‘Cheers’, la sitcom que cambió la televisión

por Miguel Á. Refoyo "REFO"
El bar de los líos
Considerada como uno de los modelos más revolucionarios y representativos de la ‘sitcom’ moderna, ‘Cheers’ ha conseguido cumplir 30 años siendo una de las mejores series de la Historia de la Televisión.
Making your way in the world today
takes everything you’ve got.
Taking a break from all your worries
sure would help a lot.
Wouldn’t you like to get away?
Cuando uno echa la vista atrás con cierta perspectiva histórica y ha tenido el privilegio (y la edad para ello) de vivir más de tres décadas históricas dentro de la evolución televisiva norteamericana. Cuando vuelves a lugares pretéritos, evocando la excelencia instalada en la memoria colectiva, es ineludible no tener presente ‘Cheers’ como una de las más grandes ‘sticoms’ jamás creadas. Lo deslumbrante es que, por muchas revisiones que se hagan de sus once temporadas, pervive un halo de excelencia nunca alcanzado por sus posteriores y supuestas herederas. La frescura de sus tramas, su desparpajo y la constante transformación interna en una dirección de línea narrativa arrolladora, propia e inimitabe, destrozaron todos los estilemas del género y lo llevaron a una cumbre de grandeza que, a día de hoy, se antoja muy complicado de equiparar. Cualquier analogía relativa a sus bondades de un producto actual es pura matemática. Podría decirse que ante ‘Cheers’, en menor grado ‘Frasier’, ‘Curb your enthusiam’, ‘Los Simpson’, ‘Búscate la vida’, ‘Friends’ o la magnánima ‘Seinfeld’ cualquier ‘sitcom’ de hoy en día palidece.
El director James Burrows y los hermanos escritores y productores Glen y Les Charles, que venían de trabajar en las populares series de los 70 ‘M*A*S*H’, ‘Mary Tyler Moore Show’, ‘The Bob Newhart Show’ y ‘Taxi’, estaban convencidos de poder crear un producto propio. Para ello idearon un esbozo de ficción sobre gente bebiendo cerveza en cada escena sentados en un bar que abriría las puertas a conflictos en tono de humor para observar a personajes identificados con la realidad cuyo epicentro fueran los diálogos, sin necesidad de presentar más escenarios que el mismo local. Entre aquéllas cuatro paredes, la narrativa cómica emanaría de los defectos de unos roles reconocibles para el gran público para crear humor a partir de sus miserias, pero que a la vez reflejara cierto grado de complicidad con el público.
En aquel momento, la CBS disfrutaba de las mieles de un renacimiento de la comedia con series de éxito como la mencionada ‘M*A*S*H’, ‘One Day at a Time’ y ‘The Jeffersons’. Por su parte, la ABC tenía en ‘Mork y Mindy’, ‘Vida y milagros del Capitán Miller’ y ‘Taxi’ su terna de amasar audiencias. La NBC, sin embargo, no tuvo ninguna trascendencia en el género a excepción de títulos perdidos en la memoria como ‘Chico y el hombre’, ‘Hello, Larry’ o la serie de culto ‘Sanford e hijo ‘, por lo que la cadena buscaba un producto competitivo para pugnar por el ‘share’ en la década de los 80. Recopilando la condición natural de la comedia televisiva del momento, los hermanos Charles tomaron como referencia las ‘sitcoms’ familiares y de enredo y aplicaron sus características y dinámicas de relaciones a un estrato de barra que, aunque separara a los empleados y los clientes de un bar, estableciera unos lazos comunes que les identificara, precisamente, a una estirpe consanguínea.
Un bar es un sitio litúrgico donde la gente va a pasar el tiempo, a celebrar, a ahogar las penas, a hablar con amigos. Son sitios donde uno se enamora o sirve de espacio para rupturas. Un lugar interesante para la dinámica humana. Sus creadores siempre han hablado de la influencia que tuvo ‘Fawlty Towers’, la legendaria creación para la BBC de John Cleese y Connie Booth en 1975 como incentivo humorístico de ecos ‘montypythonianos’. Lo que poca gente sabe es que, metidos de lleno en la preproducción y buscando una ubicación para su bar, descubrieron una ‘sitcom’ local en Boston titulada ‘Park St. Under’, una serie de 1979 que tuvo una corta vida de 36 episodios cuya particularidad era la idiosincrasia de la ciudad a través de temática extraída del Globe y The Herald con un toque de humor subversivamente descarado. Y así nació ‘Cheers’.
“La gente le habla a un barman de un modo en el que no le hablaría a ningún otro extraño. Hay cierta apertura inmediata y un grado de sinceridad tremenda”.
(Glen Charles).
La trama era sencilla. Un bar de copas regentado por un ex deportista de élite y ex alcohólico que trabaja con un par de empleados dispares establecen una conexión de connivencia con sus clientes habituales que encuentran en el lugar una excusa para escapar a la rutina y donde son apreciados y tenidos en cuenta. Sam ‘Mayday’ Malone, ex lanzador de los Red Sox de Boston, era el pilar sobre el que sustentaban todos los demás feligreses del bar. La irrupción de Diana Chambers, una pretenciosa y resabida estudiante con ínfulas intelectuales que termina de nueva camarera en un entorno hostil pero familiar era el punto de partida de una serie destinada a revolucionar el panorama televisivo de los años 80 en Estados Unidos y en el resto del mundo. Los constantes ‘gags’ se fundamentaban en cierta melancolía entrañable que se investía a través de sus correspondientes apuestas emocionales. El reto era que el ‘show’ funcionara varios niveles intrínsecos desde su aparente futilidad. Los directivos de la NBC confiaron en la propuesta y un 30 de septiembre de 1982 se estrenó en horario de máxima audiencia, enfrentándose a espacios consolidados como ‘Simon & Simon’, de CBS y ‘Too Close for Comfort’, de ABC.
A pesar de la trascendencia paulatina que la encumbró a lo más alto del olimpo de las 625 líneas, el arranque de la serie no fue el esperado. Sus comienzos en la parrilla de ‘prime time’ los jueves a las 21:00 no cumplieron con las exceptativas de ‘share’ que habían prometido sus creadores. Tanto es así, que estuvieron a punto de cancelarla. Sin embargo, el presidente de entretenimiento de la NBC, Brandon Tartikoff, confío en ‘Cheers’ apostando todo a ella, argumentando la creencia ciega en un producto como aquel que sería el arma para que se convirtiese en una de las series más aclamadas de la televisión americana. Y acertó de pleno.
La audiencia fue subiendo semana a semana, beneficiado además por el regreso de Bill Cosby a la NBC con la comedia familiar ‘La hora de Bill Cosby’, que precedía a la emisión de ‘Cheers’ y que se convirtió en otro fenómeno para la cadena. La idea de una ‘sitcom’ rodada ante público en directo, suponía un factor que, sin ser pionero, sí caracterizó a ‘Cheers’ desde su primer capítulo. En cada episodio una voz ya anunciaba: “Cheers is filmed before a live studio audience”. O lo que es lo mismo: que toda la serie fue rodada ante una grada de público que presenciaba en directo la grabación de cada episodio. Esto provocó dos situaciones peculiares; la primera de ellas fue que los intérpretes estuvieran siempre alerta, teniendo asumido como clave este aspecto de la grabación y la energía de los ‘gags’ y los diálogos que resultaron de una eficacia instantánea. La segunda, paradójicamente, fueron las quejas de los telespectadores que imploraban a la cadena que bajara el volumen de las “risas enlatadas”, desconociendo, en muchos casos, que se trataba de las carcajadas del público asistente.
Y aunque ‘Cheers’ era una comedia rodada con varias cámaras y filmada ante un público de estudio, su estilo visual escapaba a esta percepción. Burrows exigió desde el principio que tanto la fotografía como la dirección artística tuvieran un protagonismo a la altura del producto. De ahí que el bar y su ambiente confirieran una apariencia muy cinematográfica, transmitiendo su apuesta de calidad a lo largo de todas sus temporadas. En su año de debut sólo hicieron falta una ubicación principal y tres sets anexos. Y fue suficiente para cautivar a todo el país.
La clave: Un ‘casting’ con química fuera de lo común.
Desde los primeros compases de la producción, el requerimiento de los hermanos Charles y Burrows fue la de concurrir a unos intérpretes sólidos con vis cómica que conectaran desde el primer segundo en pantalla con el gran público. La empatía y el ‘feedback’ televisivo era fundamental para que todo funcionara. No querían rostros muy conocidos ni estrellas del cine. Se llevaron a cabo duras pruebas de ‘casting’ para los personajes principales. Fred Dryer era el candidato perfecto para interpretar a Sam Malone. Su trayectoria como actor llegó después de ser una estrella legendaria de la NFL jugando con los New York Giants y Los Angeles Rams y único jugador en la historia en registrar dos ‘safeties’ en un mismo partido (1973), avalaban su candidatura al papel. Tanto es así, que el camarero con estigma de Don Juan en el guión original era un ex futbolista de élite que fraguó una exitosa carrera como jugador en esta disciplina, como el propio Dryer. Julia Duffy era una precoz veterana en apariciones en series antológicas (‘The Doctors’, ‘Con ocho basta’, ‘Lou Grant’…). Y aunque no había tenido su oportunidad de obtener un rol protagónico, era la favorita de los máximos responsables de la serie y parecía la candidata perfecta para dar vida a Diana Chambers. William Devane y Lisa Eichhorn también fueron muy considerados para sendos papeles.
Nadie sabía que la irrupción de dos talentos innatos de la comedia que venían con una carrera en telefilmes y apariciones en series con cierto renombre iban a acaparar todas las miradas de los encargados de componer el elenco de actores que protagonizarían ‘Cheers’. Ted Danson se había curtido en ‘The Doctors’, un culebrón hospitalario que gozó del beneplácito de la audiencia a largo de los 70. Pero su trascendencia no iba más allá de algún papel secundario en ‘Fuego en el cuerpo’, de Lawrence Kasdan y el protagonista del segmento ‘Something To Tide You Over’ de ‘Creepshow’, la adaptación de relatos de Stephen King que realizó el gran George A. Romero. Convenció a todos con su espigada figura y el señorial porte que proporcionó a Danson el papel de Malone. Dada su responsabilidad y la gran oportunidad que se le ponía por delante, pasó dos semanas en una escuela de ‘barmans’ en Burbank (California) como parte de su entrenamiento para interpretar a Sam. Obviamente, el físico de Danson no se correspondía al de una figura de la NFL, por lo que se cambió por la de una ex estrella de la Ligas Mayores de Béisbol de Estados Unidos (MLB), ubicando sus éxitos en el equipo estrella de Massachusetts, los Red Sox.
El vendaval cómico llegó de la mano de Shelley Long, que entonces estaba inmersa en el rodaje de la película de Ron Howard ‘Turno de noche’, junto a Michael Keaton y Henry Winkler. Su trayectoria parecía ajena a la televisión, pero aceptó la propuesta y, desde su audición, no hubo otra Diana en la mente del equipo de selección. Tanto Dryer como Duffy tuvieron su hueco en la historia de ‘Cheers’. Él aparecería en varios episodios como el reportero guaperas Dave Richards, un rival mujeriego de Sam. Ella, tan sólo en un capítulo antológico en el que Sam intenta aprovecharse del vulnerable momento de una timorata amiga universitaria de Diana que busca una noche de pasión con un desconocido.
Los roles secundarios no tuvieron tanta complejidad de elección. Norm Peterson en seguida recayó en George Wendt, que venía de la miniserie ‘Making the Grade’. Daba el perfil perfecto de ese contable gordo y desempleado que pasa las horas sentado en el mismo tajo y evita hablar con su mujer mientras bebe litros de cerveza y ve pasar la vida a través de la vida de sus compañeros de barra. Su personaje era el único que estaba basado en una persona real que Les Charles conoció cuando trabajaba como camarero en la universidad. Curtida, como casi todos los intérpretes de la serie en ‘Taxi’, Rhea Perlman no tuvo ninguna rival para hacerse con el papel de Carla Tortelli, una camarera italoamericana malhablada y sarcástica que resultaba brutalmente honesta en sus hirientes dardos contra todo el que la rodeara.
Robert Prosky, que más tarde se convirtió en el sargento Stan Jablonski en la no menos icónica ‘Canción triste de Hill Street’ era el candidato final para interpretar Ernie Pantusso “El entrenador”, anciano de bondad e inocencia sin límites con reacciones de un crío de diez años. Resultó que, en el último momento, dejó tirados a todos, abandonando el proyecto. El personaje recaló en Nicholas Colastanto, un veterano actor, que firmó el contrato cuando estaba aquejado de una grave dolencia cardiaca. A mitad de la segunda temporada, falleció, dejando un hueco insustituible en el seno del equipo artístico. Su sustituto sería un joven y desconocido Woody Harrelson, que heredó la dulzura y el estúpido candor del Entrenador interpretando a Woody Boyd, un granjero de Indiana que acababa de mudarse a la gran ciudad.
Había un personaje que no estaba en el catálogo de protagonistas de ‘Cheers’. Era el cartero Cliff Clavin. John Ratzenberger se presentó a la audición del papel de Norm Peterson. Su promoción fue tan desastrosa que le invitaron a abandonar la sala de pruebas. Entonces, se giró y les dijo improvisando: “¿Saben lo que es un sabelotodo de bar?”. Y comenzó a inventar todo tipo de irritantes anécdotas sobre este arquetipo de cliente. Les convenció y lo que iba a ser un personaje episódico se convirtió en uno de los ejes cómicos más importantes de la serie. Su capacidad inventiva y sus reflejos para salirse del guión fueron un detonante humorístico fundamental y el propio Ratzenberger fue el encargado de sugerir los pantalones cortos de pie para que se dejara los calcetines blancos en homenaje al genio francés Jacques Tati.
Después del éxito inicial e impulsado por cambios o vigorización de nuevas líneas en su desarrollo argumental, se introdujeron nuevos personajes que dotaron a la comedia de mayor hondura y posibilidades narrativas. Uno de ellos fue el del arrogante Doctor en psiquiatría Frasier Crane, que irrumpió en la tercera temporada (septiembre de 1984) para consolidarse como uno de los grandes logros de ‘Cheers’ en su posterior desarrollo. Como bien es sabido, su carisma y fuerza derivaron en otra de las ‘sitcoms’ más apoteósicas de los fastos televisivos: la laureada y significativa ‘Frasier’, ‘spin-off’ que superó con once temporadas a su predecesora y prolongó el éxito de Kelsey Grammer a lo largo de dos décadas interpretando a este relamido ‘snob’. A su rebufo, entraría dos años después la Dra. Lilith Sternin con el rostro de otro talento mágico como el de Bebe Neuwirth. Todo fueron aciertos de ‘casting’ y piezas en un puzzle que parecía no tener fin en su pozo de brillantez.
En la sexta temporada, Shelley Long, considerada por entonces como una de las mejores actrices de comedia que había en el país y que había encadenado una serie de aciertos cinematográficos como ‘Esta casa es una ruina’, de Richard Benjamin, estaba demasiado involucrada en el crecimiento de su personaje y llegaba al set con toneladas de notas respecto a lo que debía suceder con Diana e incluso retocaba diálogos a su antojo con la certidumbre de que estaba mejorando lo escrito. Esto no sentaba muy bien ni a los guionistas ni al resto de sus compañeros. Su actitud de diva intransigente provocó un cisma en el plató de ‘Cheers’ y el 16 de diciembre de 1986 abandonó la serie por diferencias creativas.
Lo que parecía una tragedia o una debacle en las perspectivas argumentales, sería a posteriori un cambio de rumbo que incluso benefició el global. Por entonces, la química entre Danson y Long suponía que cualquier episodio podía ser salvado por una gran escena entre Diana y Sam. Su tira y afloja suponía el corpus básico de cada guión. Aquella composición derivada del más clásico ‘screwball comedy’ se iba al garete. Los Charles contaron en muchas ocasiones cómo la relación de sus dos máximos exponentes provenía de un cariz autobiográfico, ya que las personalidades de ambos estaban basadas en sus propios padres.
“Nuestra madre era intelectual, una lectora voraz que siempre intentaba mejorar su mente a través del conocimiento y los libros. A nuestro padre le gustaba pasar el rato en el bar bebiendo cerveza y era muy fan de los deportes. Creo que nunca leyó un libro”.
(Larry Charles).
Pero todo había llegado a su fin. Abordar un problema de tal calibre fue un golpe de efecto en el devenir del programa. La co-productora ejecutiva Cheri Eichen cuenta cómo buscaron una salida digna llegando a un acuerdo con la actriz, que se fue de la serie con un nostálgico adiós a Sam, a los chicos y al bar. Sam no le confesó su amor, ni le dijo “Te quiero”. “Que tengas una buena vida”, fueron sus palabras. En el fondo, la contención de aquellas líneas reflejaba algo más que una simple frase de diálogo. Era el final de una era. Y las incógnitas se abrieron ante el posible fracaso de la siguiente temporada. Chambers prometió volver. Sin embargo, idearon una estrategia en las tramas que, por supuesto, operó con una contundencia suntuosa.
Sam perdía el bar y el negocio pasaría a estar regentado por Rebecca Howe, una dura empresaria configurada como una villana sexy de mirada felina a la que todo el mundo deseaba eludir y arruinar. Se pensó en Sharon Stone, Kim Cattrall o Marg Helgenberger (que coincidiría con Danson posteriormente en ‘C.S.I’). Finalmente, entró en juego Kirstie Alley, a la cual moldearon con un carácter agresivo e impasible hasta reformular su índole hacia una patética buscafortunas neurótica con un grado de idiotez que se sumaba a la fiesta cómica. Todo parecía marchar sobre ruedas. Y esto resultó la tónica general en sus once temporadas. Si por algo ‘Cheers’ despunta por encima de comparativas modernas es por la solidez de sus propuestas, sin bajar la guardia o caer en convencionalismos o requerimientos del gran público. Fiel a sí misma, la serie también contó con otros elementos dentro del enjambre de virtuoso talento que robustecían su fondo cómico.
Se hicieron habituales Dan Hedaya como el machista marido de Carla, Nick Tortelli, acompañado por una despampanante rubia Barbie a la que dio vida Jean Kasem (ambos protagonizarían ‘The Tortellis’, un ‘spin-off’ iniciado simultáneamente que fue cancelado con sólo trece capítulos emitidos). Jay Thomas era conocido especialmente por dar vida durante casi diez años a Jerry Gold en la serie ‘Murphy Brown’ y en ‘Cheers’ se convirtió en Eddie LeBec, el príncipe azul de Carla personificando a un portero profesional de la NHL que fichaba por los Boston Bruins. Thomas fue despedido del programa cuando, en el programa radiofónico Power 106 respondió a la pregunta ¿cómo es trabajar en ‘Cheers’? diciendo “Es atroz. Tengo que besar a Rhea Perlman” y eliminaron su personaje con cierta sátira.
Harry Gittes (Harry Anderson), era un invitado frecuente dando vida a un simpático estafador que birlaba pasta de los asiduos del bar. Su carisma fue tal que, a raíz de sus apariciones, la NBC creó una serie a medida del cómico: la legendaria ‘Juzgado de Guardia’. Joel Polis fue Gary, la pesadilla de los chicos del bar, el propietario del pub rival de ‘Cheers’ y con el que tuvieron los encontronazos más antológicos de la serie. Roger Rees, que había ganado un Tony teatral, dio vida a Robin Colcor, multimillonario por el que el que Rebeca bebía los vientos e intereses particulares. Frances Sternhagen fue la castradora madre de Cliff, Esther Clavin. Y Keene Curtis interpretó a John Allen Hill, el nuevo y aristocrático propietario del restaurante Melville’s sobre el que estaba edificado el bar y que vive un estrambótico romance con Carla.
La parroquia que rodeaba a Norm, Cliff y Frasier simbolizaban como aquéllos, de una u otra forma, una condición de bienquistos ‘losers’ que siempre revoloteaban alrededor de las escenas con ingeniosos diálogos o servían como recursos cómicos excelentemente utilizados; así Paul Wilson era Paul Krapence, un gordo con gafas que recibía el maltrato de todos y que lo único que quería era formar parte de las chanzas y actividades del grupo. Thomas Babson como Tom, interpretaba a un abogado que llevaba años intentando terminar sus estudios. Tim Cunningham era Tim. Alan Koss encajaba muy bien como cómplice de las bromas y Peter Schreiner era Pete.
De todos estos ‘barlflies’ (apelativo anglosajón como se conoce a los asiduos de bar), destacaban los dos viejos cascarrabias aprovechados como ‘runing gags’ intermitentes y con gran comicidad dentro de ‘Cheers’. Al Rosen y el padre de Rhea Perlman, Phil, contribuyeron con su desenvoltura ese pequeño aspecto imperceptible de costumbre invisible al ocupar un taburete en segundo plano.
La lista de cameos y apariciones estelares es inmensa: desde políticos muy reconocidos de aquel entonces, como el alcalde de Boston Raymond L. Flynn, Michael Dukakis, Thomas P. “Tip” O’Neill, John Kerry o Gary Hart hasta rostros populares antes y después de pasar por ‘Cheers’ como Doc Severinson, Corey Feldman, Allyce Beasley (la señorita Topisto de ‘Luz de luna’ como la hija del Entrenador), George «Spanky» McFarland, John Cleese, Dick Cavett, Michael Richards (Cosmo Kramer en ‘Seinfeld’), Alex Trebek, Nancy Marchand (madre de Frasier y de Tony Soprano en ‘Los Soprano’), Phillip Baker Hall, la explosiva Angela Aames, Donna McKechnie, Christopher Lloyd (Emmet Brown en ‘Regreso al futuro’), Dana Delany, Markie Post, George Gaynes, Tom Berenger, Robert Englud, Ellis Rabb, Kate Mulgrew, Tom Skerrit, Emma Thompson, Jennifer Tilly, Leah Remeni, Marcia Cross, Derek McGrath haciendo de homicida fanático de Chambers, Brent Spiner (Data en ‘Star Trek’), Robert Urich (de moda con la serie ubicada en Boston ‘Spencer. Detective privado’)… y primeras figuras del deporte estadounidense como el ala-pívot de los Boston Celtics Kevin McHale o el mítico jugador de los Red Sox Wade Boggs, conocido en la historia de la MLB por ser unas las figuras más supersticiosas de la historia de las grandes ligas.
Un fenómeno histórico y atemporal.
Estamos acostumbrados a esa continua reverencia de cierta ligereza a productos de carácter legendario dentro de la historia televisiva estadounidense que, a pesar de su profunda influencia e importancia tradicional en los cánones de las ‘sitcom’, hoy en día tal vez no aguanten una taxidermia preeminente más allá del atributo “de culto”, tan dado a estos shows. Bien sea porque la época lo ha convertido con el paso del tiempo en perecedero o por el anacronismo de su humor, muchos mitos catódicos no sostienen muy bien un análisis bajo una perspectiva moderna. Con ‘Cheers’ se relativizan lo estereotipos debido, en gran parte, a que escapa a estas etiquetas. Pasó de la indiferencia a la loa colectiva en una franja tan compleja como fue, es y será el ‘prime time’.
Antes de los tiempos de la pre-ironía, de los nuevos repertorios de comicidad o el post-humor, la creación de Burrows y los Charles supone un auténtico paradigma de atemporalidad, que fundamentó su éxito en un espectacular acierto de ‘casting’ y un sustento argumental establecido en un puñado de referencias a la cultura pop del momento que no han pasado de moda. Todo lo contrario. En la actualidad, cualquier serie de comedia, sin importar su formato, recurre a las fuentes de ‘Cheers’ como recurso evocador. Cualquier nueva creación de éxito, está en deuda con este modelo de comedia.
No había ‘riffs’ deconstructivos, ni piruetas de guión y cada episodio presentaba arcos de gente dialogando, riéndose de sí mismos y del prójimo, sutilizando el ‘running gag’ hasta devolver al espectador una magia humorística sin precedentes. Su sincronización era impecable y transfería una sed constante de humor alimentada por brillantes escritores. De ahí, que la gran virtud de la serie fuera la consistencia de unos guiones rematados como obras de orfebrería donde cada pieza encajaba con elegancia y perfección. Los intercambios de diálogos estaban tan cuidados que el espectador terminaba riéndose de ambos personajes en una interlocución simultánea, cuando se producía una pugna verbal, buscando la acumulación antes que el golpe de efecto.
Aquel recurrente ‘workplace as melting pot’ hizo de ‘Cheers’ un milagro a reverenciar. «Era algo más grande que una comedia de situación», manifestaba el primer escritor y productor de los primeros compases, Sam Simon, quien más tarde ayudaría a desarrollar ‘Los Simpsons’, otra serie irremplazable en los fastos televisivos. Los temas, muy personales y subjetivos, llegaban a todo tipo de público, generando situaciones imprevistas en un juego de espejos que no temía un chiste de bajo alcance si con ello hacía avanzar la trama y el personaje.
El espíritu de diversión era llevado al límite generando unas ganas de vivir y de beber cerveza junto a aquella entrañable caterva de clientes a modo de reconocible familia. El núcleo de la longeva estabilidad y perdurabilidad fue, sin duda alguna, que ningún personaje evolucionó hacia otro tipo de personalidad. No había moralinas, ni giros románticos que entorpecieran el desarrollo de sus tramas. Sam perdió su bar y lo recuperó. Norm perdió su trabajo de contable, se hizo pintor y volvió a ser un contable en paro. Cliff se enfrentó a su madre dominante y pese a lograr cierta independencia, no dejó de ser un panoli del que reírse. Frasier experimentaría un intenso matrimonio, paternidad y finalmente abandono sin dejar de ser un resabido ‘snob’.
Cuando estaban a punto de empezar la pre-producción de la decimosegunda temporada, Ted Danson decidió renunciar a la serie por motivos personales. Su carrera cinematográfica entraba en una nueva dimensión y su vida privada saltó a la prensa amarillista debido a su divorcio a causa de su sonado romance con Whoopy Goldberg. Todo ello contribuyó a que el actor tomara la decisión de dejar el personaje de Sam Malone. Dentro de la serie, Burrows y los Cheers lo tomaron con filosofía y hubo murmullos ante la posición escapista de Danson. Se consideró continuar una última temporada con Woody como gerente del bar, pero la plenitud del ‘cast’ llegó al acuerdo de cerrar más de una década de vida conjunta a través de la serie. Sin Danson, nadie quería continuar.
El 20 de mayo de 1993, alrededor de 80 millones de personas vieron el último episodio de la serie, que cerró sus puertas con una expectación inusitada. Como colofón del episodio doble y modo de baile final, Shelley Long accedió a poner la guinda al pastel con una reaparición histórica. Diana volvía a ‘Cheers’ y Sam estaba dispuesto a dejar todo por ella. Sin embargo, a punto de huir juntos del mundo, ambos se dan cuenta de que sus vidas deben seguir diferentes caminos. Bajo la oscuridad de las luces apagadas del bar, Sam termina conversando con cada uno de los personajes que dieron vida y sentido al global argumental de la ‘sitcom’ mientras fuman un puro, haciendo ver que, más allá de los problemas y conflictos personales, la amistad cobra un sentido primordial en sus vidas dentro del local como una isla paradisiaca en el que olvidarse de sus problemas diarios y ser felices ajenos a todos.
Cuando el teléfono suena, les devuelve a la realidad individual y deciden volver a su cotidianidad, dejando a Sam a solas. Fue como si los actores estuvieran hablando entre sí de aquéllos once años compartiendo un escenario que hoy en día sigue formando parte de nuestras vidas. Después de una conversación con Norm sobre el amor y sus diversas percepciones, Sam se da cuenta de que la gran pasión de su vida es el bar donde todos confluyen existencialmente y del que todo el mundo ya conocía su nombre.
“Soy el hijo de puta con más suerte del mundo”.
(Sam Malone).
Después de aquello, el bar echó el cierre para siempre. Y el público, sobrecogido, sintió esa despedida como lo que fue: el fin de una era. Un momento único y real dentro de la Historia de la Televisión. Jamás vimos a Vera, la enigmática mujer de Norm, pero sí oímos su voz. Curiosamente, se trataba de Bernadette Birkett, la esposa en la vida real de George Wendt. A lo largo de 275 episodios, ‘Cheers’ amasó 28 premios Emmy de 117 nominaciones. Actualmente, cualquier guionista de comedia debe tener (si no lo tiene) el mito de ‘Cheers’ como uno de los referentes de cabecera gracias a genios del guión como David Lloyd (‘The Mary Tyler Moore Show’ y padre de Christopher, el creador de ‘Modern Family’), Jerry Belson, David Angell, Peter Casey y David Lee (que más tarde crearían ‘Frasier’), Heide Perlman, Dan Staley y tantos otros que crearon la vida dentro del bar. Una serie que robó el corazón de millones de espectadores con una idea que explicó a la perfección Lester Freamon en ‘The Wire’:
“La vida es la mierda que sucede mientras esperamos momentos que nunca llegan”.
Los exteriores del bar continúan en el 84 de Beacon Hill, frente al Public Garden, en pleno corazón de Boston. En aquélla década se llamaba el Bull & Finch Pub, propiedad de Tom Kershaw, que antes de ser suyo se llamaba The Hampshire House y que llegó a un acuerdo para poder comercializar camisetas y ‘souvernis’ con el logo de la serie a cambio de la utilización de los planos recurso de su local en la serie. Hoy en día, ha tomado prestado el nombre de la serie y es un lugar de peregrinación espiritual para los fans, siendo uno de los sitios más visitados de la ciudad por encima del mítico Bunker Hill y Faneuil Hall bostoniano.
‘Cheers’ nunca aceptó que los problemas del día a día fueran únicamente mundanos. Y los llevó un paso más allá. Bajo los primeros acordes de ‘Where Everybody Knows Your Name’, el eterno tema compuesto por Gary Portnoy y Judy Hart Angelo, se dejaban a un lado los malos presagios con 23 minutos de liturgia y sortilegio. La canción, que apenas era conocida tras su primera temporada, pasó no sólo a ser un himno conocido en la cultura popular y catódica, sino que actualmente es uno de los emblemas musicales más reconocidos de la sociedad norteamericana. Aquellos créditos de apertura prometían y brindaban algunos de los mejores instantes de la semana, de los días que se fueron. La melancólica puntuación del clarinete que cerraba cada episodio dejaban un trámite semanal de espera hasta la siguiente invitación a ese bar donde, entre risas y cerveza, fluía un trasfondo de añoranza que se convirtió no sólo en el estándar de oro de la comedia de los años 80 y 90, sino también en la serie cómica que cambió la televisión para siempre.
¡Salud!

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