histórico: el de remontar dos series consecutivas de unos Playoffs perdiendo 3-1. Contra Utah y ante los favoritos Clippers. Tan sólo en once ocasiones a lo largo de la historia de la liga se había conseguido. Liderados por el serbio Nikola Jokic y un espectacular Jamal Murray, los Nuggets han sido la sensación de esta burbuja. Por juego, por pundonor y por la química en el juego de equipo perfectamente dirigido por Michael Malone, el equipo de Colorado pasará a los anales de esta competición, aunque cayeran ante los Lakers por un rotundo 4-1. Es algo irrebatible.

Si Miami destrozó las ilusiones de los Bucks con un 4-1 y Denver dejó en la cuenta remontando un imposible resultado adverso contra Clippers. Los Lakers no tuvieron un rival combativo en la enésima decepción de Houston Rockets. Por su parte, Boston Celtics y Toronto Raptors ofrecieron una semifinal de gran altura, con equipos jugando una serie de alto nivel. En el último y decisivo encuentro los errores defensivos de los Raptors, la mejor baza de la franquicia dirigida por Nick Nurse, fue el factor determinante para su derrota. Ni Marc Gasol, ni Ibaka, ni Van Vleet estuvieron brillantes y los bostonianos aprovecharon su oportunidad para colarse en la Final de Conferencia. Por lo visto, y pese a la brillantez de hombres clave como Tatum o Smart, no fue suficiente para plantarle cara a la sorpresa consolidada de esta burbuja, que han sido, con una potestad absoluta, los Miami Heat.

El infortunio de Miami y la hegemonía de los Lakers.
La Final prometía muchas emociones en la recta final de la competición. Si embargo, se repitió el guión de infortunios del pasado año. Si en la anterior campaña el infortunio y la desgracia marcaron la senda de la derrota a los grandes favoritos, los Golden State Warriors, con las lesiones de DeMarcus Cousins, Kevon Looney, Andre Iguodala, Kevin Durant y Klay Thompson en dos ocasiones dejaron vía libre a los Raptors para conseguir el título. En aquélla el equipo de Kerr partía con la ventaja de ser el vigente campeón y las apuestas marcaban un acceso a un nuevo anillo. No fue así. Toronto, capitaneados por Kawhi se llevó el sueño de la final al país vecino. Este año, el gran favorito eran Los Lakers. El aspirante, la sorpresiva presencia de Miami Heat.
El primer cuarto del primer prometió un espejismo de lo que podría haber sido una final muy disputada. La pugna y la rivalidad marcaron en sus primeros compases una máxima expectación sobre estas Finales. Miami forjaba su fuerza bajo aro y con una defensa agresiva sobre LeBron y Davis. Una vez superado la mitad del segundo cuarto, el entusiasmo se vino abajo. Cuando el partido estaba 24-10 a favor de los Heat, la gran lacra a modo de tragedia asestó un golpe mortal a las perspectivas ya no sólo del equipo de Spoelstra, sino a cualquier seguidor de la NBA que no sea un fan acérrimo de la franquicia angelina. Cayó lesionado Goran Dragic, con un desgarro plantar que le hizo abandonar la cancha. En un lance con Howard, Adebayo se resintió del hombro, empeorando de los problemas arrastrados con esa misma lesión que cuya curación no se ha solventado desde la final de conferencia contra los Celtics. Parecía que no revestía gravedad. También dejó la pista acompañado de notables gestos de dolor. Y se sumó a este festival de desgracias el factor fundamental de la franquicia, Jimmy Butler, que acabó como pudo el partido con dos torceduras de tobillo que terminaron por designar un protocolo adverso y funesto.

Era, a pesar de los más optimistas, el colofón de la despedida de Miami. Si bien la final fue por otros aparentes cauces, lo sucedido en estos dos primeros cuartos salpicados de contrariedades, fueron concluyentes en el devenir de una final con la balanza hacia el equipo de Vogel. Por si fuera poco, los hombres de perímetro de los Lakers empezaron a ver el aro inmenso y todo lo que tiraban lo metían. Hubo un instante en que el porcentaje de triples estaba en 10/16. La efectividad del equipo de Florida estuvo bastante baja, habiendo anotado solo el 31% de sus tiros desde fuera y el 42% de sus tiros de campo.
A esto se le añade cómo los rivales descifraron su defensa de zona y la destrozaron con la dupla LeBron-Davis. La superioridad sobre la pintura y desde el exterior del equipo de LeBron, con un Davis imperioso, terminó de fusilar lo poco interesante que quedaba por mostrar en un primer asalto. De ir catorce por debajo, casi en un abrir y cerrar de ojos los de Frank Vogel iban arriba de 32 puntos ante un equipo mermado de posibilidades y fragmentado por los problemas físicos y lo anímico a lo que conlleva. El resultado fue un encuentro aburrido, llegando a lo soporífero. Una paliza sin historia. La esperanza del espectáculo se transformó en bostezo.

Tras este cúmulo de catastróficas noticias para los Heat, el segundo partido prometía un facsímil de las pautas del primero. Gracias a la buena planificación de Spoelstra y para satisfacción del espectador, la continuación de las finales no fue una aburrida prolongación de sus primeros (y definitivos) pasos. No obstante, las ausencias de Adebayo y Dragic volvieron a ser determinantes en un partido desequilibrado por este coeficiente. Pese a que Jimmy Butler volvió con las riendas de su equipo asumiendo el liderazgo para frenar a los Lakers y procurar que no avanzaran con el favoritismo, el énfasis de LeBron James por alcanzar por la vía rápida su ansiado cuarto título de la NBA se impuso de nuevo. Algo, a lo que “La Ceja” parecía dispuesto a contribuir. Sin sus piezas fundamentales, el juego de Miami se dejó ver muy insuficiente para detener la potencia física de la dupla angelina.
Butler hizo lo que pudo. Kelly Olynyk debutaba en estas finales aportando con su gran actuación un lavado de imagen del equipo. Pero la competitividad colectiva otra vez sucumbió ante los Lakers. La mejora de juego y voluntad se apreció, pero nunca estuvieron cerca de llevarse la victoria. Su versión variada ante la adversidad no llevó a Miami a posibilitar un empate. La transición ofensiva de los Lakers fue eficaz sin la ausencia de Adebayo. Y pese a ser no arrollarlos con los secundarios, no tuvieron mucho problema para controlar en todo momento tanto el partido como el marcador. Rondo y Kuzma apoyaron al huracán formado por LeBron y Davis. Y las finales se desequilibraron a favor de los Lakers. La historia estaba escrita. Sólo en 1977 los Blazers remontaron un 0-2 a los Sixers del “Dr. J” y como precedente cercano, en 2006, los Cavs de Lebron le levantaron el anillo y la eliminatoria a los Golden State Warriors del 73-9. Ningún equipo más ha sido capaz. Y no parecía que los Heat entraran en la historia por tamaña proeza.

El día que Jimmy Butler alcanzó la Divinidad.
Bien es cierto que el ambiente y la susceptibilidad general con el tercer partido de estas finales se orientaban hacia una victoria por la vía rápida. Aunque Miami había señalado intenciones, la sensación era la de que, incluso poniendo toda su energía sobre el parqué, el denuedo iba a ser insuficiente para plantarle cara a los Lakers. Pues bien, fue el momento en que apareció el bueno Jimmy Butler, un jugador infravalorado que nunca había sido considerado como una superestrella de la NBA. El destino estaba a punto de cambiar. Su partido debe pasar directamente como una de las actuaciones particulares más significativas de la genealogía de las Finales de la NBA. Estuvo imponderable, perfecto, sublime en todas las facetas del juego. Enloqueció a la defensa angelina, anotó desde todas las posiciones, distribuyó juego y abrió espacios para que sus compañeros anotaran. No tuvo piedad. Fue el ‘killer’ elegido para insuflar interés a esta última serie. 40 puntos, 11 rebotes y 13 asistencias fueron sus guarismos. Emergió como uno de los grandes nombres en la lucha por el anillo. Miami Heat, sin Goran Dragic ni Bam Adebayo, respiraba en la confianza de un guerrero ambicioso. “Estás en problemas” le espetó a LeBron en su cara, desafiando al Rey.
Los Lakers tampoco tuvieron su día. Y aunque los gregarios de lujo sí respondieron como en los encuentros precedentes, el 23 de los Lakers y, sobre todo, Anthony Davis, se fueron, primero desquiciando para después terminar auto-anulándose y diciendo adiós al 4-0. Las pérdidas y la desconexión fueron la pauta de los de Vogel. El contexto y la lectura del partido abrían la candidatura de los Heat con alguna posibilidad, aunque mínima, ante la franquicia de Los Ángeles. Sólo Jerry West y el propio LeBron James habían conseguido antes en una serie final 40 puntos marcando un triple-doble. El usufructo de Butler se tradujo en hitos históricos que ni siquiera Michael Jordan o el propio LeBron habían significado en este tipo de partidos; anotó o asistió para un total de 73 puntos, algo que anteriormente sólo Walter Frazier había conseguido con 74. Los de Florida ganaron 115-104 y dejaron una “obra maestra” en forma de monumental partido para la Historia. Inolvidable.

No obstante, la alegría no le duró mucho a los Heat. La urgencia de los Lakers por cerrar estas finales por la vía rápida les condujo a realizar un trabajado partido que volvió a ser complicado en ciertos momentos, pero siguió un patrón muy similar al segundo choque. Es decir, fallos por parte de los dos equipos, presión de Miami y alguna reacción aislada. Y persistía esa sensación de que los Lakers, otra vez con LeBron haciendo un partidazo y bien apoyado por sus secundarios, tenían que hacer muy poco para llevarse la victoria ante los Heat de Spoelstra. Daba la sensación de que aun practicando un baloncesto impecable no se traducía en un resultado a favor. Esta vez Davis no flojeó, LeBron es una bestia de la naturaleza con un potencial individual imparable y el factor fundamental de Caldwell-Pope y el oportunismo de Rondo apuntillaron a un equipo voluntarioso que recuperó a Bam Adebayo. Se notó, pero ni por esas.
Miami estuvo errático en uno de sus fuertes, que es el lanzamiento de tres puntos. No era la noche de las proezas, aunque Butler rozara otra vez el triple doble. Tampoco bastó. Incluso con la aportación de una gloriosa revelación llamada Tyler Herro, una proeza de juventud y desparpajo, llegaban a superar al favorito. Los Lakers ganaron con la lógica, aplastando la ilusión del aspirante. Otra de las claves fue la concesión por parte de Miami de demasiados rebotes ofensivos a favor de los Lakers. El 96-102 dejó casi sellada la eliminatoria con la extraña sensación de “anillo fácil” en una competición que, en su recta final, se ha diluido en algo de indolencia. Eso sí, sin restarle ningún mérito a los de Vogel. La valía de su trabajo queda fuera de toda duda.

La leyenda de LeBron, los 17 y el cuarto anillo.
Y cuando todo parecía en contra. Cuando incluso los más suspicaces titubeaban ante cualquier mínima posibilidad de Heat, el quinto partido lo ganaron. Sin embargo, la tónica repitió el mismo esquema de los anteriores encuentros, sólo que esta vez la balanza se equilibró del lado de los de Florida. Esfuerzo y trabajo para mantener a los Lakers con un dominio mínimo, siendo acosados en todo momento y sin verse con el partido en sus manos. Si hubieran ganado los Lakers nadie se habría extrañado. Otra vez Jimmy Butler se reivindicó como la superestrella que es. LeBron, por su parte, es de otro planeta y él sólo casi se lleva el anillo, porque supeditó a todo un equipo a su portentosa actuación. Increíble. Hizo lo que le dio la gana. Y sin compañía porque, a excepción de Caldwell-Pope o Rondo, Anthony Davis fue bajando su aportación debido a una lesión en el talón que lastró su contribución al equipo, hasta prácticamente anularle en la pista, pero dejando un gran partido. Miami obró el milagro de mantenerse vivos en esta final gracias a la constancia y a la confianza en sus posibilidades. En el cuarto final, contra pronóstico, los Heat fallaron canastas claras y ahí pudo perder las pocas opciones que tenían. Si bien Adebayo no tuvo su noche, un inspirado Duncan Robinson con siete triples y otro triple doble para enmarcar de Butler, decretaron la victoria para su equipo.

Lebron volvió a patentizar que es una leyenda: 40 puntos, 13 rebotes, 7 asistentes y tres robos. A 21 segundos del final, los Lakers ganaban de uno (107-08), pero Butler forzó una personal. Nadie falló ningún tiro libre en el último cuarto. El líder de Heat no iba a decepcionar. Los angelinos tuvieron en su mano sellar la final, el anillo y convertirse en campeón por decimosétima vez en su historia. El balón acabó en las manos de LeBron. La gesta de un nuevo “The Shot” que marcara una época no llegó. Ante la presión excesiva en un lateral por parte de los Heat, “The King” optó por lo más lógico, que fue pasarle el balón a un veterano como Danny Green que, liberado y sin oposición, lanzó y se quedó corto.

A la mente de todos nos vino Michael Jordan en escenarios similares y los sendos triples de Paxon en el 93 y el del 97 de Steve Kerr. Pese a las críticas, LeBron hizo lo correcto. Pero el resto de los Lakers no estaba por la labor de llegar por la vía fácil al título. Markief Morris logró capturar el rebote de ataque (otro más) con seis segundos, pero la efímera predestinación estaba esa noche de parte de los Heat. Morris malogró un pase sin sentido hacia la nada y se forzaba así una sexta confrontación. Herro terminó de dar la puntilla con dos tiros libres. 111-98. Muchos quisieron albergar la expectativa de un milagro y sembrar dudas sobre la hegemonía de los Lakers con su inconsistencia en la segunda unidad del conjunto de Vogel. Butler, a lo suyo con otra hazaña individual con 35 puntos, 12 rebotes, 11 asistencias, 5 robos y 12/12 en tiros, un factor que, a la postre, fue decisivo. Pero acabó exhausto, como estos Heat que han echado en falta más rotación y fortaleza física. Precisamente, la ventaja ‘laker’ en estas finales.

Muchos queríamos un séptimo partido, bajo el deseo de dilatar un poco más esta experiencia baloncestística de la burbuja de estos insólitos Playoffs. Lógicamente, la realidad se impuso a la pretensión. El esfuerzo de Miami Heat pasó factura y esa inercia ganadora de los Lakers en esta final se redimensionó desde el primer minuto. Ni la suerte, ni el juego, ni los demás factores exógenos estaban del lado de la franquicia capitaneada por Jimmy Burtler. Tampoco el hecho de que forzara su regreso el base esloveno Goran Dragic, cuyo sueño se vio cumplido jugando parte de un encuentro de fin de fiesta. Nada pudo con un arrollador LeBron James, que no quería esperar más por coronarse como campeón y conseguir su cuarto anillo en sus décimas finales disputadas.
El reinicio de esta inusitada temporada en Orlando había situado a los Lakers como evidente favorito. Tal vez demasiado. El sexto partido fue un monólogo tan aplastante que después del 8-8 inicial, se acabó el ‘show’ del equilibrio. LeBron tomó las riendas y se fueron en el marcador. En la mitad del encuentro el marcador era demoledor: 64-36 par los angelinos. El título estaba encarrilado. Los de Spoelstra no estuvieron nunca dentro del partido; erráticos, cansados, sin apenas opciones. En modo apisonadora, los Lakers terminaron ganando 106-93 con una actuación destacada, más allá de las habituales de James y Davis, de Rajon Rondo, que se marcó unos espectaculares 19 puntos (con un 72% en tiros de campo y 3/4 en triples). Su noche dejaba además otro dato para la historia al convertirse en el segundo jugador que ganaba un anillo con Celtics y con Lakers, sumándose a Clyde Lovellette, único jugador en lograrlo en 1954.

La noche rubricó a LeBron como la leyenda que es desde hace tiempo. MVP de las finales sin discusión ninguna y pidiendo respeto debido a su pataleta por no haber refrendado la temporada perfecta con el galardón de mejor jugador de la temporada otorgado a Antetokounmpo. No importa. Los Lakers habían conseguido el objetivo. “El Rey” seguirá fulminando récords en un futuro que se antoja apasionante las próximas temporadas. El Trofeo Larry O’Brien viaja a Los Angeles con la efigie de Kobe Bryant y su hija, Gianna, en el recuerdo. Mejor homenaje no se les puede hacer.
Han tenido que pasar diez años para que la bandera que atesora un nuevo anillo para la franquicia ondee en lo alto del Staples. Serán diecisiete, igualando la marca inalcanzable de los Boston Celtics. El año que viene, en una era de incertidumbre global, la NBA arrancará en enero con otra temporada plagada de incógnitas. Pero, a buen seguro, LeBron James seguirá siendo el referente que guíe su legado, quien sabe si, tal vez, con otro nuevo título. Lo que es cierto e irrefutable es que será uno de los más grandes jugadores que ha dado este deporte y una gloria inmortal de la NBA. Nadie puede dudar de esto. Es el mejor. No hay nadie en estos momentos que pueda compararse a él. Con 35 años, camino de otro más, es el amo y señor de la NBA. A sus pies, señor James.