Review ‘Coco (Coco)’, de Lee Unkrich y Adrián Molina

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
De vuelta a la excelsitud
‘Coco’ es la nueva maravilla con la que Pixar ha resucitado la magia y la brillantez inalcanzable a la que malacostumbró al público hace más de una década. La cinta rinde tributo a la cultura mexicana y explora la memoria y la ofrenda del Día de los Muertos en otra obra maestra imprescindible.
La intachable reputación de Pixar se ha visto resquebrajada por diversos motivos en una última década muy difícil para el estudio del Flexo. Primero, por una trayectoria creativa que ha divagado entre secuelas que no han alcanzado una satisfacción ni por parte de la crítica y, en menor medida, del público, como es el caso de ‘Cars’ (en dos ocasiones), ‘Monstruos University’ o ‘Buscando a Dory’ y productos como ‘El viaje de la Arlo’ o la incomprendida ‘Brave’. A excepción de esa obra maestra que supuso ‘Del Revés’ y que devolvió momentáneamente el crédito y volvió a encumbrarla al olimpo de la animación mundial, Pixar se vio salpicada recientemente con las controvertidas acusaciones a John Lasseter, cofundador y cabeza visible del estudio, por parte de algunas subordinadas a raíz del movimiento #MeToo, que provocó la caída de Harvey Weinstein y abrió un cisma dentro de Hollywood por acosos y abusos de poder.
La arcadia paradisíaca de la animación en la que todo profesional del medio querría trabajar se ha visto tocada por el incidente que ha hecho que Lasseter haya renunciado a su puesto directivo para tomarse unos meses sabáticos alejado de Emeryville. Entre medias, queda ver cómo funcionarán en taquilla otras dos secuelas que garanticen, al menos, una buena taquilla y valores seguros dentro del catálogo a corto plazo de la compañía: ‘Los Increíbles 2’ (que se estrenará en el verano de 2018) y ‘Toy Story 4’ (prevista para junio de 2019).
‘Coco’ es la decimonovena película de animación de Pixar y supone un regreso a la divinidad en su empeño por exhibir esa habilidad única a la hora de mezclar registros y géneros, sabiendo mantener en todo momento diversos estratos poliédricos en cuanto a sus personajes en una dimensión física y emocional capaz de subvertir un complejo grado de ambigüedad en cuanto al nivel de lectura de todas obras. Si hay algo que ha caracterizado a este sello animado todos estos años es que Pixar, más allá de la animación, tiene la suficiencia para argumentar una temática existencial y traducirla a un lenguaje acorde a la convención de lectura para el entretenimiento del público infantil, pero buscando siempre al adulto y su compromiso reflexivo.
La fábula que nos ocupa rescata esa tradición oral, como un cuento donde la fantasía y lo paranormal son indispensables para corregir los errores humanos y cavilar sobre nuestro lugar en el mundo y afianzar los sueños como motor de vida. Vendría a ser como un cuento clásico bordado para la ocasión por Lee Unkrich y Adrián Molina.
‘Coco’ narra la historia de Miguel Rivera, un niño risueño y alegre que sueña con convertirse en músico. Sin embargo, y para su desgracia, la música ha sido prohibida en su familia durante tres generaciones. En el pasado, Mama Imelda, la madre de su bisabuela Coco, fue abandonada por un marido que eligió la vida de artista antes que la familiar. Con ese rencor, los Rivera fundaron una fábrica de zapatos artesanales. El niño encuentra en una foto una pista que sugiere que su tatarabuelo pudo ser Ernesto de la Cruz, el ídolo local y uno de los cantantes más famosos de la Historia de México.
El Día de los Difuntos, Miguel decide demostrar su valía en un festival de talentos, pero su familia se lo impide. Al robar la guitarra del mausoleo de De la Cruz, el niño traspasa una frontera a la Tierra de los Muertos, donde conocerá a Héctor, el hombre que puede hacer que contacte con su antepasado y le dé su bendición para ser músico. Un hecho al que también se opondrán sus ancestros. Junto a Héctor, se embarcará en un viaje extraordinario que revelará la verdadera historia detrás de la historia de la familia Rivera.
La cinta se ubica en Santa Cecilia, que, como no podía ser de otra manera, es la patrona de los músicos y sirve como vehículo reivindicativo de la celebración de la vida a través de la muerte y del recuerdo de los difuntos a través del Día de los Muertos. En México esta ceremonia tradicional supone un elemento clave del imaginario del país, que hereda el culto formal (y ciertamente aburrido) del duelo doloroso católico con una visión festiva de la ofrenda por los que ya no están. La fúnebre conmiseración se sustituye por un festival de color y de luz en el que se erigen santuarios dedicados a la memoria de los seres queridos fallecidos y donde los esqueletos y calaveras son figuras decorativas en un ambiente de respeto combinado con el espectáculo visual.
Con este tema, a priori tan alejado de los objetivos infantiles, la película busca al más pequeño para desvirtuar lo negativo de la muerte y normalizarla desde una perspectiva desacralizada de la religiosidad hacia un contexto más popular y folclórico que nada tiene que ver con los ámbitos seculares y racionalistas. En el otro lado, en el Mundo de los Difuntos, todo es alegre y colorista, con una amalgama de chabolas y teleféricos donde los quiméricos alebrijes de colores fluorescentes y chillones guían las almas de los esqueletos andantes.
La gran baza de ‘Coco’ es la de evitar con astucia la antropomorfización de lo inanimado o lo fantástico a favor de personajes basados en lo cercano y reconocible. Por eso, la oscuridad del film es muy convincente y la luz y el color igual de fascinante. El corpus que vertebra toda la historia es el minimalismo con el que se detalla la cultura mexicana, que se despoja de cualquier atisbo de apropiación cultural desde su maravilloso prólogo, con esos mosaicos de papel de seda picado. Durante su desarrollo no se pierde en ningún momento de vista un respeto máximo por el folclore étnico azteca, sin caer en el estereotipo o el cliché a la hora de fundamentar la fantástica aventura de Miguel en el Reino de Muertos, con especial ternura y sapiencia sobre unas raíces geográficas y sociológicas muy delimitadas.
Tanto en el mundo real de zocos con mariachis y guitarras, como en ese terreno esotérico de los ancestros muertos, los patrones del carácter mexicano inducen una mirada casi antropológica hacia esta cultura y su historiografía tradicional. Desde ese perro llamado Dante, perteneciente a la raza xoloitzcuintle y cuyo rasgo principal es la ausencia de pelo, ‘Coco’ desglosa con sus imágenes el inconsciente colectivo de toda una cultura que viaja a través de la gran terminal ferroviaria del cempasúchil y que no olvida a los grandes iconos del país, como Frida Kahlo, el Santo Enmascarado de Plata y su inconfundible máscara, Mario Moreno “Cantinflas”, Pedro Infante o Jorge Negrete.
La muerte, la familia y la importancia de los recuerdos.
Desde que Miguel transita por ese esplendoroso y hermoso puente de pétalos de caléndula que le lleva a la necrópolis laberíntica con ecos del Pedro Páramo de Rulfo, la memoria y el recuerdo se transforman en el factor existencial incluso en el Más Allá. La tradición adquiere múltiples significados; familiar, oral, cultural… y la familia toma su protagonismo en la trascendencia de honrar la memoria de los antepasados. Tanto es así que, en el viaje inverso, los difuntos poseen unos visados de salida que no son otra cosa que fotos familiares, sin las cuales los muertos no pueden cruzar el puente entre los mundos para ver a sus parientes vivos. Esa interconexión de mundos vendría a ser lo que Jean Baudrillard denominó como “intercambio simbólico” en la proyección de las culturas no occidentales por hacer coexistir a los vivos y los muertos mediante rituales en el que ambos comparten en un mismo espacio.
En su reflexión sobre estos conceptos, se adivina una introspección profunda sobre lo que significa vivir una vida plena y cómo los recuerdos pueden evitar que el difunto desaparezca por completo. La “muerte final”, en analogía a la que definió el neurocientífico David Eagleman como “tercera muerte” (la primera se da cuando el cuerpo deja de funcionar, la segunda es cuando el cuerpo es enviado a la tumba o incinerado), simboliza la pronunciación de un nombre por última vez, cayendo el olvido. Algo siempre presente en ‘Coco’.
Como en la escena que tiene lugar en ese arrabal de almas olvidadas e indocumentadas que están destinadas a la desaparición. Héctor le pide una guitarra a Chicharrón (Edward James Olmos), un viejo y amargado amigo que representa la prescripción del recuerdo que termina con una triste extenuación en una nada y un vacío devastadoramente poéticos. Supone la representación fílmica de esos antepasados que dejan cualquier contexto por el olvido total de sus predecesores.
Sobre eso transita ‘Coco’, sobre la inevitabilidad de la muerte y la necesidad de los recuerdos para honrar a nuestros seres queridos, tanto a los vivos como a los muertos. Es, como no podía ser de otro modo en el universo Pixar, un himno a la familia, a la infancia y a la memoria. Y a su vez, un fiel reflejo de cómo debería lidiar con la con la muerte en nuestras propias vidas. Los vivos se reflejan en sus seres queridos fallecidos y su mundo es análogo.
El sentimiento de pérdida y las fronteras que los separan son la metáfora de las ansiedades sobre la muerte transformadas en las preocupaciones sobre nuestras propias vidas. En su final, cuando las lágrimas afloran bajo los acordes del tema ‘Recuérdame’ bajo el grácil juego de los dedos en las cuerdas de la guitarra, el tono de una canción de despedida de un padre a su hija pequeña es motivo también para recordar que alguien transformó una canción de despedida con una promesa en su interior en algo totalmente diferente que llegó a ser un éxito indebido y negligente en manos de un traidor. Es un canto las raíces, para evitar que los vínculos se desvanezcan en una extraña confusión y amnesia. Y lo que hace que Héctor no desaparezca para siempre en el olvido.
‘Coco’ ha llegado en un momento convulso en la sociedad estadounidense, con la retórica del presidente Trump, quien desacreditó a los inmigrantes mexicanos desde un principio, prometiendo erigir un muro entre los dos países para evitar la inmigración. Precisamente, la película también habla, en su fondo, de la necesidad de esa tradición mexicana que las nuevas generaciones de emigrantes estadounidenses van sintiendo más lejos de sus orígenes, olvidando el sentido de su raigambre. Hasta ahí llega la hondura de esta obra.
Con un poder imaginativo absolutamente mágico, se estructura con un patrón de clasicismo que evoluciona gracias a una serie de reglas entrelazadas casi cohesivas dentro de la fórmula Pixar, donde para ser un héroe no hacen falta superpoderes, pero sí la determinación progresiva de la identidad y personalidad fundamentada en la fuerza de los sueños y los sentimientos. La prueza de espíritu que representa, en este caso, el joven Miguel.
No son esquivos al humor negro, como ese Sacerdote volador al que da vida Ernesto de la Cruz o tocando la guitarra a lomos de un corcel en los clips de sus películas clásicas, ni ese divertimento óseo que hubiera hecho las delicias del mismísimo Ray Harryhausem, acoplando, deshuesando y volviendo a articular esqueletos, con una fluidez y precisión que explota la plasticidad y las múltiples posibilidades de construcción y reproducción del movimiento dentro de la pantalla.
Otra vez, ‘Coco’ es la superación de lo imposible, con un asombroso trabajo de la luz en la creación de ese maravilloso universo de color, donde el reino de los muertos es tan placentero y saturado de genialidad como el mundo de los vivos. Lee Unkrich y Adrián Molina han creado un prodigio que encuentra vasos vinculantes con el imaginario referencial ‘El libro de la vida’, llegando a un punto al que la película de Jorge R. Gutiérrez abalada por Guillermo del Toro no consiguió llegar. Lo logra con un viaje iniciático alucinógeno y existencial que referencia subversivamente a todo el cosmos de Hayao Miyazaki, apoyado en unas inconmensurables canciones creadas por el co-director Molina y el dúo mágico gracias a ‘Frozen’ formado por Kristen Anderson-Lopez y Robert Lopez.
Al fin y al cabo, la película se nutre del musical, de su ritmo, de un ensamblaje melodioso y armónico al son de una emotividad que conmueve a la hora de despertar los recuerdos dormidos. ‘Coco’ es el regreso de Pixar a lo más alto, a la esplendidez que se había dado por perdida demasiado pronto. Pese a todo, continúan siendo un modelo a seguir y, aunque facturen trabajos comerciales poco acertados, siempre perpetuarán su leyenda con películas de la grandeza de este nuevo y sugerente trabajo.
Miguel Á. Refoyo «Refo» © 2017
La primera película en cine de mi hijo.
Siempre he pensado que la primera película que uno ve marca de alguna forma su vida como espectador de cine. La mía, según me cuenta mi madre, fue ‘Blancanieves y los 7 enanitos’. Recuerdo vagamente la canción de ‘Ay ho’, a Mudito y, sobre todo, a la malvada Bruja. Como para no tenerla presente. Tengo películas posteriores, muchas infantiles como ‘Pedro y el Dragón Elliot’, ‘La Bruja Novata’, ‘El Mago de Oz’, ‘Mary Poppins’ (supongo que éstas en reestrenos) o ‘Supersonic Man’ (sí, la de Piquer Simón’) hasta que me explotó la cabeza cuando vi en el teatro Bretón ‘El Imperio contraataca’. Desde entonces, todo fue diferente. Pero eso… es otra historia. Hasta que llegue esa película que desordene los conceptos cinematográficos que pueda tener un niño pequeño, decidimos que la primera experiencia en un cine del pequeño Iván debía venir de la mano de Pixar.
Iván había visto muchas otras en la televisión, muchas de ellas de animación (curiosamente, una de sus favoritas es ‘Donde viven los monstruos’, de Spike Jonze, no lo es) y concretamente las de la factoría del tío Walt y su gallina de los huevos de oro del Flexo. Sabíamos que no sería muy difícil tenerle durante toda una película en una sala de cine con su atención puesta en la gran pantalla. ‘Coco’ era una apuesta segura. Aunque con muchos riesgos. No obstante, sabedores de que un niño de dos años es incapaz de entender de forma íntegra la película, el colorido, las calaveras (que él llama “huesitos”) y, sobre todo, que su protagonista fuera un niño apasionado por la música eran alicientes idóneos para que se convirtiera en su primera experiencia en un cine.
Iba muy instruido sobre lo importante que es guardar silencio y, en caso de hablar, lo hiciera muy bajito. Susurrando. Le hablé largo y tendido sobre lo especial del sortilegio de la luz apagada, de la magia proyectada en la lona y de ciertas normas que hay que seguir cuando uno se dispone a ver una película de cine. Surgió efecto, porque no hubo ningún conflicto en esa faceta. A diferencia de muchos niños mayores que parece que el respeto por el Séptimo Arte no es algo que hayan inculcado en sus familias, Iván permaneció atento durante toda la película, sin preguntar apenas por el argumento y bailando contento en los números musicales. Le encantó la butaca alzadora para críos y disfrutó de alguna gominola y alguna chuche en el periplo de la aventura fantasmagórica de Miguel en el mundo de los difuntos. Salió tan contento que lo primero que pidió nada más salir fue una guitarra. Será uno de los regalos que entren fuerte en su carta a los Reyes Magos. Cine, música e infancia con una película sobre la muerte es el compendio de esta inolvidable primera vez.
Iván tiene su iniciación en el cine. Después de este ingreso por todo lo alto en el mundo del espectador cinematográfico, su asistencia a ver películas en salas será un hábito marcado por las posibilidades que ofrezca la cartelera. Se ha sentido como un niño mayor y tras asegurar lo mucho que le ha gustado, se ha puesto a jugar recordando una frase de la película. Aquélla en la que Miguel le cuenta a la abuela Coco cómo corría antes y lo veloz que es ahora con su nueva dinámica de correr. Ha sido un día que no olvidaré nunca. Ahora, hay veces que le llamo “pocoloco” y él sabe de dónde viene el simpático apelativo. Imagino que el recuerdo de mi hijo se irá diluyendo según vaya creciendo y sepultado por todas las películas que tiene por delante en su vida. Pero a buen seguro que cuando alguien en el futuro le pregunte cuál fue la primera película que vio en un cine, sabrá decir que fue ‘Coco’, de Lee Unkrich y Adrián Molina.

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