Kansas City Chiefs vencieron a San Francisco 49ers en la prórroga de la LVIII Super Bowl, la segunda de la historia del evento. Patrick Mahomes logró su tercer anillo y pasa al Olimpo de las grandes figuras.
Durante décadas la NFL esquivó Las Vegas, como si de una tentación se tratara. La ciudad del pecado, de las luces de neón y del juego, no parecía el entorno adecuado para una liga que cuida al detalle su imagen internacional. Roger Goodell, comisionado de la NFL en 2012, señaló el juego como la amenaza número uno para la integridad del deporte del ovoide. Pero como todo en este mundo, se deja corromper por el dinero. La coartada duró hasta 2017, cuando la liga aprobó por 31 votos a 1 —solo se opuso el dueño de los Miami Dolphins— el traslado de los Raiders desde Oakland a Las Vegas. Y eso fue lo que terminó por favorecer, un año después, que el Tribunal Supremo abriera la puerta a que cualquier estado legalizara las apuestas deportivas.
Siete años más tarde, con el cotarro legalizado en treinta y ocho estados, Puerto Rico y el Distrito de Columbia, la propia final de la liga aterrizaba en la ciudad de los casinos y los matrimonios exprés. Ayer, 11 de febrero de 2024, la ciudad del pecado acogió por primera vez en la Historia su primera final, con Reba McEntire cantando el himno bajo el techo del Allegiant Stadium ante 61.629 espectadores. Es el aforo más reducido de una Super Bowl disputada sin restricciones sanitarias de por medio, aunque nadie hubiera dicho que faltaba ambiente, y una reedición exacta de la Super Bowl LIV: Kansas City contra San Francisco, que ya se habían enfrentado cuatro años antes en Miami. En aquella ocasión la ganaron los Chiefs, remontando en el último cuarto. Y no es un dato baladí: conviene retener el dato, porque la historia iba a repetirse. Eso sí, con matices.
Kansas City llegaba con el peor balance de toda la era Mahomes, un 11-6 que alimentó el otoño entero con la especulación de un posible declive de la franquicia. El símbolo de esa crisis tuvo nombre propio: Kadarius Toney, el receptor en quien se había depositado la esperanza de encontrar por fin un número uno. En la semana 14, contra los Bills, le anularon el touchdown de la victoria por alinearse un instante adelantado, un error absurdo y carísimo que resumía de un plumazo el estado de un ataque irreconocible respecto al de las temporadas anteriores. Aquella pifia le costó cara: Kansas no se lo pensó dos veces y lo cortó en los recortes finales de la pretemporada, el 27 de agosto, a las puertas ya de la temporada regular. Toda esa fragilidad ofensiva quedó al descubierto, semana tras semana, por la defensa de Steve Spagnuolo, mientras el resto del equipo buscaba una identidad que no terminaba de aparecer.
En enero los Chiefs respondieron por la vía más dura posible. Doblegaron a los Dolphins 26-7 en una de las noches más gélidas que se recuerdan en Arrowhead, viajaron a Buffalo y superaron a los Bills 27-24 con Kelce anotando dos touchdowns. Con aquella gesta cerraron el billete a Las Vegas ganando 17-10 a los Ravens, los primeros playoffs lejos de casa de toda la era Mahomes. San Francisco 49ers, en cambio, firmó un 12-5 con el mejor cartel de la Nacional y llegó salvando los muebles dos veces en enero, cada vez de una manera distinta: una, contra los Packers, remontando un 21-14 en contra con el touchdown decisivo de McCaffrey a 1:07 del final, 24-21; otra, contra los Lions, en la final de conferencia, protagonizando algo más parecido a una resurrección real que a una simple remontada —iba abajo 24-7 al descanso, sin apenas señales de vida en su propia defensa, y para sorpresa de todos anotó 27 puntos seguidos en la segunda mitad para ganar 34-31—. Épico.
Puede parecer baladí, pero, de fondo, flotaba la subtrama más rentable del año en esta LVIII Super Bowl. Algo ajeno al fútbol americano —o no—, pero inseparable ya de él y que se ha convertido en otra arista de la fenomenología de la NFL. Nada menos que la cantante Taylor Swift. Recién aterrizada de sus conciertos en Tokio, voló desde Asia con su avión privado para ver el partido desde un palco VIP junto a Blake Lively e Ice Spice, pendiente de su amadísimo Travis Kelce ante la audiencia más multitudinaria de la historia del deporte. La cifra final le dio la razón a quien apostó por ella como reclamo: 123,7 millones de espectadores en directo solo en Estados Unidos. Se había producido, sea como fuere, la retransmisión televisiva más vista de la historia del país, por delante incluso de la llegada del hombre a la Luna en 1969, con una audiencia total acumulada de 202,4 millones de personas. Ríete tú de las audiencias de cualquier país.
El primer cuarto murió sin puntos. Ambas franquicias salieron a rendir un homenaje involuntario al espíritu defensivo. En el segundo, por fin, despertaron los 49ers. Jake Moody conectó un field goal de 55 yardas —en ese momento, el más largo en la historia del evento— y poco después llegó la jugada de más sortilegio de la noche: Brock Purdy lanzó hacia atrás para Jauan Jennings, que a su vez cedió el balón lateralmente a Christian McCaffrey para un touchdown de 21 yardas. El 10-0 olía a sorpresa mayúscula. Harrison Butker recortó distancias antes del descanso y el marcador llegó al intermedio 10-3, con Kansas City atascada en ataque y Usher calentando entre bambalinas para el espectáculo que seguiría al pitido.
La segunda mitad fue una guerra de artillería con réplica incluida. Butker respondió al récord de Moody con un field goal de 57 yardas en el tercer cuarto. Tan solo unos minutos después había establecido un nuevo récord histórico de la Super Bowl, superando por dos yardas la marca que San Francisco acababa de lograr. Y, para celebrarlo, un pase de touchdown de Mahomes puso a los Chiefs por delante por primera vez en todo el partido. Los de Kyle Shanahan contragolpearon en el último periodo con un touchdown cuyo punto extra jamás subió al marcador. Algo que puede parecer un detalle menor, pero que acabaría costando una prórroga entera. Un nuevo acierto de Moody a falta de poco más de un minuto y medio ponía en el marcador un 19-16 y el anillo, de repente, otra vez a la vista de San Francisco. Pero en esos momentos es donde aparecen los jugadores legendarios. Y Mahomes activó el modo apisonadora que lo define frente a cualquier otro quarterback de su generación: Kelce bajó una recepción de 22 yardas en la serie límite, y Butker, desde 29 yardas y con solo tres segundos en el reloj, empató a 19. Prórroga. Por segunda vez en la historia del evento. La primera fue la remontada de Brady contra Atlanta en la Super Bowl LI de 2017.
El nuevo formato de tiempo extra de playoffs, que garantiza una posesión para cada equipo antes de declarar sudden death (muerte súbita), iba a decidirlo todo. Y no faltó la polémica que acompañó al partido durante toda la semana siguiente. Fred Warner, linebacker de los 49ers, ganó el sorteo de la prórroga y eligió recibir el balón primero, cediendo a los Chiefs la ventaja estratégica de jugar en segundo lugar, sabiendo exactamente qué necesitaba hacer. Shanahan defendió después su decisión con una frase que sonaba más a fe que a cálculo medido: «Si los dos equipos empataban y anotaban, queríamos ser nosotros los que tuviéramos la oportunidad de ganar». La comunidad analítica de la liga, para ser justos con Shanahan, no lo tuvo tan claro como pareció después del resultado. Una encuesta entre analistas de varios equipos arrojó un empate casi perfecto, con una parte defendiendo recibir primero y otra defendiendo recibir segundo. No fue un error evidente. Tan solo una apuesta del 50% que salió rana, agravada por un problema añadido: varios jugadores de los 49ers reconocieron después no conocer del todo bien las nuevas reglas de la prórroga de playoffs, estrenadas esa misma temporada. Tan mal sentó la crítica en el vestuario de San Francisco que Shanahan pidió a su propio cuerpo técnico, ya con el trofeo perdido y la temporada cerrada, que repasara con los jugadores el reglamento exacto de cara al año siguiente. Una lección aprendida a la fuerza. Pero, claro, demasiado tarde para servir de algo.
La remontada de Kansas City y la segunda prórroga de la historia
San Francisco abrió su turno con un field goal de Moody, 22-19, tres puntos que dejaban la puerta entornada. Pero de nuevo los Chiefs la derribaron sin contemplaciones: 75 yardas en nueve jugadas. Un avance preciso administrado por Mahomes con pases cortos y dos escapadas suyas con las piernas, rematado con un envío de tres yardas a Mecole Hardman Jr. que cerró el marcador en 25-22. Casi cuatro horas y media de partido en total terminaron con una firma de guionista: la jugada ganadora era una evolución de «Corn Dog», la misma con la que Toney había firmado el touchdown del empate un año antes en la LVII, rebautizada esta vez por el propio Andy Reid, en clave de guasa, como «Tom and Jerry», un nombre que le venía como anillo al dedo a un partido resuelto a base de zarpazos alternos entre dos ataques que no dejaron de perseguirse en el marcador hasta bien entrada la madrugada del Este.
La lectura posterior situó a San Francisco como el claro dominador que había dejado escapar la Super Bowl por mala suerte —media verdad cómoda que los números desmienten solo a medias—: los 49ers retuvieron más tiempo el balón, 38:31 por 36:26, y llegaron cerca en yardas totales, 382 por las 455 de Kansas City. Pero convirtieron solo 3 de sus 12 terceros downs mientras los Chiefs sacaban adelante 9 de 19, y ese único dato explica por qué el reloj jugó a favor de San Francisco durante casi todo el partido sin que jamás llegara a sentenciarlo. Purdy compitió con una madurez impropia de un jugador de tercer año. Y McCaffrey fue una amenaza constante por tierra y por aire: conviene decirlo con la misma claridad con que se dice lo otro. El problema de San Francisco: por segunda vez en cinco temporadas, los de Shanahan guardaron una ventaja de Super Bowl contra estos mismos Chiefs en un bolsillo roto. En la LIV se les escapó un 20-10 en el último cuarto. En Las Vegas, un 10-0 en la primera mitad y dos ventajas más ya entrado el tramo final. Dos finales, dos ventajas sólidas, mismo patrón. ¿Resultado? Cero anillos.
Enfrente estaba, otra vez, Mahomes. No fue determinante durante tres cuartos, incluso llegó a mostrar alguna carencia en algunos tramos del segundo, pero se volvió el revulsivo que necesitaba su equipo exactamente cuando el partido se puso feo. A eso se le llama oficio, lo que se le pide a un quarterback de élite. Su hoja de la noche (34/46, 333 yardas, dos touchdowns, una intercepción, 66 yardas más por carrera, un passer rating de 99,3) esconde un dato mayúsculo: 399 de las 455 yardas totales de su equipo salieron de sus manos o de sus botas. Tercer MVP de Super Bowl de su carrera, empatado con Joe Montana en el segundo puesto histórico, solo por detrás de las cinco estatuillas de Tom Brady. Con 28 años recién cumplidos, Mahomes igualó el ritmo con el que el propio Brady había llegado a sus tres primeros anillos, y superó por un año al Troy Aikman que consiguió el suyo a los 29 con los Cowboys a mediados de los noventa. Solo Brady, Montana y Mahomes han ganado tres o más veces el MVP de una Super Bowl en toda la historia de la liga. El resto de la conversación sobre quién es el mejor quarterback de la historia puede esperar. Lo que no admite discusión es que esa lista de elegidos debe mencionar siempre a esta superestrella consolidada.
Brock Purdy, al otro lado del campo, cerró con 23/38 para 255 yardas y un touchdown, sin intercepciones: una noche de gestión primorosa, sin el error que la narrativa previa —la de «el quarterback más barato de la liga no puede ganarle esto a Mahomes», alimentada por su condición de «Mr. Irrelevant», la última elección absoluta del draft de 2022— llevaba meses esperando que cometiera. No lo cometió. Perdió igualmente, pero eso ya es harina de otro costal, el de un ataque entero incapaz de convertir terceros downs cuando más falta hacía. Travis Kelce necesitó toda la segunda mitad para justificar su leyenda particular: llegó al descanso con una sola recepción de una yarda, la línea de estadísticas de un suplente cualquiera, y terminó la noche con nueve capturas para 93 yardas, más que cualquier jugador sobre el campo, casi todas ellas concentradas en el tramo decisivo del partido, cuando Mahomes ya no confiaba en nadie más para sostener una serie ofensiva completa. McCaffrey firmó la actuación más completa de cualquiera de los dos bandos —22 acarreos para 80 yardas por tierra, ocho recepciones sobre ocho objetivos para otras 80 yardas y un touchdown, 160 yardas totales y 30 toques de balón— con una única mancha real: perdió el balón en su cuarto toque de la noche, en la primera serie ofensiva del partido, un fumble que pudo costarle carísimo a San Francisco antes incluso de que el marcador se hubiera movido. Kansas City no lo aprovechó esa vez. Pero el aviso quedó ahí, para cuando el partido se pusiera de verdad incómodo en el último cuarto.
Harrison Butker, casi un personaje secundario convertido en columna vertebral del marcador final, terminó firmando una de las noches más productivas que ha tenido nunca un pateador en una final. Sus cuatro field goals —incluido el récord histórico de 57 yardas y el que forzó la prórroga desde 29— igualaron la marca de más goles de campo en una sola Super Bowl, que llevaba intacta desde que Ray Wersching hiciera lo mismo en 1982. Con esos cuatro más los anteriores de su carrera, Butker acumuló nueve field goals en sus cuatro apariciones en la gran noche, más que cualquier otro pateador de la historia. Y con los trece puntos de esa noche —más de la mitad de los veinticinco de los Chiefs— llegó a treinta y siete puntos acumulados en Super Bowls, otro récord, esta vez para un pateador, y el segundo más alto en términos absolutos entre todos los jugadores que han pasado por la Super Bowl, solo por detrás de los cuarenta y ocho de Jerry Rice.
Tampoco Reid llegó impoluto a la coronación. En el tercer cuarto gastó un tiempo muerto para preparar una carrera de Isiah Pacheco en tercero y uno que acabó en nada, en un momento en que ese mismo tiempo muerto le hubiera permitido revisar una posible mala colocación del balón en una recepción de Kelce que sí podía haberle regalado un primer down gratis. Fue el tipo de decisión que solo se comenta cuando el resultado final no la disculpa por completo, y que la victoria, como suele hacer, terminó enterrando bajo el resto de titulares. Nadie lo recordó demasiado el lunes siguiente. Ganar posee esa virtud injusta: borra los pequeños errores del entrenador que gana y magnifica los del que pierde.
El viejo zorro Andy Reid, con 65 años y una carrera entera construida a base de finales perdidas antes de llegar a Kansas City, sumó su tercer título en cinco temporadas y el segundo consecutivo, algo que ningún campeón repetía desde los Patriots de 2003 y 2004. La palabra dinastía ha dejado de ser discutible para empezar a resultar, para el resto de la liga, sencillamente incómoda: la pregunta en el vestuario de Kansas City ya no era si este equipo pertenecía a la historia, sino si podía lograr algo que nadie había conseguido nunca en la era del salary cap: tres títulos consecutivos. Ahí es nada. Desde que la liga instauró el tope salarial en 1994, precisamente para evitar que un solo equipo acaparara el talento de manera indefinida, solo los New England Patriots de la todopoderosa dupla Brady y Belichick habían repetido título en años consecutivos, y ni siquiera ellos consiguieron encadenar tres. Ya veremos qué sucede de aquí al futuro.
Halftime Show: La sencillez de Usher brilla con luz propia
Un año después del embarazo escenográfico de Rihanna, el halftime show volvió al formato clásico: una carrera entera comprimida en trece minutos, sin más artificio que el propio repertorio ni más anuncio que el estilo musical de la estrella de turno. Nada de reveladores personales colándose en mitad de un tema, nada de plataformas suspendidas a quince metros de altura, ni elefantes, ni megalomanía. Usher decidió que su discografía bastaba por sí sola, y construyó el espectáculo entero sobre esa apuesta. Usher condensó tres décadas de R&B con oficio de crooner y patines de espectáculo de Las Vegas. Abrió con My Way, encadenó Caught Up y U Don’t Have to Call —con guiños incrustados a Superstar— y Love in This Club, y sentó a Alicia Keys al piano para If I Ain’t Got You y el dúo de My Boo, el tema conjunto que ambos habían ganado un Grammy dieciocho años antes. Jermaine Dupri introdujo Confessions Part II, ardió Burn, H.E.R. rasgó la guitarra en U Got It Bad, y el tramo final fue una fiesta por pura acumulación: OMG con will.i.am mientras Usher se deslizaba literalmente sobre ruedas por el escenario, Turn Down for What con Lil Jon, y el cierre coral de Yeah! junto a Lil Jon y Ludacris. Sobre el césped, la banda universitaria Sonic Boom of the South, de la Universidad Estatal de Jackson, puso metales y percusión en directo, guiño explícito al Mes de la Historia Afroamericana.
Hubo hasta polémica de posproducción, la más incómoda de todas las posibles para un espectáculo en directo: a Alicia Keys se le quebró la voz en la primera nota de su balada, delante de decenas de millones de espectadores, y la NFL sustituyó después el audio del vídeo oficial subido a YouTube por una toma limpia procedente de los ensayos. Maquillaje digital que no pasó inadvertido para nadie que hubiera visto la emisión en directo. La crítica se partió en dos casi de manera perfecta: The Guardian le concedió cuatro estrellas sobre cinco y lo definió como «frenético y atrevido»; Deadline lo despachó como una actuación «muy de hace veinte años y plana». El público, como suele ocurrir cuando la crítica se pelea consigo misma, zanjó el debate a su manera: 129,3 millones de espectadores en directo solo en Estados Unidos, el tercer halftime show más visto de la historia del evento.
La otra Super Bowl: lo más destacado en el catálogo comercial
La cadena CBS cobró entre 6,5 y 7 millones de dólares por cada bloque de treinta segundos de publicidad, la tarifa más cara jamás pagada hasta entonces por ese formato exacto de televisión. El Ad Meter de USA Today, con 59 anuncios puntuados por el público, coronó a State Farm y su Like a Good Neighbaaa: Arnold Schwarzenegger protagonizando una supuesta película de la aseguradora, incapaz de pronunciar el eslogan de la marca con su marcado acento austriaco hasta que Danny DeVito acude al rescate en el último segundo. De los más redondos de la noche, humor de estrella dispuesta a reírse abiertamente de sí misma. La plata fue para Dunkin’ y sus DunKings, con Ben Affleck reclutando a Jennifer López, Matt Damon y Tom Brady para formar una boy band de bochorno calculado —el anuncio del que más se habló en redes sociales al día siguiente—.
El resto del podio quedó para Kia y su Perfect 10, con el nuevo eléctrico EV9 sonando sobre una colaboración de Cat Power y Coldplay, y para Uber Eats y su Worth Remembering, con David y Victoria Beckham, Jennifer Aniston, David Schwimmer, Jelly Roll y el propio Usher jugando con la idea de qué cosas no deberían comerse, aunque técnicamente se pudieran. También la propia NFL tuvo su espacio de protagonismo comercial con Born to Play, emitido justo después del halftime show, con un niño ghanés cruzando un viaje casi onírico hasta encontrarse con estrellas reales de la liga como Saquon Barkley y Justin Jefferson. Posiblemente, el anuncio más efectivo de toda la noche por delante de cualquier otro.
Verizon jugó su baza con el fichaje más caro posible para un solo rostro: Beyoncé, protagonista absoluta de su spot, aprovechado para avanzar el segundo capítulo de su trilogía Renaissance. CeraVe, por su parte, resolvió con humor la coincidencia fonética que llevaba meses circulando por internet: un anuncio entero dedicado a dejar claro que detrás de la marca hay dermatólogos, no el actor Michael Cera, por mucho que el apellido invitara al chiste fácil. El resto del bloque publicitario se completó con una letanía de marcas de consumo masivo compitiendo entre sí por el mismo target adolescente y familiar —Oreo, Pringles, Mountain Dew, Doritos, M&M’s—, cada una a la caza del mismo segundo y medio de atención dispersa entre jugada y jugada, en una tanda que, en conjunto, fue de más músculo económico que de ingenio creativo, fiada casi entera al desfile interminable de celebridades por pantalla. Siete millones de dólares por medio minuto compran muchas cosas. Comprar una idea nueva, esa noche, ha resultado ser la más cara de todas las Super Bowls.
Donde no hubo queja alguna fue en los tráileres de cine, acumulando hasta doce títulos mayores compitiendo por la misma franja de treinta segundos. Wicked presentó por primera vez juntas a Ariana Grande y Cynthia Erivo antes de su estreno de noviembre. IF mostró a Ryan Reynolds con la dirección de John Krasinski en una fábula sobre amigos imaginarios abandonados. Twisters, Monkey Man, Kingdom of the Planet of the Apes, las dos cuartas entregas de las franquicias de Gru —Mi villano favorito 4 y Kung Fu Panda 4—, El especialista con Ryan Gosling y Emily Blunt, y Del Revés 2, con Riley entrando de lleno en la adolescencia, acompañaron a Un lugar tranquilo: Día 1 y al biopic Bob Marley: One Love. Pero, como viene siendo habitual, el golpe sobre la mesa lo dio Marvel y el spot de Deadpool & Wolverine, con Ryan Reynolds y un Hugh Jackman de regreso a las garras de adamantium después de años fuera del papel. Y se convirtió en el tráiler del que todo el mundo hablaba a la mañana siguiente, muy por encima de cualquier anuncio de cerveza o refresco.
Queda, de esta Super Bowl, una imagen doble y algo incómoda para la propia liga. La ciudad que Goodell mantuvo a distancia durante años por miedo a mancharse con el juego terminó acogiendo, apenas siete temporadas después de tragarse sus propias palabras, la final más larga de la historia del evento —solo la segunda vez que una Super Bowl necesitaba prórroga, después de la que ganó Brady en 2017—. La pureza que tanto se invocó en su día resultó, como casi siempre, negociable en cuanto el neón trajo suficiente dinero. Y a pesar de que los 49ers dominaron el balón y buena parte de las estadísticas, volvieron a San Francisco sin nada que enseñar, atrapados otra vez por el mismo rival en el mismo instante del reloj en que ya les había arrancado la ilusión cuatro años antes. El mismo equipo, el mismo rival, un patrón muy parecido: Kansas City se lleva el anillo, el MVP, el título de dinastía que ya nadie discute, y la pregunta que ahora toca responder: ¿puede alguien, en esta liga diseñada expresamente para que nadie repita, ganar tres veces seguidas?


























