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Vengo a contaros el poco apego que le tengo a la ciudad en la que nací. No me refiero al entornó arquitectónico y la tradición cultural que caracterizó hace décadas la ciudad y que agoniza paulatinamente como la sombra de una bandera desteñida y de sentido universitario exangüe. Más que de Salamanca y su etiqueta turística, me considero del Barrio Garrido, el contexto y lugar en el que me he criado y he vivido toda mi vida. Mi identidad y mi sentido de pertenencia están aquí, en la parte noreste de la ciudad charra. En este entorno he transcurrido mi vida entera. Mi pasado respira en este paraje, en sus calles, en sus parques, en sus bares. Este desapego no responde a la progresiva decadencia de cualquier comunidad debido a los procesos de industrialización y urbanización. Básicamente, porque aquí eso no existe. Aquí se ha instaurado cierto tipo de hipocresía basada en el tópico. Es una ciudad muy bonita, muy monumental, moderadamente tranquila. Por el contrario, la crisis demográfica, el desempleo, el estatismo y la pérdida paulatina del estado del bienestar parecen no importar. Porque, al fin y al cabo, Salamanca tiene dos impresionantes catedrales, una Universidad que vive del prestigio del pasado y una de las Plazas Mayores más bonitas del mundo. Se trata de una ciudad inmovilista al cambio o a la reformulación de un tejido empresarial estancado hace décadas. Una ciudad sin industria, sin plan estratégico y cuya población envejece y no atisba ningún futuro favorable. Y es una pena.

No obstante, esta ciudad alberga un tesoro que va mucho más allá de las divinidades turísticas y las paletadas taurinas y reaccionarias. Un barrio cuyo constructo se lleva años fraguando en la diversidad multicultural que nada tiene que ver con el señorío de los barrios céntricos o el ambiente universitario. En un extraño sentido, esta barriada ha logrado cohesionar a varias generaciones alrededor de un parque, una plaza concéntrica, ciertas calles con larga intrahistoria y el sentido de unidad para conformar un ecosistema de interrelación y cultura común. El barrio Garrido es la típica subdivisión cuya identidad floreció en los años 80 y que ha ido marchitándose debido a la natural modernidad y globalización, terminando por absorber y destruir el pequeño negocio familiar y la cultura comercial del barrio.
Su entorno mantiene cierto romanticismo y sustenta la familiaridad entre quienes pueblan sus viejos edificios. Las calles llenas de barro, entre solares y espacios abiertos de antaño que abrieron la posibilidad de una comunidad de la mano de Manuel Garrido y Santiago Bermejo ido transformando su fisonomía e imagen urbana hasta convertirse en un entorno más adaptado a los tiempos, pero sin ínfulas de modernidad. Sigue manteniendo un criterio de unidad, identificable y de arraigo. La estratificación socioeconómica de sus habitantes ha terminado por conferir ese fenómeno identitario de extraña territorialidad. Garrido es mucho más que Salamanca porque es nuestro barrio. Mi barrio de toda la vida. Desde que nací en 1975, Garrido ha ido creciendo con mi generación y la hermandad con este distrito se vincula en toda una vida. En Garrido reposan mis errores, mis instantes más felices, mi infancia, mi primer amor y tantas otras cosas…

Las tardes en el solemne parque principal, la escuela de fútbol, la Plaza Barcelona, las tardes en los pilares de las salas recreativas ya extintas; Luymar, Montreal 76, Superdiver y Mediterráneo. El parque de Wüzburg y todas sus posibilidades, la plaza del Mirto, el Merca 80, el Udaco de Pacita y Gaspar, el mercado de El Greco, la Iglesia de Fátima con Don Miguel y su peluquín, el pasaje de Alfonso IX y su hedor a suceidad y vicio, el consultorio y las inyecciones en el culo, la piscina municipal de efluvios veraniegos, la cueva del águila y su leyenda, el volcán y sus hermosas vistas, la banda del Tonono y la banda del Chan, los Dalton, Amador con la callada y la baraja, el “Zanahorio”, el “Patachicle”, el “Use”, Jose “El del hachazo”, “Matilde, la marrana”, el Virrey de Sicilia y su furgoneta a modo de palacio móvil o la banda sonora puesta por el cantante más conocido del barrio: Danny Show.
En el ocio histórico del barrio, por supuesto, se concentró en los bares clásicos (muchos de ellos desaparecidos) como el Barco, Torre Eiffel, El Sol, Sierra Bella, Dolon Dolon, Guayaquil, el Luciano, el Jere, el Ciri, Bernardo, Bar Galileo, Chicago, el Pote, Las Sardinas, Los Olmos, Persépolis, el UDS, Leyma, los Charritos, Peñaranda, Ledrada, Jamaica, los Pepes, Gema, Eku-Steine, el Saxon, el Ciclón como ‘after’ y el bar que ha marcado mi vida y se ha convertido en mi templo predilecto: Las Farolas. Como en los tiempos actuales con el mítico Balabushka, el Vulpes, la Vermutería o el Vinum. En el pasado se quedan grabadas en mi memoria las matinés de los domingos más maravillosos de mi vida vivisos con mi padre en los añorados los Cines Llorente y en el perímetro limítrofe en el Taramona Cinema, los videoclubes como el Rocky en los 80, el Videoclub Uno o el Anaya 97 hasta… ¡hoy en día! Y toda mi trayectoria en el colegio Montessori, que en 1989 se orientó hacia otras cuestionables doctrinas pseudorreligiosas que nada tienen que ver con los valores y aprendizaje, tanto vital como lectivo, que allí se dieron desde 1974 hasta el citado año. Garrido es diferente porque es nuestra esencia. Más que un barrio, es un sentimiento. Es nuestro barrio, de nadie más. Siempre seré un ‘garrider’ por encima de cualquier cosa, porque sus símbolos provienen del arraigo a este barrio como refugio de lo que somos. Y eso jamás cambiará.