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Todos los athleticzales nos hemos sentido muy tristes con la noticia de la retirada de un ilustre como Aritz Aduriz. No por inesperada, pero sí por la prontitud de la misma. Todos soñábamos que nuestro “Zorro” pudiera darnos ese último baile, como los más grandes. En la mejor final que se podía dar para su adiós definitivo a la máxima competición. La pandemia del COVID-19 nos ha dejado sin muchas cosas, con la incertidumbre vital sobre un futuro incierto, pero también sin el último desafío de este jugador donostiarra que ha sido y será un abanderado de los valores y el tesón que simboliza el Athletic Club.
No veremos su colofón con la zurigorri en la Final de la Copa del Rey ante la Real Sociedad. La esperada final hubiera sido la rúbrica perfecta al final de una carrera intachable y una fase final de trayectoria espectacular. Duele que sea así, porque ha sido y es uno de los más grandes futbolistas que ha tenido este deporte. Pero su agotamiento y desgaste han hecho que el punto y final haya impedido verle en la que hubiera sido la imagen definitiva de un Aduriz que es patrimonio histórico del Athletic. Sí, falta la Gabarra. Y ambos emblemas merecían el mismo destino. Juntos.

El delantero ha sido uno de los grandes valedores de esa esencia mitológica de las grandes figuras del club del Botxo, uno de los mejores jugadores de las últimas décadas que ha despertado la comunión en el elogio y el respeto, la adhesión a un titán que lo ha dado todo por el equipo y ha justificado con goles y esfuerzo su compromiso con la entidad y con la afición. No es exagerado el hecho de incluir a Aduriz en el Olimpo de la línea ofensiva rojiblanca de todos los tiempos, junto a los Zarra, Bata, Iraragorri, Unamuno, Panizo, Uriarte… Su mérito es la de esos mismos colosos cuya fortaleza y habilidad de cara al gol dignificaron con goles su efigie entre los elegidos. Aduriz ha demostrado en sus dos etapas en el Athletic una lealtad incondicional a la zurigorri, una humildad y talento unificados a su remate de cabeza, a su intuición en el área rival y a su terminación tan valiosa y única en el fútbol moderno. Es una figura irrepetible. Y lo peor de todo, insustituible en un tempestuoso tiempo de cambio de un club que bebe de una tradición y filosofía exclusivas.

Pocos jugadores se han ganado ese puesto en San Mamés como él. Del Antiguoko llegó al Bilbao Athletic y se encontró con una carrera llena de obstáculos y desafíos antes de regresar al templo de la Catedral para coronarse como uno de los más grandes; Burgos, Valladolid y Athletic Club, para ser malvendido al Mallorca, hacerse importante en el Valencia y regresar de nuevo a casa con 31 años, cuando muchos no confiaban en su aportación en un ciclo en el que otras piezas, entonces determinantes dentro del equipo, estaban a punto de dejar un panorama de fluctuación y desconfianza en el Athletic. Fue el líder que insufló la confianza que requerían sus compañeros en un periodo complejo. Tanto fue así, que la dependencia hacia su figura se transformó en la fórmula y compendio del juego del club.
Bielsa dijo de él que ha sido uno de los mejores delanteros que ha dirigido y visto en su vida, al nivel de cualquier leyenda argentina que él hubiese conocido. No por su olfato goleador o su precisión a la hora de buscar su espacio en la portería rival. La capacidad de Aduriz como delantero ha trascendido más allá de su posición en el campo, con la connivencia y sacrificio desde la defensa, con su temple y retención del esférico cuando era de recibo y necesario. Haciendo más fácil la estrategia en el campo, deliberando un paso antes de que la jugada se produjera. Ésa era la magia y la esencia de “el zorro”. Su astucia como clave cardinal de su juego asumiendo la responsabilidad y echándose a sus compañeros a la espalda para llegar al fin común del juego y la victoria.

Un 20 de mayo, como el número que ha lucido con la camiseta rojiblanca, ha decidido poner fin a su vida futbolística y renunciar a una final que queda en el aire. Su cadera está destrozada y la vida debe seguir en su ausencia en el rectángulo de juego. Se retira con los galones de uno de los mejores delanteros de los últimos tiempos. Ha jugado un total de 566 partidos, 9 internacionales y ha logrado encajar un total de 226 goles desde la temporada 2002 (172 luciendo el escudo del Athletic). Ha sido el máximo goleador del Athletic en ocho ocasiones, únicamente superado por Zarra, que lo fue en diez.
Entre su palmarés se encuentra la Supercopa de España 2015-2016 ante el F.C. Barcelona, en una final de ida y vuelta recordada por su destacada aportación. Su último gol también se produjo ante la escuadra blaugrana. Y no fue un gol cualquiera. En el primer partido de la presente temporada, Aduriz dejó para la galería una soberbia volea a modo de chilena que dio la vuelta al mundo y proclamada, posiblemente, como el mejor gol de este extraño curso interrumpido por la pandemia.

Atrás quedan sus celebraciones de gol con los brazos abiertos, como muestra de comunión esperando un abrazo simbólico con el público, su competitividad llevada al extremo o sus palabras sacando de quicio a los árbitros protestando jugadas. Nos quedamos sin sus regates, sin su prolongación con el balón, sus centros cortos o sus prodigiosos saltos para rematar los balones aéreos procedentes de libres indirectos o corners. Nos deja huérfanos, en definitiva, de su magia, con un hueco muy difícil de llenar. Su contribución al club revela la esencia de los valores del viejo espíritu del Athletic Club. Se nos va un goleador imprescindible, el jugador de raza cuya destreza revolucionaria ha marcado una era de la que somos afortunados de haber vivido.
— Aritz Aduriz (@AritzAduriz11) May 20, 2020
Eskerrik asko, capitán. Tu legado es eterno. Aupa Athletic y disfruta de la vida. Te lo has ganado.