Los Seahawks derrotaron a los Patriots por 29-13 en el Levi’s Stadium y sumaron el segundo título de su historia, doce años después del primero. Kenneth Walker III, primer running back MVP en veintiocho años, y una defensa de época sentenciaron la LX Super Bowl.
El 1 de febrero de 2015, a una yarda del título, Russell Wilson lanzó desde la línea de gol, Malcolm Butler se quedó con el balón y los Patriots levantaron la Super Bowl XLIX. En Seattle todavía se discute la jugada. Ayer, once años después, los mismos Seahawks y los mismos Patriots volvieron a cruzarse en una Super Bowl. En esta ocasión en el Levi’s Stadium de Santa Clara, ante 70.823 espectadores, con 19 grados y el cielo despejado. La temporada había definido a un claro favorito y el guion lo confirmó porque esta vez, al contrario de aquella, devolvía el cruce con los papeles cambiados: dos intercepciones consecutivas en el último cuarto decidieron el partido, y cayeron del lado de unos Seahawks que, por otra parte, casi no les dieron opciones a los de New England.
Antes del saque hubo repaso a la liturgia del pre-evento. Charlie Puth cantó el himno con el clásico de las sesiones del smooth jazz más trasnochado, Kenny G al saxofón. Brandi Carlile entonó America the Beautiful, Coco Jones Lift Every Voice and Sing y Green Day encabezó el homenaje a los MVP de todas las ediciones con un popurrí de American Idiot, con un claro mensaje de fondo a Donald Trump y seguidores del MAGA. Joe Montana, Peyton Manning y Lynn Swann, capitanes honoríficos, lanzaron una moneda que era réplica de la medalla Libertas Americana, una de las piezas numismáticas más importantes de la historia de los Estados Unidos para elegir campo. Entonces, sobre el estadio californiano cruzaron el cielo dos B-1B, dos F-15C, dos F/A-18E y dos F-35C. Puro espectáculo a la altura de esta noche multitudinaria. Tras eso, el ovoide tardó menos de tres minutos en demostrar cómo iba a transitar la velada deportiva: ocho jugadas, 51 yardas y un field goal de 33 de Jason Myers para el 3-0.
Se enfrentaban cara a cara dos proyectos renovados. Los nuevos Patriots de la era posterior a Brady regresaban a la final de la mano de Mike Vrabel, tres anillos como jugador con esta misma franquicia y contratado en enero de 2025 para sustituir a Jerod Mayo, despedido tras una única temporada de 4-13. Y como niño bonito, el nuevo ídolo de los Pats, Drake Maye, el quarterback de segundo año elegido para reconstruir el imperio. Seattle, por su parte, había apostado por Mike Macdonald, un técnico de 38 años criado en la escuela defensiva de Baltimore, y por Sam Darnold, el eterno descartado: número tres del draft de 2018 con los Jets, después Panthers, 49ers y Vikings, hasta aterrizar en Seattle como su quinta casa. Ningún quarterback había ganado nunca una Super Bowl habiendo jugado en cinco equipos distintos. El partido enfrentaba, en el fondo, dos maneras de renacer.
Ambos habían firmado, curiosamente, el mismo 14-3 en temporada regular. Los Seahawks, con la mejor marca de su historia y su primer título de la NFC Oeste desde 2020, se saltaron la primera ronda como número uno de la conferencia, arrollaron a los 49ers por 41-6 —Rashid Shaheed devolvió el saque inicial para anotar y Walker sumó tres touchdowns de carrera— y despacharon a los Rams por 31-27 en su primera final de conferencia desde 2014. Los Patriots, que un año antes se habían quedado en ese 4-13, llegaron como segundo cabeza de serie de la AFC y con un 8-0 a domicilio en la temporada regular, y derrotaron a los Chargers por 16-3, a los Texans por 28-16 bajo la nieve de Foxborough y a los Broncos por 10-7 en Denver, con Bo Nix en la enfermería y Jarrett Stidham bajo el centro. Maye, con el dorsal 10 heredado del fallido proyecto erigido sobre Mac Jones, con 23 años y 162 días, aspiraba a ser el quarterback más joven en ganar una Super Bowl.
Los tres primeros cuartos fueron como un metrónomo. Myers añadió un field goal de 39 yardas en el segundo cuarto y otro de 41 con once segundos para el descanso. Hubo tiempo para un tercero de 41 en el tercer periodo. Se llegó al último acto con un 12-0 con el que se retrataba un dominio que, sin ser aplastante, había definido el signo de esta LX Super Bowl. Walker había abierto el camino con carreras de 30 y 29 yardas en la primera parte; el cornerback Christian Gonzalez tapó en el segundo cuarto un pase profundo de Darnold a Rashid Shaheed con un salto espectacular. Mientras tanto, la defensa de Seattle, bautizada esta temporada como la Dark Side, había desconectado el ataque terrestre rival, que firmaría sólo 79 yardas. Darnold completó la mitad justa de sus envíos, 19/38 para 202 yardas, y Seattle convirtió solo 4/16 terceros downs. Con esos números únicamente se gana un anillo si se cumple una condición: no regalar absolutamente nada. Y los Seahawks se ciñeron de forma férrea a ese patrón.
La Dark Side apaga las luces en el último cuarto
A finales del tercer periodo, Derick Hall le arrancó el balón a Maye con un strip-sack y Seattle lo recuperó en la yarda 37 de New England. Del regalo salió el único pase de touchdown de Darnold, 16 yardas para AJ Barner, y el 19-0 con 13:24 por jugar. New England respondió con su mejor jugada de la noche, la que iluminó el rostro de sus seguidores proporcionando un halo de esperanza: 35 yardas de Maye para Mack Hollins, que bajó el balón en la izquierda. 19-7 con 12:27 en el reloj. Hubo cinco minutos en los que la remontada pareció algo tangible, pero había algo en el ambiente que lo negaba. Entonces emergió la Dark Side en su versión definitiva: Julian Love interceptó un pase largo y mal medido de Maye cerca del centro del campo y lo devolvió 35 yardas, de donde nació el field goal de 26 de Myers. Era el quinto de la noche, otro récord de la Super Bowl.
En la siguiente posesión de los Patriots, tras un blitz de Devon Witherspoon, Uchenna Nwosu interceptó a Maye y recorrió 45 yardas hasta la zona de anotación. Y casi todo finiquitado, 29-7 con 4:27 por jugar. Remontada imposible. Rhamondre Stevenson recibió un pase de siete yardas a 2:21 del final para el 29-13, y el intento de conversión de dos puntos se perdió con un envío incompleto hacia Hunter Henry. Aun así, todavía hubo tiempo para que Walker corriera 49 yardas hasta la zona de anotación y para que un agarrón del centro Jalen Sundell se llevara por delante el touchdown. Seattle despejó y los Patriots no volvieron a anotar.
Las yardas totales proclamaron un empate técnico, 335 por 331. Un dato estadístico que no refleja la distancia de calidad que hubo entre ambas franquicias, porque el partido se decidió en las columnas fundamentales del juego: 141 yardas por tierra contra 79, tres pérdidas de balón de New England por ninguna de Seattle, seis capturas por una y 33:11 de posesión contra 26:49. Los Patriots pasaron la noche como el sargento Romerales de Farmacia de Guardia, empujando una puerta que se abría hacia dentro. Cuanto más insistían por el aire ante una secundaria que esperaba exactamente eso, más se alejaba la posibilidad de la remontada.
Y, como era lógico y sin reproche alguno, Maye pagó la novatada completa en su primera final con unos números que no estuvieron a la altura de un aspirante al MVP del año: 27/43 para 295 yardas, dos touchdowns, dos intercepciones y nada menos que seis sacks. La línea ofensiva tampoco le compró el tiempo que su talento pedía. Se fue con un dato acumulativo, ya que New England Patriots pasa a ser el equipo con más finales disputadas, doce. Eso sí, también el equipo finalista con más derrotas, seis.
El MVP recayó en el hombre de la noche: Kenneth Walker III. Verdadero baluarte de la gloria de Seattle. Fue el martillo pilón de los Seahawks, acarreo tras acarreo al mismo costado, pierna viva tras el contacto, cuatro y cinco yardas cada vez hasta ablandar a un rival que defendía cuesta arriba. Su hoja final es impoluta con 135 yardas en 27 acarreos (cinco de media), más dos recepciones para 26 yardas. Su actuación le convirtió en el primer running back nombrado MVP de una Super Bowl desde Terrell Davis, veintiocho años atrás. Le anularon, de paso, el touchdown de 49 yardas que habría redondeado la noche. Jaxon Smith-Njigba, líder de la liga en yardas de recepción en temporada regular, firmó cuatro recepciones para 27 yardas y sumó igualmente su nombre a la corta lista de los que ganan la Super Bowl el mismo año que lideran esa estadística. Seattle ganó sin necesitar a su estrella, que es lo que hacen los equipos completos. En la liga del pase infinito, el trofeo se lo llevó un corredor. El fútbol americano, como casi siempre, es imprevisible y, a ratos, irónico.
Seattle celebró su segundo Vince Lombardi, doce años después de aquel 43-8 a Denver Broncos, y Macdonald, con 38 años, se convirtió en el tercer entrenador más joven en ganar el título. Los Seahawks terminaron la final sin una sola pérdida de balón. Vrabel encajó la derrota más extraña posible, contra la franquicia con la que ganó tres anillos jugando en la parrilla. Su proyecto, con un quarterback de 23 años destinado a grandes gestas, lanzó para más yardas que el campeón, pero no fue, ni mucho menos, suficiente. La final la vieron 125,6 millones de espectadores de media en Estados Unidos, con un pico de 137,8 millones en el segundo cuarto, el más alto de la historia de la Super Bowl, aunque la media quedó por debajo de la del año anterior.
Halftime Show: Bad Bunny, de Vega Baja al Olimpo de la Super Bowl
Puede que fuera el evento más esperado dentro del gran evento. Una semana antes, Bad Bunny había ganado el Grammy al mejor álbum del año con Debí Tirar Más Fotos, el primer disco en español que lo consigue. Donald Trump había calificado de «absolutamente ridícula» la elección del cabeza de cartel, a la vez que Kristi Noem había anunciado que habría agentes de ICE en la Super Bowl. No sólo eso, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, había propuesto a Lee Greenwood en su lugar. Pero lo que viene a decir que la estupidez yanqui no tiene límites es que se había montado, mediante Turning Point USA, un espectáculo alternativo paralelo con Kid Rock a la cabeza para quien prefiriese su Super Bowl en inglés. Hay que ser cretinos y cínicos. Pese a todo, Roger Goodell defendió al artista como «uno de los grandes artistas del mundo» y no se movió ni una coma del cartel. La respuesta de la audiencia fue contundente: 128,2 millones de espectadores y la sensación de haber asistido a uno de los intermedios más apoteósicos de la historia de la NFL.
La primera imagen fue un campo de caña de azúcar en mitad del Levi’s Stadium. No hace falta forzar la metáfora. La caña fue el motor económico de Puerto Rico durante el siglo XIX y buena parte del XX. La plantación es el símbolo de una herencia colonial y esclavista, y quien la cortaba en escena vestía de blanco y sombrero de paja, el uniforme del jíbaro, el campesino que el imaginario puertorriqueño usa como emblema de dignidad y de pobreza a la vez. Se presentó con su nombre originario: Benito Antonio Martínez Ocasio. La NFL prohíbe vehículos o sistemas motorizados sobre el césped, así que el decorado se movió a pulso por unos 380 intérpretes disfrazados de hierba y de planta sobre el escenario portátil de una viñeta a otra, mientras más de trescientos bailarines pisaban el resto.
Bad Bunny arrancó con Tití Me Preguntó y siguió con Yo Perreo Sola y Safaera rodeado de escenas boricuas; ancianos jugando al dominó, un joyero atendiendo su vitrina, puestos de coco y de tacos, un camión de Los Ángeles, Villa’s Tacos, y un carrito de piraguas cuyos frascos de sirope llevaban cada uno una bandera distinta, la de Colombia, la de España, la de México, la de Puerto Rico. Son los países de las mujeres que desfilan por la letra de la canción. La geografía latinoamericana servida como un surtido de sabores. Después subió a la célebre casita, réplica de una vivienda real de Humacao típica y heredera de la que montó en su residencia en la isla. Allí arriba entonó el himno Gasolina, de Daddy Yankee. El estadio entendió el gesto, un homenaje a los que abrieron el camino hecho a golpe de teja.
La casita funcionó como el pari de marquesina, la fiesta de patio de toda la vida. Y en ella bailaron Cardi B, Karol G, Young Miko, Jessica Alba, Pedro Pascal, Alix Earle, el empresario David Grutman, el pelotero Ronald Acuña Jr. y los boxeadores Xander Zayas y Emiliano Vargas. Todas las celebrities cumplieron la función simbólica de ser los invitados a casa del isleño, no al revés. Las sillas de plástico blancas y el platanero a su espalda, la postal entera, remitían a la portada de Debí Tirar Más Fotos, y la repetición no era casual, ya que el disco ganador del Grammy funcionó de metáfora y guion del espectáculo.
Con Voy a Llevarte Pa’ PR y Eoo el ritmo siguió en aumento. Y, para los que aluden a la falta de calidad musical, con Mónaco llegó la orquesta, dirigida por Giancarlo Guerrero. Allí, ante los ojos de los espectadores del estadio y de medio mundo, se ofició una boda real. La de una pareja que había invitado a Bad Bunny, dándole un regalo impagable: casarse en la Super Bowl. Encima, firmó el certificado como testigo legal. Llegó el momento imprevisto en el que una Lady Gaga con aires latinos apareció en el escenario con un vestido azul cielo de aire flamenco y una flor de maga, la flor nacional de Puerto Rico, y cantó Die with a Smile en versión salsa, con Los Sobrinos y un arreglo de Big Jay. La combinación tiene su aquel. En el escaparate más caro de la televisión estadounidense, el acto más subversivo de la noche fue un matrimonio civil y una canción de amor en un ritmo que la diáspora puertorriqueña terminó de cocer en Nueva York. Estaba siendo un show monumental.
Baile Inolvidable dio paso a Nuevayol, y el decorado se desplazó a Brooklyn. En una esquina del barrio apareció Toñita, María Antonia Cay, de 85 años, dueña del Caribbean Social Club, uno de los últimos clubes sociales puertorriqueños de la ciudad, y le sirvió una copa al artista; la canción que sonaba la cita por su nombre. Cantó Ricky Martin Lo Que Le Pasó a Hawaii, integrando el castellano, a muchos kilómetros del Livin’ la Vida Loca que conquistó el país en 1999. El título, dijeron, era una advertencia, la de una isla convertida en estado de la Unión y, después, en parque temático de sí misma. Y, por si fuera poco, el mensajero tenía doble filo, ya que Martin es el primer hombre abiertamente gay en pisar este escenario. Trump debía estar gonsándolo muy fuerte.
Detrás de él, los jíbaros trepaban a los postes de la luz, y los postes estallaban en chispas. Era la entrada de El Apagón, la canción de 2022 que habla del huracán María y de los cortes de electricidad que todavía hoy han dejado sin luz a la isla. El decorado, que hasta entonces había sido pura fiesta, enseñó la factura. En Café con Ron, con Los Pleneros de la Cresta, pusieron el pulso de la calle encima del desastre. Bad Bunny ondeó una bandera puertorriqueña con el triángulo de azul claro, el azul clarito de la enseña original, el color que el independentismo reclama frente al azul marino oficial. Iba de crema de pies a cabeza, de Zara, con corbata, guantes del mismo tono, zapatillas de Adidas que codiseñó y un Audemars Piguet en la muñeca, que la humildad también tiene sus límites; llevaba su apellido, Ocasio, y un 64 en la camiseta. El número tiene dos lecturas. La suya: es el año de nacimiento de su tío Cutito, el hermano de su madre, el aficionado de los 49ers que le enseñó todo lo que sabe de la NFL, y el escenario era, por casualidad o por intención, la casa de los 49ers. La otra, que circuló desde el primer minuto: sesenta y cuatro fueron las muertes que el Gobierno de la isla admitió tras el huracán María, antes de que un estudio de la Universidad George Washington las elevase a 2.975. Increíble tanta precisión en un espectáculo de este calibre.
El artista le entregó una réplica de Grammy a un niño de cinco años, Lincoln Fox, que veía en una tele de casa el discurso de aquel premio. Otro símbolo; el artista regalando a su yo pequeño la prueba de que había valido la pena creer en sí mismo. Salió con el ovoide enumerando los países que conforman un continente diverso, América; los latinoamericanos, pero también Estados Unidos, Canadá y Puerto Rico entre ellos, mientras los bailarines desplegaban sus banderas: América, recordó sin decirlo, es un continente. Levantó un balón con un mensaje escrito, «Together, we are America», lo estampó contra el césped, remató con «mi patria, Puerto Rico, seguimos aquí». Y, mientras una pantalla mostraba su frase de los Grammy, «lo único más poderoso que el odio es el amor», salió caminando al ritmo de DtMF con güiros y panderetas detrás. Posiblemente, la producción del halftime show más impresionante y mejor ejecutada que se haya visto. Un feroz acto de resistencia contestataria y rebelde. Debió serlo, porque Donald Trump escribió en Truth Social que había sido «absolutamente terrible, uno de los peores, jamás». Eso, pese a que la Casa Blanca había adelantado que el presidente prefería a Kid Rock y no iba a verlo.
El espectáculo alternativo de Turning Point USA lo vieron 6,1 millones de espectadores. Bad Bunny congregó delante de la pantalla a 128,2 millones de personas sólo en Estados Unidos. El cuarto descanso más visto de la historia, por detrás de Kendrick Lamar (133,5), en 2025, Michael Jackson (133,4), en 1993 y Usher (129,3), en 2024; 4,8 millones en Telemundo, su mayor audiencia con fútbol americano; 4.000 millones de visualizaciones en redes en 24 horas, el 55% fuera de Estados Unidos. Las reproducciones de Bad Bunny subieron un 470% en Spotify en Estados Unidos y un 210% en el mundo, ocupó los seis primeros puestos de la lista diaria, DtMF llegó al número uno de la Hot 100, su primer número uno en solitario, y Duolingo registró un 35% más de estudiantes de español. Tal vez la parte negativa y crítica principal fue la saturación visual que obligaba al espectador, tanto en directo como el televisivo, a intentar fijarse en cada detalle y las cámaras de televisión no lograron capturar todo con el foco necesario. Aun así, pocos descansos habían dejado tanto escrito en tan poco césped. Algo histórico.
La otra Super Bowl: lo más destacado en el catálogo comercial
El medio minuto de publicidad costaba ya en torno a los diez millones de dólares, tras los siete de hace dos años y los ocho del anterior. Una burrada. Y la inteligencia artificial puso el fondo a casi todo el catálogo. Anunciaron OpenAI y Anthropic, que debutó con un spot burlón contra los anuncios dentro de ChatGPT. También Amazon tuvo su hueco, como viene siendo habitual en las interrupciones del juego. Svedka estrenó el primer anuncio íntegramente generado con IA dentro de una Super Bowl.
Sin embargo, lo que se quedó en la memoria colectiva vino de bastante más lejos: un caballo, un agricultor, una canción de hace más de cincuenta años. El caballo era el Clydesdale de Budweiser, que cumplía 150 años y que en American Icons crece junto a un águila calva al son de Free Bird, de Lynyrd Skynyrd. Estados Unidos cumple 250 y estos dos animales son con los que más se identifica el país en esta efeméride. Todo muy de barras y estrellas. Lay’s se sumó a los estereotipos nacionales con un agricultor que fue, a juicio de muchos, el más emotivo. En Last Harvest un hombre ya mayor le transmite a su hija su jubilación, y ella lo convence para que afronten juntos una última cosecha: siembras, cuidados y bolsas de patatas compartidas en el campo a lo largo de los años, con una versión suave de Somewhere Only We Know, de Keane, por debajo.
Entre un extremo y otro cabía la ternura de las grandes tecnológicas. En New Home, Google deja que una madre prepare a su hijo para una mudanza con ayuda de Gemini, que le enseña fotos de la casa nueva y le muestra cómo cabrán su cama, sus juguetes y la cama del perro, mientras suena Feels Like Home, de Randy Newman. Pokémon, que cumple 30 años, le preguntaba a los famosos cuál era su favorito; Lady Gaga, Trevor Noah, Jisoo, Charles Leclerc o Lamine Yamal fueron algunos de los que respondieron. Xfinity, por su parte, jugó la baza de la nostalgia al recuperar digitalmente rejuvenecidos a Laura Dern, Sam Neill y Jeff Goldblum, los tres protagonistas de Parque Jurásico.
El que más se discutió al día siguiente fue el de Ring Search Party, con sólo treinta segundos. Unos perros perdidos vuelven con sus dueños gracias a una función que revisa con inteligencia artificial las cámaras exteriores de los vecinos que han dado permiso. Muchos espectadores vieron ternura; otros, una red de vigilancia vecinal. El senador Ed Markey escribió a Andy Jassy para criticar el anuncio y pidió que se cancelara su integración prevista con Flock Safety. La modernidad nos pasa por encima a un ritmo vertiginoso.
Si algo tienen estos pequeños descansos publicitarios, son dosis de comedia. Dunkin’, un clásico en este apartado, puso a Ben Affleck a reimaginar El indomable Will Hunting como una sitcom de los 90 dentro de una tienda de Cambridge, Massachusetts, y por allí fueron pasando Jason Alexander, de Seinfeld; Jennifer Aniston y Matt LeBlanc, de Friends; Jaleel White, de Cosas de casa; Alfonso Ribeiro, de El príncipe de Bel-Air; Ted Danson, de Cheers; Jasmine Guy y Tom Brady. Un chute de nostalgia de una televisión que ya no existe. Amazon colocó a Chris Hemsworth receloso de Alexa+, porque es inteligencia artificial de arriba abajo, frente a una Elsa Pataky que la usa con total naturalidad. Bud Light puso a correr cuesta abajo detrás de un barril de cerveza a Post Malone, Peyton Manning y Shane Gillis, como si fuera el típico Cooper’s Hill Cheese-Rolling and Wake. Matthew McConaughey manifestaba, en un anuncio de Uber Eats, que el fútbol americano es una conspiración para que la gente tenga hambre, el foodball, con Bradley Cooper, Parker Posey, Addison Rae y Jerry Rice como cómplices. Ben Stiller y Benson Boone, hermanos de ficción, promocionaron para Instacart un selector que elige los plátanos según su grado de madurez.
Andy Samberg y Elle Fanning cantaron Sweet Sandwich Time para Hellmann’s, mientras State Farm parodió Livin’ on a Prayer con Jon Bon Jovi, Keegan-Michael Key, Danny McBride, Hailee Steinfeld y el grupo KATSEYE alrededor de un keytar, el teclado que se cuelga como una guitarra. Pringles se anunció con Sabrina Carpenter, Grubhub con George Clooney en una pieza dirigida por Yorgos Lanthimos, los Backstreet Boys cantaron para T-Mobile una versión reescrita de I Want It That Way y Emma Stone perdía los nervios cuando el dominio que quería ya estaba ocupado en Squarespace. Pepsi, un clásico entre lo mejor de este desfile publicitario, dedicó The Choice, dirigido por Taika Waititi, a una revancha no menos ancestral con Coca-Cola, en la que un oso polar —el símbolo de la marca rival— elige Pepsi en una prueba a ciegas. Por último, Levi’s regresó tras veinte años de ausencia con Doechii, Questlove, Shai Gilgeous-Alexander y Rosé.
Otra de las raciones de anuncios más esperadas de la noche son los tráileres cinematográficos. Steven Spielberg abrió fuego con el primer adelanto de El día de la revelación (Disclosure Day). También The Mandalorian and Grogu, de Jon Favreau, y fueron cayendo Scream 7, con Ghostface y el regreso de Neve Campbell, Minions & Monsters, el tráiler final de Proyecto Salvación, con Ryan Gosling, la secuela de The Super Mario Bros. Movie, la fantasía animada de Pixar Hoppers o el biopic Michael, sobre Michael Jackson. La guinda la puso The Adventures of Cliff Booth, el spin-off de Érase una vez… en Hollywood con Brad Pitt. Dos ausencias notables en este apartado; ni Avengers: Doomsday ni Spider-Man: Brand New Day se dejaron ver en la noche más televisiva del año. Parece ser que a la UCM no le hace falta ya promocionar ni gastarse dinero en la Super Bowl para amortizar sus superproducciones de superhéroes.





























