Paul Mescal y Frankie Corio en Aftersun (2022), de Charlotte Wells
2022
Resumen Abismal
Miguel Á. Refoyo «REFO»
Guillermo del Toro
Director 2022
Guillermo del Toro
Pinocho · El callejón de las almas perdidas

Guillermo del Toro recrea, desde hace tres décadas, una fórmula parecida en su filmografía: el monstruo como espejo, la infancia como campo de batalla, la fe católica mexicana llevada a un terreno escenográfico de tintes góticos. En 2022 ha estrenado dos películas el mismo año y, aunque en apariencia pueden parecer irreconciliables, son correlativas a su filmografía. El callejón de las almas perdidas adapta la novela de 1946 de William Lindsay Gresham sin un solo elemento sobrenatural: Bradley Cooper es un timador de feria que asciende por la alta sociedad neoyorquina hasta que Cate Blanchett lo desenmascara. Una historia violenta y seca. Sin artificios. Pinocho, por su parte (estrenada en Netflix), es justo lo opuesto: el clásico de la animación trasladado al stop-motion, rodado durante años de forma artesanal. Una historia que mantiene el espíritu original con marionetas talladas a mano y la Italia fascista como telón de fondo para la fábula de Collodi.

Lo que une ambas películas no es el género sino la mano que las crea. El director de La forma del agua posee la obsesión del artesano por el objeto construido; ya sea el rostro tallado de una marioneta o el rostro reconstruido quirúrgicamente de un timador de feria. En El callejón de las almas perdidas, Del Toro filma la ambición como una maquinaria que se cierne sobre el que la ejecuta, con la fotografía de Dan Laustsen convirtiendo el neón carnavalesco en aviso. En Pinocho, la misma dirección la transforma en algo opuesto, donde la muerte —encarnada en una Esfinge alada— deja de ser tabú infantil para pasar a ser la trama central. La conclusión que se saca es que Guillermo del Toro no adapta su estilo al filme, impone su obsesión sobre cualquier encargo. Pocos cineastas contemporáneos firman en el mismo año un thriller sin monstruos y una fábula sobre la muerte narrada por marionetas, y que ambas parezcan, sin discusión, del mismo sello autoral.

Jamie Lee Curtis
Actriz 2022
Jamie Lee Curtis
Todo a la vez en todas partes · Halloween: El final

Jamie Lee Curtis es el mejor ejemplo de que en Hollywood hay carreras que la industria empieza a mirar solo cuando han transcurrido décadas de trabajo. Debutó en 1978 como Laurie Strode, la superviviente que inventó el arquetipo de la scream queen o final girl para el cine de terror moderno, de la mano del gran John Carpenter (con el que continuó en La Niebla). Y, desde entonces, ha alternado el terror —Prom Night, El tren del terror— con dramas —La fuerza de un ser menor, Acero azul, Mi chica, Eternamente joven—, comedias clásicas —Entre pillos anda el juego, Un pez llamado Wanda, Criaturas feroces— o cintas de acción como la infravalorada Mentiras arriesgadas. Siempre regresando al papel que la hizo famosa. Hace poco la vimos también en la reconfortante Puñales por la espalda. Hollywood nunca ha terminado de decidir en qué casilla ponerla, pero nuestra Jamie siempre ha estado ahí. 2022 cierra ese cuadragésimo cuarto aniversario por partida doble. De nuevo, con otra secuela de su personaje insignia, Halloween: El final, donde Curtis se despide de Laurie Strode en el mismo pueblo de Illinois donde arrancó todo. Ahora ya no necesita gritar para imponerse: el miedo de 1978 se ha convertido en cansancio, y el cansancio en una forma de paz que la actriz administra sin sentimentalismo barato. Pero el papel que le ha dado más alegrías ha sido Todo a la vez en todas partes, la película más comentada del año, dirigida por Daniel Kwan y Daniel Scheinert, donde se despoja de cualquier vanidad para interpretar a Deirdre Beaubeirdre, la auditora del fisco que amenaza con hundir el lavadero de Evelyn Wang (Michelle Yeoh). Jamie hace un juego sucio con un papel de papeleo, sudor, una permanente mal cortada y una autoridad burocrática que roza lo grotesco. Está fantástica.

Lo insólito es que, dentro de una película construida alrededor de Yeoh, Curtis se planta en pantalla con un peso específico que llega a igualar al de la protagonista: cada universo alternativo que cruza —la auditora feroz, la mujer con dedos de salchicha enamorada de Evelyn, la burócrata que se ablanda en el último tramo— es un registro distinto, con matices interpretativos diferentes, sostenido con el mismo cuerpo. La escena de los dedos de salchicha, que podría haberse quedado en un estrambótico gag visual, funciona como la secuencia más tierna de la película precisamente porque Curtis la interpreta sin ironía, como si fuera el drama más serio de su carrera. Nada en Todo a la vez en todas partes está en el top de lo mejor del año en este Abismo, pero ella sí: la actriz que sostiene la película sin ser su centro, la que cierra siendo lo mejor de la función junto al recuperado Ke Huy Quan como Waymond Wang. Este pedazo de actriz de talento versátil lleva cuatro décadas debiéndole este reconocimiento. Que llegue este año, con dos películas y ningún ademán de despedida solemne, es solo cuestión de justicia tardía.

Paul Mescal
Actor 2022
Paul Mescal
Aftersun

Paul Mescal llegó al cine desde el medio televisivo. En 2020, ganó un BAFTA (y nominación a los Emmy) por la miniserie irlandesa Normal People, en la que interpretaba a un destacado deportista que se traslada a Dublín para estudiar literatura en el Trinity College. Mescal compuso un personaje lleno de matices, de introspección, inseguro, de silencios cargados de significado, con un muchacho incapaz de decir lo que siente en el momento exacto. Charlotte Wells, en su debut como directora, no le pidió que repitiera la misma técnica: le pidió que la vaciara. Aftersun narra unas vacaciones en Turquía de un padre y una hija a través de la memoria fragmentada de la niña, ya adulta, revisando en la actualidad cintas grabadas con videocámara en los 90. Calum no es un personaje que muestra su dolor, porque lo esconde con tanta eficacia que el espectador tarda en advertir lo que le sucede de verdad. Su nominación al Oscar como mejor actor en 2023 no fue suficiente ante la promoción y el maquillaje de Brendan Fraser en La ballena, de Darren Aronofsky, pero su papel está construido desde la ausencia de gestos, lo contrario de lo que suele premiar la industria. Y eso evidencia el caso de Fraser en su regreso a las portadas de Hollywood.

La dificultad de ese papel está en el velo psicológico que el personaje oculta. Un padre tierno, que sonríe a su hija en la piscina, en el karaoke, en el mercado. Una actitud que Mescal hace funcionar en dos registros simultáneos: la paternidad afectuosa hacia dentro de la escena, pero con imperceptibles señales de alarma hacia fuera. El espectador empezará a notarlas cuando pequeños y sutiles detalles desvelen el rastro de una depresión nunca nombrada. Wells filma sus ataques de ansiedad de espaldas, a través de un balcón, entre reflejos en una televisión de tubo; Mescal responde con un cuerpo que se encoge sin aspavientos, sin la gestualidad reconocible del actor que interpreta estar sufriendo: lo hace con naturalidad. La secuencia final, el baile con su hija con «Under Pressure» de fondo, vincula el recuerdo con una despedida que la película tampoco confirma. Y funciona porque todo lo anterior ha sido comedido hasta el extremo: sin esa contención, cualquier estallido hubiera sido ruido. Esa sutileza es más difícil de componer que el desgarro, porque no hay ademán que la certifique ante la cámara. Mescal lo consigue sin red. Y por eso es, sin duda, la mejor interpretación del año.

Películas Destacadas
  • Bullet TrainDavid Leitch
  • RRRS.S. Rajamouli
  • EOJerzy Skolimowski
  • SmileParker Finn
  • París, distrito 13 (Les Olympiades)Jacques Audiard
  • Apolo 10½: Una infancia espacial (Apollo 10½: A Space Age Adventure)Richard Linklater
  • El prodigio (The Wonder)Sebastián Lelio
  • El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley)Guillermo del Toro
  • Leonor Will Never DieMartika Ramirez Escobar
  • La tragedia de Macbeth (The Tragedy of Macbeth)Joel Coen
  • Todo a la vez en todas partes (Everything Everywhere All at Once)Daniel Kwan & Daniel Scheinert
  • Ruido de fondo (White Noise)Noah Baumbach
  • Un héroe (Ghahreman)Asghar Farhadi
  • Argentina, 1985Santiago Mitre
  • XTi West
  • Black PhoneScott Derrickson
  • Doctor Strange en el multiverso de la locura (Doctor Strange in the Multiverse of Madness)Sam Raimi
  • La novelista y su película (So-seol-ga-ui Yeong-hwa)Hong Sang-soo
  • Il BucoMichelangelo Frammartino
  • Armageddon TimeJames Gray
  • Competencia oficialGastón Duprat, Mariano Cohn
  • CloseLukas Dhont
  • Tori y Lokita (Tori et Lokita)Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne
  • VortexGaspar Noé
  • DiabolikAntonio Manetti, Marco Manetti
  • La ciudad perdida (The Lost City)Aaron y Adam Nee
  • Compartimento Nº 6 (Hytti nro 6)Juho Kuosmanen
  • RedDomee Shi
  • Hit the RoadPanah Panahi
  • KimiSteven Soderbergh
  • Fuego (Avec amour et acharnement)Claire Denis
  • MenAlex Garland
  • The BatmanMatt Reeves
  • BenedictionTerence Davies
  • HellholeBartosz M. Kowalski
  • UnchartedRuben Fleischer
  • El acontecimiento (L’Événement)Audrey Diwan
  • Trece vidas (Thirteen Lives)Ron Howard
  • Trenque LauquenLaura Citarella
  • Speak No Evil (Gæsterne)Christian Tafdrup
  • Pinocho (Pinocchio)Guillermo del Toro & Mark Gustafson
  • No estarás sola (You Won’t Be Alone)Goran Stolevski
  • A Room of My OwnIoseb Bliadze
  • ElvisBaz Luhrmann
  • La emperatriz rebelde (Corsage)Marie Kreutzer
  • La peor persona del mundo (Verdens verste menneske)Joachim Trier
  • Top Gun: MaverickJoseph Kosinski
  • Fire of LoveSara Dosa
  • BrokerHirokazu Kore-eda
  • Puñales por la espalda: El misterio de Glass Onion (Glass Onion)Rian Johnson
  • El menúMark Mylod
  • El gato con botas: El último deseo (Puss in Boots: The Last Wish)Joel Crawford, Januel P. Mercado
  • El peor vecino del mundo (A Man Called Otto)Marc Forster
  • ScreamMatt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett
  • El sastre de la mafia (The Outfit)Graham Moore
  • La mujer rey (The Woman King)Gina Prince-Bythewood
  • Los tipos malos (The Bad Guys)Pierre Perifel
  • Mira cómo corren (See How They Run)Tom George
  • Al descubierto (She Said)Maria Schrader
  • Buena suerte, Leo Grande (Good Luck to You, Leo Grande)Sophie Hyde
  • El viaje a París de la señora Harris (Mrs. Harris Goes to Paris)Anthony Fabian
  • Las nadadoras (The Swimmers)Sally El Hosaini
  • Ennio, el maestro (Ennio)Giuseppe Tornatore
  • A tiempo completo (À plein temps)Eric Gravel
  • Delicioso (Délicieux)Éric Besnard
  • Ilusiones perdidas (Illusions perdues)Xavier Giannoli
  • R.M.N.Cristian Mungiu
  • Memorias de París (Revoir Paris)Alice Winocour
  • L'immensitàEmanuele Crialese
  • La última película (Chhello Show)Pan Nalin
  • Gran libertad (Große Freiheit)Sebastian Meise
  • Un pequeño mundo (Un monde)Laura Wandel
  • El gran Maurice (The Phantom of the Open)Craig Roberts
  • Los ojos de Tammy Faye (The Eyes of Tammy Faye)Michael Showalter
  • Mr. Wain (The Electrical Life of Louis Wain)Will Sharpe
  • NinjababyYngvild Sve Flikke
  • Mi mejor amigo (Okul Tirasi)Ferit Karahan
  • Colmena (Zgjoi)Blerta Basholli
  • Ambulance - Plan de huida (Ambulance)Michael Bay
Peores Películas
  • BlondeAndrew Dominik
  • MorbiusDaniel Espinosa
  • Hasta los huesos (Bones and All)Luca Guadagnino
  • El agente invisible (The Gray Man)Anthony & Joe Russo
  • Aguas profundas (Deep Water)Adrian Lyne
  • La burbuja (The Bubble)Judd Apatow
  • Ojos de fuego (Firestarter)Keith Thomas
  • Agentes 355 (The 355)Simon Kinberg
  • La matanza de Texas (Texas Chainsaw Massacre)David Blue Garcia
  • Black AdamJaume Collet-Serra
  • El método Williams (King Richard)Reinaldo Marcus Green
  • El espíritu de la Navidad (Spirited)Sean Anders, John Morris
  • El mediador (Blacklight)Mark Williams
  • El protector (The Enforcer)Richard Hughes
  • MonstrousChris Sivertson
  • After. Amor Infinito (After Ever Happy)Castille Landon
  • El engaño (Shattered)Luis Prieto
  • El buen vecino (The Good Neighbor)Stephan Rick
Decepciones
  • Nop (Nope)Jordan Peele
  • Avatar: el sentido del agua (Avatar: The Way of Water)James Cameron
  • AmsterdamDavid O. Russell
  • Jurassic World: DominionColin Trevorrow
  • BardoAlejandro González Iñárritu
  • Predator: La presa (Prey)Dan Trachtenberg
  • LightyearAngus MacLane
  • MoonfallRoland Emmerich
  • Animales fantásticos: Los secretos de Dumbledore (Fantastic Beasts: The Secrets of Dumbledore)David Yates
  • BigbugJean-Pierre Jeunet
  • Thor: Love and ThunderTaika Waititi
  • Black Panther: Wakanda ForeverRyan Coogler
  • No te preocupes, querida (Don't Worry Darling)Olivia Wilde
  • Muerte en el Nilo (Death on the Nile)Kenneth Branagh
  • Minions: El origen de Gru (Minions: The Rise of Gru)Kyle Balda, Brad Ableson, Jonathan del Val
  • Halloween: El final (Halloween Ends)David Gordon Green
  • Mundo extraño (Strange World)Don Hall, Qui Nguyen
  • Hocus Pocus 2Anne Fletcher
  • DC Liga de Supermascotas (DC League of Super-Pets)Jared Stern, Samuel J. Levine
  • Sonic 2: La película (Sonic the Hedgehog 2)Jeff Fowler
  • La chica salvaje (Where the Crawdads Sing)Olivia Newman
Futuras Cult Movies
  • La casa (The House)Emma De Swaef, Marc James Roels, Niki Lindroth von Bahr, Paloma Baeza
  • El insoportable peso de un talento descomunal (The Unbearable Weight of Massive Talent)Tom Gormican
  • Tres mil años esperándote (Three Thousand Years of Longing)George Miller
  • BarbarianZach Cregger
  • Moonage DaydreamBrett Morgen
  • Neptune FrostSaul Williams, Anisia Uzeyman
  • Flux GourmetPeter Strickland
  • InmotepJulián Génisson
  • PigMichael Sarnoski
  • Atenea (Athena)Romain Gavras
  • La huérfana: primer asesinato (Orphan: First Kill)William Brent Bell
  • La invitación (The Invitation)Jessica M. Thompson
  • Prisioneros de Ghostland (Prisoners of the Ghostland)Sion Sono
  • Mad HeidiJohannes Hartmann, Sandro Klopfstein
  • Revancha ya (Do Revenge)Jennifer Kaytin Robinson
  • Jackass ForeverJeff Tremaine
  • FallScott Mann
Cine Español
  • As bestasRodrigo Sorogoyen
  • MantícoraCarlos Vermut
  • La abuelaPaco Plaza
  • Los renglones torcidos de DiosOriol Paulo
  • MalnazidosJavier Ruiz Caldera, Alberto de Toro
  • El críticoJuan Zavala, Javier Morales
  • Camera café: La películaErnesto Sevilla
  • Cinco lobitosAlauda Ruiz de Azúa
  • La consagración de la primaveraFernando Franco
  • PacifictionAlbert Serra
  • LocomíaJorge Laplace
  • CerditaCarlota Pereda
  • En los márgenesJuan Diego Botto
  • Modelo 77Alberto Rodríguez
  • El aguaElena López Riera
  • El techo amarilloIsabel Coixet
  • SuroMikel Gurrea
  • VenusJaume Balagueró
  • 42 segundosÀlex Murrull y Dani de la Orden
  • Un año, una nocheIsaki Lacuesta e Isa Campo
  • Tenéis que venir a verlaJonás Trueba
  • La maternalPilar Palomero
  • AlcarràsCarla Simón
  • Amor de madrePaco Caballero
  • VeneciafreniaÁlex de la Iglesia
  • Código EmperadorJorge Coira
  • 11MJose Gomez
  • Unicorn WarsAlberto Vázquez
  • Tadeo Jones 3: La tabla esmeraldaEnrique Gato
  • BlaBlaCar (El cuarto pasajero)Álex de la Iglesia
  • La jefaFran Torres
  • Historias para no contarCesc Gay
  • Mañana es hoyNacho G. Velilla
  • La pasajeraRaúl Cerezo, Fernando González Gómez
  • ObjetosJorge Dorado
  • La piel del tambor (The Man from Rome)Sergio Dow
  • Voy a pasármelo bienDavid Serrano
  • El juego de las llavesVicente Villanueva
  • HollyBloodJesús Font
  • El TestDani de la Orden
  • RainbowPaco León
  • Las niñas de cristalJota Linares
  • La vida padreJoaquín Mazón
  • Girasoles silvestresJaime Rosales
  • Joaquín González (Canallas)Daniel Guzmán
  • Un novio para mi mujerLaura Mañá
  • Sintiéndolo muchoFernando León de Aranoa
  • Para entrar a vivirMarta Cabrera, Pablo Aragüés
  • FinlandiaHoracio Alcala
  • Oswald. El falsificadorKike Maíllo
  • No somos nadaJavier Corcuera
10
Sin novedad en el frente (Im Westen nichts Neues)
Edward Berger

Erich Maria Remarque publicó Sin novedad en el frente en 1929. Poco después, en 1933, los nazis la quemaron. Lewis Milestone la adaptó en Hollywood en 1930. La cinta, hoy un clásico irrefutable del cine bélico, ganó dos Oscars. Y, como era de esperar, los nazis la prohibieron en Alemania por «subversiva y antimilitarista». Noventa y dos años después, una producción alemana en alemán vuelve al mismo material. Como un acto político, Edward Berger lo sabe y no lo explicita, que es exactamente lo correcto que debía hacerse: una película que no subrayara lo que significa. Y en ese gesto reside casi toda la inteligencia y la grandeza de esta nueva versión. Paul Bäumer (Felix Kammerer) llega al frente con diecisiete años y una idealización de la guerra construida en su cabeza que proviene de aquellos cobardes que crean los conflictos bélicos y no van, pero abanderan el patriotismo y apelan al orgullo del soldado. Lo que se encuentra es barro, ratas, el olor de los muertos que llevan semanas sin enterrar y el ruido de los tanques como argumento filosófico definitivo contra cualquier noción de heroísmo. Berger rueda las secuencias de batalla a ras de suelo, con la cámara pegada al cuerpo, sin panorámicas que organicen el caos en algo legible. No hay plano general que permita entender de tácticas o de epopeyas estratégicas, porque los soldados tampoco la entienden: avanzan porque el oficial de atrás dispara si no avanzan.

El diseño sonoro de Volker Bertelmann refuerza con precisión cada bala que pasa por los lados. Como todas las batallas armamentísticas, es un sentido de sangre y derrota, más allá de la victoria. La distancia respecto al clásico de Milestone es estructural. La versión de 1930 se basaba en su intención elegíaca: la pérdida de la inocencia narrada con la sintaxis emocional del melodrama, con actores que sabían que el espectador estaba de su lado. Berger rehúsa de todo aquello para añadir otra vía narrativa paralela, la de Matthias Erzberger (Daniel Brühl), que negocia el armisticio en un vagón de tren. Y, mientras Paul lucha en el barro de un ataque ordenado once minutos antes de que el armisticio entre en vigor, el General Friedrichs exige ese ataque porque quiere terminar la guerra con una victoria. El armisticio está firmado. La paz es un hecho administrativo, pero en ese lapso, los hombres siguen muriendo por el ego del que nunca ha pisado una trinchera. Sin novedad en el frente encuentra en su conclusión el argumento antimilitarista más contundente del cine de 2022: no hay gloria, tampoco causa, porque las guerras son ridículas. Mientras un general necesita un último párrafo para que su biografía pase a la historia, un soldado muere en la tierra que pisó con una idea equivocada de lo que era el honor.

9
La hija oscura (The Lost Daughter)
Maggie Gyllenhaal

La hija oscura se inscribe en la genealogía de la alienación mediterránea, que asume cierta desaparición física y moral de La aventura, de Antonioni (1960), o en la claustrofobia doméstica de Chantal Akerman, donde los objetos cotidianos adquieren una vibración amenazante que desestabiliza la paz del sujeto. La decisión de Gyllenhaal de adaptar este texto específico de Ferrante desvela una fascinación por indagar en la zona más oscura del psiquismo femenino: la abyección del arrepentimiento materno. El filme dialoga con el legado histórico de Mary Wollstonecraft y sus advertencias sobre la desnutrición intelectual a la que el confinamiento doméstico somete a las mujeres dotadas de ambición creativa, y se apropia de la distinción sociológica de Adrienne Rich en su ensayo Nacemos de mujer (1976), donde separa la maternidad como experiencia de la maternidad como institución política. Hay algo de Anna Karenina en esa mujer que elige el deseo y carga con las consecuencias. Algo de las heroínas de Doris Lessing. Algo también de la Medea de Pasolini en la relación entre el paisaje mediterráneo y la violencia interior que no llega a estallar nunca del todo.

Gyllenhaal ralentiza la historia hasta una cadencia casi hipnótica que obliga al espectador a habitar el mismo tiempo muerto en que habita Leda, donde cada interacción ordinaria carga con un peso que los demás no perciben, porque la inacción exterior es la única manera de hacer visible la tormenta interior. La ambivalencia materna constituye un mensaje tan sugerente como complejo: no se habla de desamor o crueldad. Hay algo más oscuro y ordinario que no es otra cosa que el conflicto entre el deseo de ser madre y el deseo de ser una misma, cuando ambos no caben al mismo tiempo en la misma vida. La hija oscura se erige como una obra singular y madura; una primera película imperfecta en su escritura, pero de una honestidad formal muy valorable en su descripción de la maternidad como un territorio donde la herida nunca cicatriza del todo. Las marcas que lleva son las de su condición: demasiado material, algún personaje sin espacio para respirar, un final que no termina de resolver lo que prometió. Pero esas marcas pertenecen a alguien que carga con algo real que decir y todavía no ha encontrado exactamente cómo decirlo todo de una vez.

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8
Crímenes del futuro (Crimes of the Future)
David Cronenberg

La evolución biológica exige el sacrificio de la ética y David Cronenberg recupera un universo abandonado que permaneció como guion en un cajón durante dos décadas, como una autopsia, una especie de instrumento forense sobre su filmografía que llevaba tiempo desangrándose en silencio. Desde que la siempre infravalorada eXistenZ cerrara el ciclo de la «Nueva Carne» en 1999, con una pregunta que nadie supo responder, Cronenberg decidió dejarla sin argumento o evolución. Durante más de veinte años, el director ha habitado otros territorios donde el cuerpo importaba, pero de otra manera, menos grotesca, más herida y psicológica. Crímenes del futuro retorna a un territorio que ha cambiado; pero que llevaba esperando en las ruinas creativas con una paciencia doliente y gélida. Algo muy afín a lo más característico de su filmografía. En el futuro que propone el cineasta el dolor ha desaparecido. La anestesia es ontológica, no farmacológica. Y Cronenberg establece esa ausencia como el verdadero motor del relato. Ya no necesita la carne abierta, ahora importa que la transgresión llegue desde la normalización. El público que asiste a las performances quirúrgicas de Saul (Viggo Mortensen) y Caprice (Léa Seydoux) sostiene cámaras analógicas, como un efecto anacrónico donde el progreso digital nunca hubiera llegado a un mundo tecnificado hasta límites absurdos.

La tecnología no orgánica, en el universo de la película, parece haber quedado varada en la década de Videodrome. La idea: todo lo que no crece, se pudre. Y sólo lo que muta se prolonga. Los personajes son figuras de provocación discursiva radical, como títeres trágicos atrapados en las garras de un maestro insobornable del humor negro e incómodo. Y eso, paradójicamente, es lo que hace que esta sea la película más perturbadora que Cronenberg ha filmado, posiblemente, desde Crash. No porque recupere la estética de la Nueva (Vieja) Carne, ni porque reformule sus obsesiones clásicas, sino porque despliega el final lógico de ese proyecto filosófico con el estoicismo de un creador que ha llevado a término la tesis de que la humanidad evoluciona y metaboliza su propia basura. Es decir, la humanidad ha aprendido a ser plástica, casi artificial, sin capacidad de sentir. Crímenes del futuro, por tanto, es la confirmación de un cine estrictamente crepuscular; un filme asumido por el propio Cronenberg como el latido final de una carrera irrepetible, un último aliento estertóreo que, en ninguna circunstancia castrante del mercado actual, renunciará a los escabrosos principios que han erigido una obra excepcional. Y eso, hoy en día, ya es de levantarse a aplaudir. Largamente, de varios minutos, como hacen en ese tipo de festivales llenos de boato y vacíos de criterio.

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7
Drive My Car
Ryusuke Hamaguchi

Con una visible y reverencial influencia del cine clásico de quietud contemplativa que deriva de la visión fílmica de Yasujirō Ozu, Hamaguchi nos sumerge en un viaje iniciático de tres horas, metraje que, a priori, puede parecer demasiado extenso, pero que no es un capricho narrativo, sino una necesidad emocional. La película exige este tempo porque el luto no es lugar de apremios; el sufrimiento, para ser sublimado en arte, requiere de una penitencia lenta y dolorosa. Tanto es así, que los créditos de inicio aparecen en pantalla a los 45 minutos. Es una declaración estructural: lo que ha sucedido antes de eso viene dado por la muerte de Oto, el sexo con el actor desconocido, la hemorragia cerebral en el umbral del amanecer… Tramas que configuran un prólogo que Hamaguchi construye como un ataúd. Un espacio sellado que Yusuke Kafuku (Hidetoshi Nishijima) no podrá abrir ni abandonar durante las casi tres horas que vienen por delante. El resultado formal es una película que no comienza cuando empieza. Aquí no se pregunta si este director teatral logrará superar la muerte de su mujer, sino si el arte (específicamente el teatro, específicamente Chéjov) puede constituir un área donde el cuerpo aprenda a nombrar lo que la mente ha decidido no procesar.

El método de lectura que impone el director teatral es revelador: durante numerosas sesiones, obliga a sus actores a leer el libreto sin entonación ni emociones. Al principio, genera frustración entre los intérpretes, que desean dar vida al texto. Sin embargo, Hamaguchi nos muestra que esta repetición mecánica, la eliminación del sentimiento superficial, es necesaria para que las palabras se asienten y den fisicidad al texto. Sólo al vaciarse de los clichés emocionales, los actores pueden incorporar la voz y el cuerpo de una forma auténtica en el escenario. Drive My Car, en el fondo, es una propuesta de rehabilitación emocional a través del rigor del arte, donde la representación existencialista es doble: vivir en la realidad dolorosa de los personajes y, a la vez, sublimarlo en las tablas del teatro, creando una catarsis que trasciende la pantalla. Si el cine de Hamaguchi, desde Happy Hour (2015), ha estado caracterizado por una pasión casi literaria por la palabra hablada, en Drive My Car se produce una destilación estilística, con diálogos extensos y filosóficos. Aquí, la palabra se despoja de su afán explicativo; es menos invasiva, dejando que los silencios cobren un peso arquitectónico en las secuencias.

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6
Belfast
Kenneth Branagh

Kenneth Branagh tenía ocho años cuando la violencia del verano de 1969 llegó a su calle de Belfast: la Batalla del Bogside en Derry —donde la RUC y las B-Specials combatieron durante tres días a los vecinos del barrio nacionalista mientras el gobierno de Stormont solicitaba la intervención del ejército británico— desencadenó una oleada de disturbios que incendió barrios católicos de Falls Road y convirtió las calles de la ciudad en frontera entre comunidades. La familia Branagh se vio obligada a emigrar a Reading al año siguiente. Belfast reconstruye ese verano desde la altura exacta de un niño, Buddy (Jude Hill), y ese punto de vista es la decisión más honesta para narrar esta historia, y también su límite más evidente. Branagh crea una película muy sensorial, con el estallido de violencia protestante contra los vecinos católicos como un niño lo recordaría: ruido, cristales, un padre que llega corriendo con una tapa de cubo de basura como escudo. Lo que el niño no puede explicar es el origen político del conflicto, la maquinaria histórica que lo provoca. Y que el cineasta tampoco se molesta en explicar, porque no es necesario. Reduce los Troubles a una dicotomía de buenos vecinos y alborotadores violentos. Tal vez esa simplificación, defendible como literatura de la memoria, resta trascendencia como documento histórico. El espectador que llegue buscando comprender Irlanda del Norte sale con la misma comprensión con que entró. Sin embargo, el blanco y negro de Haris Zambarloukos es una bonita elección con argumento nostálgico: el presente de Buddy se filma sin color porque el recuerdo borra la saturación y conserva la forma.

Pero los estallidos cromáticos llegan únicamente cuando la ficción irrumpe en su vida —Chitty Chitty Bang Bang en el cine, Cuento de Navidad sobre un escenario—. El cine, dentro de la película, es el único territorio donde a Buddy se le permite sentir sin miedo. Y la mejor idea de Branagh. La cámara de gran angular y las panorámicas circulares que evitan cualquier corte arriesgado, las canciones de Van Morrison subrayando cada plano con calidez calculada: todo en Belfast está calibrado para que el público no sienta nunca el filo real o la gravedad de lo que está viendo. Es cine académico en el sentido más literal; correcto, pulido, sin una sola decisión que incomode. Y, pese a que esa misma corrección es la que lo distancia tanto del rigor seco de Alan Clarke como de la aspereza con que Ken Loach habría tratado el mismo material, la película sigue funcionando a un nivel tanto emocional como narrativo. Branagh se alía con los condicionantes de Hollywood para contar su propia memoria. Sabe convertir un trauma colectivo en una fábula familiar reconocible, con Judi Dench y Ciarán Hinds dándole una esfera dramática que el guion a veces no se gana por sí mismo, y con Caitriona Balfe sosteniendo el centro emocional real de la película, la de una madre (Ma) que no quiere irse de la única calle que conoce. Belfast funciona mejor como elegía doméstica que como crónica política, y ahí radica su mérito y su techo: es sincera sobre lo que recuerda y discreta sobre lo que prefiere no investigar. Una película cálida, muy bien construida, que evita riesgos en cada bifurcación posible para ser una película conmovedora y cercana.

5
Coda
Sian Heder

CODA llega precedida por la sombra inevitable del remake: La familia Bélier, de Éric Lartigau, había funcionado en Francia con más de siete millones de espectadores y una Louane Emera que cantaba «Je vole» con una voz capaz de partirte por la mitad. ¿Para qué rehacer algo que ya funcionó? La respuesta de Sian Heder no es superarlo punto por punto sino transformarlo hasta hacerlo irreconociblemente suyo. La diferencia capital no está en el guion —que sigue la misma arquitectura— sino en una decisión de casting que lo cambia absolutamente todo: Heder convenció a Marlee Matlin, Troy Kotsur y Daniel Durant para interpretar a la familia sorda protagonista. Ellos no aprenden la sordera para el rodaje; llevan viviendo dentro de ella toda su vida. Y eso se percibe en cada plano, en cada escena de sobremesa donde cuatro personas gesticulan a toda velocidad con los cuerpos completamente entregados a la conversación. La fotografía de Paula Huidobro y el montaje de Geraud Brisson se aseguran de que siempre haya manos en cuadro, de que el encuadre nunca traicione el ritmo del ASL. Lo que en la versión francesa era artilugio —la sordera como telón de fondo que hacía más llamativa la historia de la chica que canta— aquí se convierte en el núcleo palpitante de todo lo que orbita a su alrededor.

El mundo oyente es el exterior. El interior, el hogar, el amor, está en las manos. Ruby Rossi tiene diecisiete años y lleva toda su vida siendo el puente entre su familia y el mundo. Ha traducido contratos de pesca, ha interpretado conversaciones que no le correspondían, ha sido la voz de quienes no tienen voz. Y en ese ejercicio continuo ha perdido algo que no sabe nombrar: su propia voz. Emilia Jones —que aprendió lengua de señas americana, técnica vocal y acento de Nueva Inglaterra de forma simultánea— construye una actuación monumental en la que el esfuerzo desaparece, que es el mayor elogio posible. Heder la trabaja con la cámara pegada a los actores, en planos muy cerrados que disuelven el pudor antropológico con el que el cine suele tratar a los personajes con discapacidad. El clímax de la audición en el Berklee College of Music, con Ruby cantando «Both Sides Now» de Joni Mitchell mientras la traduce simultáneamente en lenguaje de signos para que su familia pueda descifrar el sentido de su voz, es ya un clásico instantáneo de la emoción contenida. CODA es una feel-good movie, sí. Pero es una que sabe exactamente lo que quiere ser, que no aspira a la complejidad formal ni a la ruptura con nada, y que consigue lo más difícil: contar bien una historia difícil de contar. No todo el cine de sentimientos llega ahí.

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4
El hombre del norte (The Northman)
Robert Eggers

El hombre del norte no es una película de vikingos. Es una autopsia del fanático: el hombre que elige su cadena y la llama destino. Robert Eggers y el poeta islandés Sjón tomaron la leyenda de Amleth —el Hamlet premoderno que Saxo Grammaticus recogió en la Gesta Danorum hacia 1200 d.C., sin dudas metafísicas ni soliloquios, solo rabia y deuda de sangre— y la devolvieron a su brutalidad original. La tesis es incómoda: la venganza no es un imperativo moral. Es un acto de identidad. Amleth sin la promesa es solo un hombre grande en un mundo pequeño. Con ella es el heredero de una saga que los skald narrarán durante generaciones. Eggers tiene la honestidad de no romper esa lógica por él. El rigor arqueológico funciona como segunda columna vertebral. El arqueólogo Neil Price, de la Universidad de Uppsala, asesoró un mundo donde lo sobrenatural no era excepción: los espíritus tenían voluntad, podían ser ofendidos, podían ser propiciados.

Un guerrero en trance berserker no simulaba ser un lobo —era un lobo, en la epistemología de su tiempo—. Las secuencias rituales de apertura parten de las placas de Torslundas, grabados de bronce del siglo VI. La ceremonia funeraria replica el relato de Ahmad ibn Fadlan sobre un funeral vikingo en el Volga de 922 d.C. El vestuario evita los estilos artísticos nórdicos posteriores al año 1000 porque la acción transcurre en el siglo X. Son detalles que el público no detecta y que, acumulados, hacen que la película no huela a disfraz. Huele a ropa hecha para aguantar el invierno. Cuando la reina Gudrun le revela a Amleth que nunca fue raptada, que eligió quedarse, que el cuento del hijo leal era una historia que él mismo se fabricó, la arquitectura entera de su vida adulta se quiebra. Y sigue adelante de todos modos. Podía detenerse. Elige no hacerlo. El duelo final sobre el Hekla en erupción no es épica: es cumplimiento de contrato. Eggers lo filma sin música heroica, sin cámara lenta, con la misma frialdad geológica con que el volcán registra dos cuerpos sobre su ladera. El hombre del norte es la película de 2022 que con más precisión articuló lo que significa construir una identidad sobre una promesa imposible de abandonar. Para bien o para mal.

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3
Licorice Pizza
Paul Thomas Anderson

Licorice Pizza comienza con el estereotipo de cualquier historia romántica del típico boy meets girl; corre el verano de 1973 donde se produce un encuentro entre una pareja durante una sesión fotográfica para el anuario de secundaria; una mirada cómplice, un enamoramiento espontáneo de un adolescente por una chica mayor y la invitación al restaurante Tail o’ the Cock con respuesta afirmativa ante la insistencia que vislumbra un plantón romántico. O… tal vez no. Estamos ante una historia de amor que se va fraguando con un enfoque completamente orgánico, cristalizado en un romance interiorizado que son incapaces de expresar si no es por sus actos. Dos jóvenes cuyas discrepancias no les impiden dejar de correr el uno hacia el otro y encontrarse pese a las distancias de la vida que se impongan entre ambos. Y, en el camino, aprender a respetarse, a admirarse, a domesticarse y a vivir sus propias vidas antes de plantearse una relación. Anderson ejerce con ello de reflector de una coexistencia concéntrica de una pareja destinada a amarse. Y con ello, en último término, también lo hace con el cine como forma de vida. La película insufla el optimismo propio de la juventud libre y soñadora de un mundo que ya no existe, pero sin ápice de melancolía.

Como un ideal de ficción, invirtiendo la atmósfera de una época concreta que bordea la nostalgia genérica más que ceñirse a la narración histórica rigurosa de aquel Los Ángeles de los 70, sabiendo liberarse de influencias, jugando con un vínculo más íntimo y, en definitiva, más personal que, por ejemplo, Érase una vez… en Hollywood, de Quentin Tarantino, con la que comparte una imaginación sumergida y una sinceridad en la retrospectiva histórica. Algo que no es ajeno a otros títulos de Anderson como Boogie Nights o Inherent Vice. De este modo, Licorice Pizza se desplaza por el espíritu de esas tiendas de San Fernando Valley donde se rodó Fast Times at Ridgemont High, la película de culto de Amy Heckerling, que homenajea con la tienda del título que aparece en el Ridgemont Mall, o en el corpus espiritual que recorre la referencial American Graffiti de George Lucas. Una película de corte iniciático que supera toda codificación para sobrevolar las vidas de esta pareja que descubre un amor singular e inolvidable que se va consolidando en el espacio y en el tiempo desde el realismo de un amor que se muestra como un escape de la realidad, una regresión a un estado juvenil de inocencia que oculta temporalmente las partes más desafiantes de sus personajes y, en esta película, de la sociedad misma.

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2
The Innocents (De uskyldige)
Eskil Vogt

La crónica infantil y el thriller psicológico, a través del drama sobrenatural, no es nada nuevo. Que fluya más allá de argumentos en los que el género se adentra como espacio fértil para el terror es lo extraño. Es como si al tratar personajes vulnerables como víctimas que emergen como amenaza despertaran mayor empatía del espectador. Una aproximación forense a la crueldad, The Innocents dialoga en secreto con cintas como La Profecía, de Richard Donner, o ¿Quién puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez-Serrador, que vinculó su cinta de terror con la literatura de William Golding al filmar la insularidad como un laboratorio de asfixia atmosférica donde la infancia era como un virus de contacto visual que aniquilaba sistemáticamente la autoridad adulta de forma implacable. Algo parecido a El pueblo de los Malditos, en sus versiones de Wolf Rilla o John Carpenter (o su versión televisiva británica de 2008). O como La cinta blanca, de Michael Haneke, y La mala semilla, de William March, en su hibridación genérica, que utilizaron las herramientas de la ciencia ficción para echar un vistazo a los abismos de la psiquiatría y la maldad infantil. Eskil Vogt extirpa aquí cualquier tipo de refugio natural del terror, clausurando la noche para situar la acción durante el luminoso verano nórdico, donde el sol se pone pasadas las diez de la noche y el crepúsculo se dilata indefinidamente.

Con ello, elimina un elemento cardinal del género de terror clásico: la oscuridad. The Innocents comprende que el verdadero horror no reside en la posibilidad de que los niños desarrollen habilidades destructivas, sino en la certeza clínica de que, si las tuvieran, nuestra indiferencia cotidiana les permitiría aniquilarse mutuamente mientras nosotros seguimos mirando la pantalla de nuestros teléfonos móviles, convencidos de que los gritos que provienen del parque son simplemente niños jugando a ser monstruos en la arena. En último término, no estamos ante un relato sobre niños con poderes; se trata de una elegía sobre la dolorosa adquisición de la conciencia moral. La superheroicidad no es un vuelo hacia la libertad, sino un descenso a la responsabilidad del asesinato necesario para preservar lo que queda de humanidad. La inocencia, viene a decir Vogt, es y seguirá siendo una frágil y desesperada invención de los adultos para no tener que admitir que hemos parido a nuestros propios verdugos. Como en un cuento de hadas engullido por el realismo social, confirma que el mayor horror no reside en que los niños sean capaces de abrazar la maldad en estado puro, sino en que el mundo adulto sea incapaz de verlos mientras la abrazan.

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1
Aftersun
Charlotte Wells

Charlotte Wells firma con Aftersun un debut que nace de un ejercicio de rebobinado: treinta años después de aquel verano, Sophie revisa las cintas MiniDV que grabó con once años durante unas vacaciones con su padre en un resort de la Riviera turca, y la directora escocesa entrelaza esa textura doméstica —grano digital cálido, encuadres torpes, sonido comprimido— con la fotografía en 35mm del recuerdo reconstruido, sin que el corte entre ambas marque nunca la frontera. Calum (Paul Mescal) esconde una depresión que la película jamás nombra ni subraya: la mano escayolada que nadie explica, la confesión gélida a un monitor de submarinismo («No me veo con cuarenta»), el reproche infantil de Sophie tras una promesa incumplida son la única exposición que Wells permite. La cineasta se resiste sistemáticamente a explicar a sus personajes; los deja respirar, aburrirse, ocupar el tiempo muerto de unas vacaciones como ocupa el tiempo muerto la vida real. Esa discreción casi hostil hacia un espectador acostumbrado a que se lo cuenten todo es, precisamente, el logro central de la película: convertir la ausencia de información en la forma más precisa de contar un abismo.

El verdadero armazón formal de Aftersun aparece en las escenas de discoteca estroboscópica que Wells intercala entre el material de archivo: ni recuerdo literal ni fantasía, sino el umbral psíquico donde el duelo no reconstruye, repite, sin resolución, la búsqueda inconclusa de una hija que ya no alcanza a su padre entre los destellos. Esa intermitencia —luz, oscuridad, luz— es la memoria misma envejeciendo, cada vez con menos fotogramas y más negro entre destello y destello. Mescal compone un registro de contención casi imposible, comunicando ausencia sin que la ausencia se note como truco; Frankie Corio, revelación absoluta, sostiene con la misma naturalidad los silencios y las escenas de descubrimiento adolescente, sin un solo gesto que huela a ensayo. El final —Calum perdiéndose por un pasillo de luz clínica tras la despedida en el aeropuerto, sin que la película confirme nunca su destino— traslada al espectador la misma incertidumbre irresoluble que arrastra Sophie durante toda la reconstrucción. Wells no ha filmado el verano en que perdió a su padre. Ha filmado la distancia necesaria para entenderlo, y esa distancia es, en el fondo, la única verdad que Aftersun está dispuesta a ofrecer.

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