LIX Super Bowl

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Cartel de la Super Bowl LIX con Mahomes y Hurts frente a frente, el marcador final Chiefs 22 - Eagles 40 y los jugadores de los Eagles celebrando con el trofeo Vince Lombardi bajo una lluvia de confeti

La apisonadora de los Eagles que arruinó un histórico three-peat

Los Eagles arrasaron a los Chiefs por 40-22 en la LIX Super Bowl de Nueva Orleans y enterraron el sueño del primer tricampeonato consecutivo de la era Super Bowl. Jalen Hurts, MVP del partido, saldó la cuenta pendiente de dos años antes.

Ningún equipo ha ganado tres Super Bowls consecutivas. Ocho franquicias han logrado repetir título y, hasta que llegaron los Kansas City Chiefs, ninguna había regresado siquiera a la tercera final; para encontrar un tricampeonato en la NFL hay que remontarse a la temporada 1965-67, cuando la ganaron los Green Bay Packers y cuando el trofeo ni siquiera se llamaba Vince Lombardi. Los Chiefs de Mahomes y Reid llegaron al Caesars Superdome de Nueva Orleans siendo los primeros en asomarse a ese precipicio histórico.

Esta LIX Super Bowl volvía a una ciudad con una herida reciente. El 1 de enero, un atentado con un camión en Bourbon Street había dejado catorce víctimas mortales, sin contar al atacante, abatido por la policía, y la NFL decidió honrar la memoria de la tragedia. De este modo, el cuerpo policial, de bomberos y sanitarios sostuvieron sobre el césped del Superdome las fotografías de las víctimas. Lady Gaga cantó Hold My Hand ante los agentes en plena calle durante la previa. Jon Batiste se encargó del himno; Trombone Shorty y Lauren Daigle, de America the Beautiful; Ledisi, del himno afroamericano Lift Every Voice and Sing, con el presidente de los Estados Unidos en la tribuna. El infame Donald Trump ha sido el primer presidente en ejercicio en pisar una Super Bowl: saludó durante el himno y se sentó junto a Roger Goodell. Ante 65.719 espectadores. La noche debía dar el espectáculo para que el todos se habían congregado en el propio estadio y frente a las pantallas.

Taylor Swift, con top blanco y pantalón corto vaquero, observa el campo desde un palco del Superdome rodeada de amigos

Antes del primer saque hubo también reparto de abucheos. Taylor Swift, protagonista de la subtrama más rentable del año anterior, volvió al palco para ver a su amado Travis Kelce, apareció en el videomarcador y el Superdome la recibió con una pitada de las que se oyen en la grada alta. Demasiado exagerada y con inquina. La cámara la pilló junto a su íntima amiga, la actriz y cantante Alana Haim, preguntándole a Ice Spice qué estaba pasando y respondiendo con media sonrisa. Incluso Saquon Barkley diría después que no entendía por qué la artista recibía tanto odio. Sin embargo, la afición de Philadelphia no olvida y venía con dos años de rencor acumulado para no dejar pasar la oportunidad.

Los Chiefs habían firmado un 15-2 en temporada regular, a menudo con más oficio que brillo: once de esas victorias se decidieron por una sola anotación de diferencia, y las ganó todas. Cerró el curso con un 38-0 en Denver, con los titulares en el banquillo, y superó a los Texans por 23-14 y a los Bills por 32-29 camino de la final. Philadelphia Eagles llegaba con un 14-3 construido sobre la temporada descomunal de Saquon Barkley —2.005 yardas por tierra, el noveno jugador de la historia por encima de las 2.000, a cien de la marca de Eric Dickerson tras descansar en la última jornada por decisión de Sirianni— y una defensa transformada, tras dejar fuera a los Packers por 22-10, a Rams por 28-22 y a unos Commanders a los que fusiló 55-23 en la final de conferencia. Pero llegaba, sobre todo, con esa menciona deuda: dos años antes, en la LVII, estos mismos Eagles habían caído 38-35 contra estos mismos Chiefs en un final agónico, con un holding sobre James Bradberry señalado a falta de dos minutos que en Philadelphia todavía nadie recordar porque crea aún polémica. Jalen Hurts salió de aquella derrota con 304 yardas de pase, 70 por tierra, cuatro touchdowns, pero con las manos vacías. Y a Nueva Orleans vino a cobrarse venganza.

Y no tardó mucho en ir sirviéndola en plato frío. Hurts abrió el marcador con una carrera de una yarda a seis minutos del final del primer cuarto. Ya en el segundo, en una tercera y tres desde su propia yarda 9, Mahomes buscó a Kelce en la distancia más corta posible; el tight end salió de la línea con aire cansino, el pase cayó por delante de él y Philadelphia recuperó el balón para un field goal de 48 yardas de Jake Elliott: 10-0. Fue uno de los dos pases que Kelce dejó caer antes del descanso. Un detalle menor de los que la hoja de estadísticas no recoge hasta que se suman.

Con los Chiefs en una tercera y dieciséis desde su yarda 24, tras dos capturas seguidas, llegó la secuencia que rompió el partido: Cooper DeJean, un rookie de segunda ronda, retrocedió, saltó la ruta cruzada hacia DeAndre Hopkins, interceptó a Mahomes y devolvió 38 yardas hasta la zona prometida. Siete hombres en cobertura de los Eagles contra cuatro receptores posibles: el algoritmo del desastre. DeJean se convirtió en el segundo novato con un pick-six en una Super Bowl, treinta y nueve años después de Reggie Phillips con los Bears de 1985. Antes del descanso, el propio Mahomes puso otro regalo en bandeja: con el tackle izquierdo Joe Thuney empujado contra él mientras lanzaba, el pase hacia Marquise Brown se quedó corto y Zack Baun lo atrapó en plancha en la yarda 14 de Kansas. Dos jugadas después, Hurts conectó con A.J. Brown en un pase de touchdown de doce yardas. Al descanso se llegó con un 24-0. Con un frío dato: la ofensiva de Kansas City sumó 23 yardas totales en toda la primera mitad, 20 de ellas por aire, una de las cifras más penosas jamás vistas en el partido por el título.

Varios defensores de los Eagles placan a Patrick Mahomes durante la Super Bowl LIX

Fangio, el hombre detrás de la demolición

Toda la semana previa se había repetido el mantra de que los Chiefs siempre encuentran la manera de solventar los atascos en su juego. Una admonición que Vic Fangio pareció pasarse por el forro. El coordinador defensivo de los Eagles, fichado esa misma temporada, no envió ni un solo blitz en todo el partido. Presionó con sólo cuatro hombres de línea, mantuvo siete en cobertura para cegar las ventanas profundas y aun así acumuló dieciséis presiones y seis capturas en 42 jugadas de pase, dos y media de ellas para Josh Sweat, que sumó siete presiones en su cuenta personal. El mejor improvisador de su generación acabó la noche con seis sacks encajados, dos intercepciones y un fumble perdido en una de esas capturas. La línea ofensiva de Kansas se abría como una puerta de salón del viejo Oeste, hacia ambos lados y sin resistencia. No se puede aludir todo esto a la mala suerte, más que nada porque Fangio venía de llevar aquella defensa del puesto 26 al número 1 de la liga en yardas permitidas: 278,4 por partido, uno de los saltos más pronunciados que se recuerdan en un solo año, y en Philadelphia ya se citaba como el verdadero fichaje de la temporada. Sweat, que firmó una de las mejores noches defensivas que se recuerdan en una Super Bowl, reclamó el premio sin estar muy satisfecho con la decisión —«Debería haber sido mío. Podría haber sido mío»—, pero el reglamento no admite a los coordinadores y varias crónicas coincidieron en señalar a Fangio como el más valioso de la noche.

La segunda mitad sólo sirvió como sentencia de los Chiefs. Jake Elliott estiró el 27-0 con un field goal de 29 yardas y, a 2:47 del final del tercer cuarto, Hurts soltó desde la yarda 46 de Kansas una bomba que DeVonta Smith atrapó para el 34-0, la mayor desventaja de los Chiefs en un partido desde que Mahomes es titular. Kansas City rascó entonces su primer consuelo con la recepción de 24 yardas de Xavier Worthy, con conversión de dos puntos fallida. En el último cuarto, Elliott clavó otro de 48 yardas y, tras el strip-sack que le costó a Mahomes su tercera pérdida de balón, uno de 50 que dejó el 40-6. Con ese marcador y cinco minutos por delante, Sirianni retiró a media unidad titular para protegerla, con lo que Hurts salió aplaudido con 2:52 en el reloj y Kenny Pickett tomó el mando. Los dos touchdowns tardíos de Mahomes —siete yardas para DeAndre Hopkins y cincuenta para Worthy, ambos con conversión de dos puntos— llegaron frente a una defensa que ya tenía medio banquillo sobre el césped. Simples adornos ante la apisonadora de derribo.

Vista aérea de Patrick Mahomes presionado por los defensores de los Eagles en la bolsa de protección de los Chiefs

La hoja de Mahomes engaña si sólo se mira el final: 21/32, 257 yardas y tres pases de touchdown. Podrían ser números de una noche aceptable. Pero no engaña a nadie que se produjeran con el partido ya enterrado. En la primera mitad había promediado 2,36 yardas por intento, y con las dos intercepciones de Nueva Orleans suma ya siete en cinco Super Bowls. Hay otra cifra que retrata el partido mejor que cualquier jugada: los Chiefs cerraron con 275 yardas por las 345 de los Eagles, 12 primeros downs por 21 y apenas 23:02 de posesión por los 36:58 de Philadelphia, que corrió 45 veces para 135 yardas mientras Kansas City lo hacía en once ocasiones para 49. Mahomes fue de los pocos que no buscó coartadas ante la derrota. «Son 14 puntos que les regalé. Es difícil remontar eso en una Super Bowl», dijo. Y las cuentas le dan la razón, porque el pick-six de DeJean y el touchdown que siguió al robo de Baun suman exactamente catorce. Travis Kelce, el aliado de todas sus noches de gloria y victorias terminó con cuatro recepciones en seis envíos para 39 yardas. Los Chiefs pasaron la final persiguiendo un reloj que Philadelphia tuvo con el ovoide en las manos y controlado en todo momento.

Por supuesto, Hurts se llevó el MVP con 17/22 para 221 yardas, dos touchdowns de pase, una intercepción, 119,7 de rating —sólo cinco pases incompletos en toda la final—. Su verdadera firma fue con las piernas: 72 yardas por carrera en 11 acarreos y otro touchdown, récord histórico de yardas terrestres de un quarterback en una Super Bowl, superando su propia marca de 70 de la LVII, y su cuarto touchdown de carrera en una Super Bowl, tres en la LVII y uno en esta, lo que le iguala con John Elway en lo más alto para un mariscal de campo. Es el tercer quarterback afroamericano en ganar el premio, después de Doug Williams en 1988 y de Patrick Mahomes. Hurts, que salió de la LVII con la decepción como bandera, ahora salía agitando la del prestigio ganador, con una de las actuaciones más completas que se recuerdan en este escenario.

Saquon Barkley corre con el balón mientras un defensor de los Chiefs intenta placarlo

A su lado, la paradoja de Barkley, elegido segundo en el draft de 2018 por los Giants y llegado a los Eagles en la agencia libre de 2024 tras seis temporadas en un rival de división: la noche más gris de su temporada más grande, 57 yardas en 25 acarreos, a 2,3 por intento. Y, aun así, le alcanzó para batir el récord absoluto de yardas de carrera en una campaña sumando playoffs. Lo hizo con una carrera de dos yardas justo antes del descanso, con 2.504, por encima de las 2.476 con que Terrell Davis llevaba veintiséis años como récord en este terreno, y 2.857 yardas de scrimmage, la otra marca que cayó con él. Es también el tercer jugador que lidera la liga en yardas por tierra y gana la Super Bowl en el mismo año. Hay récords que se rompen corriendo; ese se rompió resistiendo.

Sirianni, el otro protagonista de la velada levantó su primer Lombardi y los Eagles, el segundo de su historia, siete años después del que ganó Doug Pederson contra los Patriots de Tom Brady. Reid, que dirigió a los Eagles durante catorce temporadas, había sido verdugo de su antigua casa en la LVII y fue víctima de ella en la LIX. Con Mahomes salió del Superdome con un 3-2 en finales —un 3-3 en toda su carrera como entrenador principal— y la primera pregunta seria como colofón ¿Las dinastías empiezan a anunciar su final cuando empieza a decaer la línea ofensiva? Doce meses antes habían necesitado una prórroga para ganar por tres puntos. Esta madrugada se vieron 34-0 por debajo en el marcador en el tercer cuarto. Lo vieron, de paso, más personas que nunca. Otro dato: 127,7 millones de espectadores de media en Estados Unidos, la mayor audiencia televisiva registrada en la historia del país, con un pico de 137,7 millones en el segundo cuarto, cuando el partido ya se caía del lado de Kansas City.

Kendrick Lamar, de pie en lo alto de una grada de bailarines vestidos de rojo, blanco y azul, durante el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl LIX

Halftime Show: Kendrick Lamar y la disrupción política

Un año después del R&B amable de Usher, la NFL entregó su escaparate al primer rapero en encabezar el halftime show en solitario. Kendrick Lamar lo aprovechó para convertirlo en un artefacto político. El escenario simulaba un mando de PlayStation y el artista salió de un Buick GNX de los ochenta; los bailarines, vestidos de rojo, blanco y azul, llegaron a componer una bandera estadounidense partida en dos durante HUMBLE.. Y la función terminó con las pulseras del público encendiendo un game over en la grada. Samuel L. Jackson ejerció de maestro de ceremonias caracterizado como un Tío Sam satírico que reprendía al artista por ser «demasiado ruidoso» y «demasiado gueto». El repertorio despreció la nostalgia: squabble up, HUMBLE., DNA., euphoria, man at the garden y peekaboo, una suavización con SZA en Luther y All the Stars, y la carga de profundidad: Not Like Us, el misil contra Drake, interpretado en pleno litigio del canadiense contra Universal Music, una demanda presentada en enero por la promoción de esa misma canción.

Muchos aprovecharon la actuación de Kendrick para ir a por cerveza y a hacer aguas menores. La palabra más gruesa de la letra fue censurada en la retransmisión; el estadio coreó los versos siguientes sin necesitar subtítulos, y Kendrick miró a cámara, sonriendo, durante el verso en que acusa a Drake. Serena Williams, compatriota de Compton y vieja conocida del aludido, bailó el crip walk sobre un escenario minúsculo mientras la cámara la buscaba, el mismo paso con el que había celebrado el oro olímpico de 2012 en la pista central de Wimbledon tras derrotar a Sharápova. Algo que, por otra parte, le valió entonces las críticas de columnistas que lo leyeron como una ofensa. Cerró tv off con DJ Mustard.

Samuel L. Jackson, caracterizado como Tío Sam con chistera de barras y estrellas, durante el halftime show de la Super Bowl LIX

La recepción fue un cisma. Puede que hayamos asistido a uno de los shows más controvertidos de la historia, que dejó aspectos negativos, como un audio deficiente, cero grandes éxitos, exceso de mensaje, nada de carisma… Muchos lo han señalado como una actuación valiente. Pero más allá del dato, que situó su audiencia en 133,5 millones de espectadores —el espectáculo del intermedio más visto de todos los tiempos, por encima del que fijó Michael Jackson en la Super Bowl XXVII, en 1993, y un 3% más que Usher un año antes— no dicta su calidad. Eso no quita para reconocer que la actuación abrazó el tono disruptivo, ese rollo oscuro, minimalista y teatral que escondió invectivas a Trump, banderas palestinas, y levantó la voz en protesta política, de las más provocadoras y tensas que ha presenciado la televisión estadounidense, lo cierto es que fracasó en cumplir con el propósito fundamental de este sarao tan importante en la Super Bowl: ser un show masivo de entretenimiento de alta energía. Lamar se olvidó de eso y lo convirtió en un concierto lleno de guiños para fans suyos.

Fotograma del anuncio de Mountain Dew en el que Seal aparece con cuerpo de foca cantando Kiss From a Lime

La otra LIX Super Bowl: lo más destacado en el catálogo comercial

Cada año los precios van subiendo, ya con el medio minuto de publicidad rondando los ocho millones de dólares. Fox colocó al menos diez huecos a ese precio, un millón más que el año pasado. La noche dejó dos podios distintos. El del público (Ad Meter de USA Today) fue lo de siempre, el inamovible clasicismo de Budweiser con First Delivery, el potro Clydesdale que pierde un barril de un carro y lo entrega a pie sobre Let Your Love Flow, de los Bellamy Brothers; seguida de Lay’s y su The Little Farmer, una niña empeñada en cultivar su propia patata Michelob Ultra lanzó The Ultra Hustle, donde Willem Dafoe y Catherine O’Hara humillan a deportistas de élite en una pista de pickleball. Detrás quedaron Stella Artois, con David Beckham descubriendo un hermano gemelo perdido que resulta ser Matt Damon. Como no podía ser de otra forma, la propia NFL con Somebody.

El de los analistas de Ipsos premió el ingenio divertidísimo de Little Caesars y su Whoa! de cejas voladoras de Eugene Levy, Pringles con Call of the Mustaches y sus bigotes emancipados o la propia Budweiser por el recuerdo de marca, las abuelas salvajes de WeatherTech, un Seal convertido literalmente en foca cantando Kiss From a Lime para Mountain Dew —la imagen más perturbadora y comentada del descanso—, la campaña de concienciación sobre el cáncer de mama de Novartis. Hubo tiempo para la nostalgia con el reencuentro de Billy Crystal y Meg Ryan recreando la escena del restaurante de Cuando Harry encontró a Sally para Hellmann’s y el Dream Job de Google sobre su inteligencia artificial Gemini. La inteligencia artificial tuvo, de hecho, doble presencia: OpenAI estrenó en la primera mitad su primer anuncio en una Super Bowl, The Intelligence Age, un repaso a la historia del progreso humano que desembocaba en ChatGPT. Fuera de esos rankings quedaron perlas como el spot de T-Mobile con Starlink, el de mayor impacto de la noche según la consultora EDO, y el Dunkin’ coral de los hermanos Affleck con Jeremy Strong y Bill Belichick de secundarios.

Fotograma del anuncio de Ram Trucks protagonizado por Glen Powell, que grita al volante con una melena rubia, un oso y dos niños en el asiento trasero

Lo demás fue el desfile habitual de celebrities. Ritz juntó a Aubrey Plaza, Michael Shannon y Bad Bunny en un club de personajes demasiado salados; Häagen-Dazs puso a Vin Diesel, Michelle Rodriguez y Ludacris a recorrer una carretera a paso de helado, con el eslogan al revés: Not So Fast, Not So Furious; Totino’s rescató a Tim Robinson y Sam Richardson para una parodia de E.T. con un extraterrestre que sólo quiere volver a casa con sus rollitos de pizza. Squarespace llevó a Barry Keoghan hasta una Edad Media de mensajeros a caballo que reparten páginas web. Gordon Ramsay y Pete Davidson fueron a parar al Área 51 para HexClad, Doja Cat secuestró la cámara del autoservicio de Taco Bell, Issa Rae se tomó la declaración de la renta como unas vacaciones junto a la piscina para TurboTax y Nate Bargatze justificó para DoorDash compras absurdas con la lógica del ahorro. Chris Hemsworth, Chris Pratt y Kris Jenner se comieron un plátano de museo con las gafas inteligentes de Meta, Harrison Ford escribió con Jeep un manual de aventureros y Glen Powell probó tres camionetas de Ram en una versión de Ricitos de Oro. Peyton Manning, de paso, dobló turno: pateó junto a su hermano Eli para FanDuel y asomó entre los vecinos de Post Malone y Shane Gillis en la fiesta de Bud Light.

Entre tanto exhibicionismo hubo un hilo discreto. Dove, con These Legs, de lo que la imagen corporal les hace a las niñas que quieren jugar; la NFL, con NFL Flag 50, celebraba a las chicas del flag football, y Novartis, con Wanda Sykes, hablaba de cáncer de mama con humor. Pfizer usó el boxeo como metáfora de la lucha contra el cáncer, con música de LL Cool J, y He Gets Us puso a Johnny Cash a recordar lo que es la compasión. Del lado de los relatos de futuro, el Dream Job de Google y The Intelligence Age de OpenAI convivieron con una Salesforce que le vendía a Matthew McConaughey y a Woody Harrelson una inteligencia artificial capaz de prever que iba a llover en la terraza. Tom Brady, que comentaba la final para Fox, apareció también en dos anuncios: uno de pilas con Duracell y otro con Snoop Dogg que enumeraba razones absurdas para odiar.

Y por encima de todos, un regreso inaudito, Nike compró su primer anuncio de Super Bowl en 27 años y firmó lo más comentado culturalmente de la edición. So Win, sesenta segundos en blanco y negro narrados por la rapera Doechii, desfile de deportistas de élite —Caitlin Clark, A’ja Wilson, Sha’Carri Richardson, Sabrina Ionescu, Jordan Chiles, Aryna Sabalenka— y un eslogan que da la vuelta al reproche histórico contra las mujeres en el deporte: «Whatever you do, you can’t win. So win». Sesenta y seis millones de visualizaciones en Instagram en 24 horas, el vídeo más visto de la marca en esa plataforma, y el Super Clio a la excelencia creativa. Cuando la marca del swoosh vuelve a esta mesa después de casi tres décadas, conviene mirar qué trae.

Tom Cruise, colgado sobre un paisaje boscoso mientras una mano intenta alcanzarlo, en el tráiler de Mission: Impossible – The Final Reckoning

El cine completó la velada con una tanda desigual: los Pitufos se llevaron los peores comentarios de la noche, con Rihanna al frente del reparto de voces, y desfilaron también Novocaine, con Jack Quaid, Captain America: Brave New World, que llegaba cinco días después del partido; Pecadores (Sinners), de Ryan Coogler; Thunderbolts, con la plantilla de antihéroes de Marvel; Superman, de James Gunn, que se conformó con una pieza promocional sin imágenes de la película. También Jurassic World Rebirth con Mahershala Ali y Scarlett Johansson, el remake de Lilo & Stitch, M3GAN 2.0 y la versión en imagen real de Cómo entrenar a tu dragón. Y, para finalizar, los dos platos fuertes llegaron al final del menú: Tom Cruise pidiendo confianza «una última vez» en Mission: Impossible: Sentencia final, presentada como cierre de la saga, y el tráiler mejor recibido de la noche, F1, con Brad Pitt embutido en un monoplaza de carreras y medio paddock conteniendo la respiración.

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