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Amor por la vida y el Jazz
Con la música como parte vital de su trama, ‘Soul’ vuelve a incidir en la exploración de la muerte y el significado de la vida desde los sueños y anhelos hasta las pequeñas cosas a nuestro alrededor.
Uno de los aspectos que han configurado la fama y el renombre de Pixar ha sido la constante búsqueda de una reformulación del espectro animado con métodos narrativos sustentados en la idea de la deconstrucción de unas variables reconocibles organizadas en la creación de nuevos mundos. Unas veces antropomorfizando objetos, criaturas inanimadas e incluso sentimientos. Sea como fuere, todo fluctúa entre el clasicismo y lo revolucionario. ‘Soul’, vigésimo tercer largometraje de la empresa del flexo llega directamente en ‘streaming’, como uno de los estrenos de la plataforma Disney +.
Ya hay quién se ha anticipado a designar esta obra de Pete Docter y Kemp Powers como una obra menor dentro del entramado cinematográfico de este carismático sello de animación. Lejos de esa percepción, tanto en lo formal como en lo argumental, esta nueva maravilla fílmica vuelve a apelar a la naturalidad con la que Pixar ofrece una historia distinta con un grado de complejidad y libertad muy difícil de encontrar no sólo en el cine de animación, sino en el cine convencional.

Interponiendo un engranaje emocional homólogo al que trataron en el submundo alegórico de los sentimientos de ‘Del Revés’, también firmada por Pete Docter (esta vez junto a Ronaldo Del Carmen), ‘Soul’ narra cómo la vida de Joe Gardner, un músico y profesor de jazz que sueña con convertirse en un músico de jazz profesional, cambia de forma radical en una doble vertiente; por un lado, consigue la audición de su vida de tocar en el cuarteto de la gran dama del jazz Dorothea Williams en un afamado club de Nueva York. Por otro, con un accidente fortuito que acaba con su vida, iniciando con ello un viaje espectral hacia el Más Allá con el proceso de separación de su alma y su propiedad corpórea. Resignado, entrará en una especie de limbo, en el que otras almas desaparecen hasta llegar por una cinta transportadora a su fin y acabar con el sonido crepitante de un insecto en un ‘zapper’ eléctrico.
Escapando de este cruel y natural destino entrará un área de eternidad donde otras almas aguardan a iniciar su vida terrenal explorando diversas formas de personalidad y encontrando sus rasgos definitorios que servirán de pasaporte a la vida física. Allí es donde conoce a 22, un alma inadaptada y rebelde que no entiende el significado de la existencia y que ha pasado por manos de mentores como Gandhi, Lincoln y la Madre Theresa, incapaces de encontrar la chispa para que inicie su periplo en el mundo. Joe tendrá que asumir el irrealizable papel de guía para convencerla de que acepte unas condiciones distintivas para la iniciación en la vida. Joe y 22 son dos anomalías en el sistema. Y juntos desafiarán las prohibiciones y límites de ambos mundos, cruzando las fronteras y regresando gracias a un místico llamado Moonwind, un neo hippie cuyos estados meditativos en la Tierra le permiten atravesar el plano astral. Otro acierto de guión de estos genios fabuladores.

Si en ‘Coco’, de Lee Unkrich y Adrián Molina, Pixar exploró el Más Allá con más especificidad y distinción cultural, los mundos de ‘Soul’ permanecen memorablemente concebidos, aunque decididamente modernistas. Comparte con aquélla la exploración de la muerte y el significado de la vida, las idas y venidas del allende, con una interconexión de mundos que conformarían lo que Jean Baudrillard denominara como “intercambio simbólico”, en la proyección de las culturas no occidentales por hacer coexistir a los vivos y los muertos mediante rituales en el que ambos mundos comparten en un mismo espacio.
En ese estrato argumental se mueve también ‘Soul’, como una reinvención actualizada de ese ‘Death (Stairway to Heaven)’, dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, en el que las escenas de un supuesto nirvana se mostraban en blanco y negro y las terrenales en un flamante Technicolor. Aquí, este viaje de un sosias de George Bailey (en versión afroamericana) que se mueve entre el realismo urbano de un Nueva York prepandémico, que respira del espíritu de clubes de jazz y barberías en el corazón de Queens, con universos abstractos que respaldan una experimentación visual fascinante, mezclando morfologías animadas, surrealismo no figurativo y un caos muy determinado al servicio de la fábula.

Sueños idealizados y metafísica cíclica.
En este intercambio de cuerpos, de hedonismo (in)voluntario, de comprensión y metamorfosis, ‘Soul’ se las arregla para llegar a conclusiones tangibles que devienen en reflexiones de fantasía y realidad cercanas a la muerte, como una entelequia inspirada por el instinto de supervivencia. Por eso, no es descabellado pensar que todo sea una confabulación mental de este personaje en estado de coma en el hospital tras el accidente, que proyecta una nueva mirada de su vida desde la distancia en un cuerpo que permanece ajeno a las vicisitudes que tienen lujar a lo largo del relato. No obstante, el corolario alusivo y aleccionador va por otros cauces determinados en un espacio de negrura vital que transmuta la depresión en vida en un deambular neurótico a medio camino entre la muerte y la rutina absorbente. La mediocridad aburrida en la que Joe parece vivir le ha llevado a idealizar tanto su sueño de triunfar en el mundo del jazz que ha anulado una realidad que le ofrece un futuro más estable, sin preocupaciones, como profesor y funcionario.
Su pasión ha absorbido tanto su día a día que la ilusión se ha transformado en una obsesión enajenada y egoísta. Ha olvidado todo aquello que le llevó a querer dedicarse a la música. Cuando llega a una redefinición y priorización de un estado de calma contemplativa es cuando aprende a valorar la vida. En su viaje de búsqueda y anhelos, a través de un universo alegórico, su resurrección alcanza su revelación vital en el instante en que acepta que su lugar en el mundo no es el de pianista de jazz de éxito, sino el de profesor de música y mentor, que es la función que ha desempeñado desde el comienzo de la historia. La música es un vínculo transmisor del patrimonio cultural, como el jazz y la importancia de su vocación artística en la vida de las personas fundamental el valor final de trayecto.

¿Qué nos motiva en nuestra rutina? ¿Qué nos hace sentir vivos? Parece preguntarse constantemente ‘Soul’ en la voz contradictoria de 22. Todo ello se recoge en esa escena cumbre (como tantas otras) en la filmografía de Pixar en la que Joe, sentado en su piano e improvisando una nostálgica partitura, evoca la importancia de las pequeñas cosas mediante objetos que ha ido recogiendo 22 en el mundo terrenal —una bobina de hilo, un trozo de una pizza, una semilla de arce flotante o incluso un ticket de metro— y que han configurado, en esencia, sus ganas de una vida física. La existencia, en sí misma, es la chispa que hace que el alma renegada quiera probar suerte en primera persona. ‘Soul’ alude al jazz y a la vida con un punto en común: improvisar hasta que se encuentre un rumbo a seguir. El heroico viaje de Joe le hace regresar al punto de partida, pero asumiendo la trascendencia de su función en la sociedad.
Por lo demás, ya no extraña a nadie lo estéticamente estimulante que resulta el film de Docter y Powers, la evolución minuciosa de la tecnología de esta factoría. El nivel técnico es infatigablemente elevado y, en las escenas del mundo real incluso establece nuevos estándares en términos de riqueza de detalles, diseño de iluminación y estructuras de objetos. Así como en la fusión del Más Allá, con ese personaje llamado Terry, una versión cubista que opera como antagonista que recuenta meticulosamente las almas y que no acepta ningún tipo de error en sus cálculos. Su presencia en el mundo real es hipnótica, adoptando todo tipo morfologías y angulaciones imposibles en el seguimiento de Joe y 22 en el mundo real.

‘Soul’ es así una fabulación sobre los caminos determinados (o no) en la vida, que parecen conducir únicamente al éxito o al fracaso, dinamitando esta idea en función de aquellos que no quieren o no pueden encontrar un “destino”. A medio a camino entre una imposible composición de ciencia ficción interdimensional trascendente y película ‘feel good’ costumbrista, estamos ante una película ni mucho menos amable en su descripción edificante del espíritu humano. Hay mucha oscuridad en sus tramas, pero esta es una historia que está destinada a reafirmar la vitalidad sobre el cinismo o la severidad. Como en mucho del discurso de Pixar, lo más banal, a veces, es lo más importante. Y en los tiempos que corren, es un mensaje muy bienvenido que condensa a la perfección el propósito paradójico de una obra que, en definitiva, resulta más convincente en su moral existencialista que en las divagaciones metafísicas que subyacen en ella.
‘Soul’ conecta lo metafísico y el mundo real con un dispositivo sublimado como es la música, alabada por los inquietantes cánticos estructurales de la utopía de un reino intermedio a cargo de Trent Reznor y Atticus Ross con la partitura más clásica de un inspirado Jonathan Batiste utilizada en el mundo real. Una obra mayúscula de ternura, reflexión, existencialismo y pasión por el jazz. ‘Soul’ nos está advirtiendo de que, en último término, una sola experiencia o un sueño cumplido, por esperado que haya sido, no significa toda una vida.