Review ‘Star Wars: los últimos Jedi (Star Wars: The last Jedi)’, de Rian Johnson

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
La desmitificación y creación… ¿de un nuevo mundo?
‘Star War: los últimos Jedi’ prosigue los preceptos de J.J. Abrams de traducir el nuevo legado a un panorama cultural marcado por la influencia pretérita, destruyendo los mitos del pasado para encontrar la libertad hacia una transición completa. Otra cosa es que lo logre.
Si por algo se caracterizó ‘Star Wars: el despertar de la Fuerza’ fue su concebimiento como un resurgir de los vestigios nostálgicos de la primera trilogía para ensamblar tradición y modernidad con ciertos visos de obra de transición que provocara un renacimiento de la Saga diseñada para una nueva generación de espectadores. Lo viejo y lo nuevo encontraban un período de convergencia que buscaba resetear el producto y encaminarlo hacia un nuevo horizonte argumental como una prolongación de ese nostálgico ‘space-opera’ conocido por todos los espectadores. El tiempo de espera, la nostalgia o el recuerdo de un sentido de la aventura épica se ha había diluido en la memoria generacional, dando como consecuencia un presente ciertamente confuso en el que aquellos tiempos y el futuro no encuentranam una línea concordante en un cine imposible que nunca volverá.
La recuperación Leia Organa, Han Solo y Chewbacca con los tintes finales de Luke Skywalker lograron un halo de pervivencia, encontrando su luminiscencia en el inconsciente con el que se les mira y levantando cierto entusiasmo en la platea dividida entre espectadores de nuevo cuño y un público veterano deseoso de añoranza. ‘Star Wars’ es un icono, un símbolo con abundancia de elementos narrativos y visuales que entronca su leyenda en una estructura mitológica y cíclica. Desde que J.J. Abrams anunciara esta nueva trilogía, era necesaria la desmitificación de la creación de George Lucas, tal vez disfrazada de remake, con el fin de heredar la nostalgia desde su destrucción y así crear nuevos vínculos y renovar el mito.
Rian Johnson sigue esa senda de remodelación con ‘Star Wars: los últimos Jedi’. Ya no está Harrison Ford como Han Solo, pero sí  Carrie Fisher y Mark Hamill interpretando a los eternos mellizos Leia Organa y Luke Skywaler. Lo primero que uno se encuentra en esta nueva proposición galáctica es la de una voluntaria ruptura con algunos de los elementos de su precedente, así como con símbolos e incluso dogmas de la propia mitología. Deconstruye con ello los ideales familiares desde su fundación con una intersección entre la necesidad desesperada de pertenecer a este mundo de los nuevos personajes y los efectos especiales llevados a un estrato de excelencia y grandeza apocalíptica dentro de esos imprescindibles duelos de sable láser y los numerosos combates aéreos.
Las decepciones y las esperanzas parecen fundirse en la doble historia con la que se juega; por un lado, Rey (Daisy Ridley), se debate entre la Luz y el Lado Oscuro, en un juego de intercambio de personalidades con el propio Kylo Ren (estupendo Adam Driver), la otra cara de la moneda. En este personaje, el mejor de esta aventura galáctica, es donde se dilata la ambigüedad llena de matices, fomentando esa idea del Mal desde la perspectiva de un fanático maniqueo de su oscuro abuelo con cierto desorden de identidad, que no se doblega ante fuerzas externas. Aquí Ren es mucho más profundo y desgarrado, que se deshace de su casco porque, al contrario de Darth Vader, él no lo necesita para vivir. Murió matando a su padre y ha quedado como un hombre atormentado lleno de dudas.
Si ‘El despertar de la Fuerza’ era una especie de ‘reboot’ que servía de puente vinculante con la estirpe pretérita de la saga, montando y desmontando con sustitutos y facsímiles la cimentación de la originaria película de Lucas, en ‘Star Wars: Los últimos Jedi’ parece ser que se sigue el mismo patrón de cosmético regeneracional. Es decir, que si en ‘El Imperio Contraataca’ la huida de la resistencia se impulsaba desde su base y las fuerzas imperiales rastreaban su ubicación por toda la galaxia. Y un joven héroe era instruido en las artes Jedi por un icono superior en un despoblado planeta para terminar enfrentándose a sus miedos metaforizados en su Nemesis incentivados por el máximo mandatario del Lado Oscuro. Incluso también que irrumpiera un peculiar ladrón del que desconfiar, aquí sucede… lo mismo. El intercambio de roles entre Luke/Rei, Joda/Luke, Darth Vader/Kylo Ren, el Emperador/Líder Supremo Snoke, Lando Calrissian/ DJ… entre otros, terminan por provocar una sensación de dispersión y duplicado.
Por un lado, en esa primera parte con longitudes obvias y paralelismos varios, como el funcional rol de Leia dentro de la trama. O esos héroes separados, destinados a encontrarse una y otra vez. Por otro, la construcción narrativa se desestabiliza por el empeño de encubrir tanto marco paralelo y puntos de vista. Pero siguiendo un objetivo concreto y sin circunloquios, Johnson busca (y logra) que la traducción de este nuevo legado a un panorama cultural presente esté marcada totalmente por la influencia capital de la que está considerada como cinta más oscura de la saga primigenia. Pero con una idea iconoclasta. Así, ‘Star Wars: los últimos Jedi’ deja clara su herencia, pero también bosquejando un nuevo destino en el que es necesario avanzar para hacer borrón y cuenta nueva. El culto al pasado que resuena en los corazones apasionados de una nueva generación debe ser traicionado para proseguir el camino. Acabar con los mitos pretéritos es fundamental para encontrar a libertad hacia una transición sea completa. Es, más o menos, el módulo ideológico que han pretendido mostrar con estas dos primeras cintas.
Ya el parricidio de Han Solo revelaba esta sed de renovación. La cultivación del mito en un homenaje tendente a la emancipación de los conceptos de la saga son la base para desarrollar los nuevos personajes de una forma orgánica. Los mitos se adaptan, mientras que el pasado se congela. La evolución es la tragedia misma de la nostalgia. Y esa máxima conceptual parece seguir con contundencia esta segunda parte de la nueva trilogía. Es curioso como estos nuevos personajes parecen ser un modelo idealizado de fanáticos del grandioso pasado de su universo, buscando en vano seguir un camino ya trazado.
De ahí, que haya guiños en juegos maliciosos, como esa máxima de la trama entre Luke y Rey, que parece subrayar: “Yo NO soy tu padre” y que sabotea con sorna cuestionables teorías sobre el devenir de los nuevos personajes antes de su estreno. Johnson aborda su guión con cierto divertimento, sacrificando parte de la ingenuidad y los valores regios de antaño por la desesperanza y amargura de los tiempos actuales con una loable personalidad y un estigma autoral a la hora de planificar cinematográficamente su historia. Sin dejar a un lado las piruetas galácticas que empieza a mostrar sus cartas bajo la manga, el cineasta sabe que el espectador ya no posee ese céfiro de asombro de hace cuatro décadas. A pesar de los intentos de renovar su intensidad, ‘Star Wars: los últimos Jedi’ también está obligada a invertir sus secuencias, jugando con los dobles significados para establecer ciertas expectativas y confundirlas en un entorno de esplendor visual impresionante, repleto de nuevos ambientes.
Rechazo del pasado como deconstrucción del mito.
Johnson recoge el testigo de Abrams en la búsqueda de ese sentimiento de conexión con la herencia sin faltar a la responsabilidad de desprenderse de ella. Y lo hace con una personalidad latente, creando imágenes e instantes inmortales dentro del universo galáctico. Todo matiz parece devolver la magia, aportando una nueva perspectiva transformadora; desde el rugido del Halcón Milenario transitando a toda velocidad a través de un laberinto sideral, las peleas con sable láser, el emotivo abrazo de los mellizos Skywalker, la sorpresiva aparición de Yoda y su cuestionamiento sobre la doctrina Jedi o la desesperación de soledad y orfandad de Rey viéndose multiplicada en un espejo infinito ante la pregunta sin respuesta sobre su familia.
Cualquier imagen sirve al cineasta para otorgar el poder visual de un nuevo planteamiento, sobre todo, en ese campo de batalla del planeta Crait, ubicación de la base rebelde abandonada a la que la Resistencia huye de la Primera Orden. Esa superficie del planeta es roja, cubierta por una espesa costra de sal, como metáfora vectorizada de una fuerza de pensamientos entre espacios, de apoteosis de rojo y blanco, reforzando el conflicto y la dicotomía entre la sal y la sangre, la paz y la guerra, el Bien y el Mal. La pugna existencial Jedi, la contemplación de la fuerza interior, como una emoción de renacer, donde sólo quedan cenizas se mezcla con momentos de poca sutileza a la hora de elucidar con un contexto geopolítico aparentemente complejo como es la ciudad casino de Canto Bight, con los adinerados señores del mundo despilfarrando riqueza mientras en el subbuelo, los pobres trabajan en jornadas interminables.
‘Star Wars: los últimos Jedi’ es un film de contrastes que funciona como interludio para reforzar las intenciones de cambio, pero sin llegar a convencer, como le sucedía a su predecesora. Si bien es cierto que el tono más oscuro y fatalista permite que sus personajes brillen en la Sombra y la luz de la Fuerza, como la elevación del carácter de Luke Skywalker (admirablemente encarnado por Mark Hamill) del remordimiento a la paz interior como epílogo.
“Estoy totalmente en desacuerdo con casi todas las decisiones que se han tomado con respecto a mi personaje”.
(Mark Hamill).
Aunque todo no sea positivo en este aspecto. Hamill ya mostró su descontento en la revista Vanity Fair con el desarrollo de su personaje mediante estas palabras de arriba. Hay algo de cierto en esta desacralización, puesto que el héroe de varias generaciones se reduce a un símbolo caído, que ha perdido sus convicciones, sin mucha más motivación. Un icono que se ha visto privado de un arco narrativo con mucha más enjundia, compensado por un humor invasivo que no consigue mantener el tono sepulcral que requiere su desmitificación. Algo parecido le sucede a la malograda Carrie Fisher, que avanza la desaparición de una princesa, de una estrella. Y lo hermoso de la metáfora es que cada aparición de la fallecida actriz tiene un carácter emocional bastante fuerte. Más allá de desconocer cuál será el destino del personaje una vez sabida la muerte de la legendaria actriz. No obstante, hay pequeños apuntes que elevan por encima del conformismo mucho de lo expuesto. Como esas palabras de Yoda: “El mejor maestro el fracaso es”. Desde un inteligente enfoque, se cuestiona toda la gravedad proverbial, vista como el fin de las religiones ancestrales que ahora se han vuelto obsoletas. Tal vez incluso hablando de la propia doctrina ‘Star Wars’.
Y aunque pueda parecer que el formato de Disney pudiera ser un obstáculo, la cinta aporta un poder placentero en ausencia de esta grandeza operística una vez abordada, dejando a un lado ese predicamento del entretenimiento como vehículo de pensamiento. Es más, si algo caracteriza ‘Star Wars: Los últimos Jedi’ es el abandono de esa máxima por un tono muy pausado, llevado hasta ambientes crepusculares y reflexivos acerca de cómo sobrevivir y reconstruirse cuando se pierde la familia, la fe o la esperanza.
Es la forma de evidenciar ese constante y mencionado rechazo del pasado, como elemento deconstrucción del mito de ‘Star Wars’ y sus fascinantes intentos de jugar con una repetición de ciclos que se expresa aquí con la caída irremediable de una religión. La pérdida de la singularidad que Rian Johnson ha querido traducir es el claro ejemplo de la admisión de fracaso, de la asimilación de esa hora en la que se abandone la saga de historicidad para crear una nueva. De señalar el camino a una nueva generación sin Skywalkers de por medio. Queda sólo un episodio para saber si esto se consolidad como parece. Y tal vez entonces se pueda abrir la saga a una Nueva Esperanza.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2017

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