José Luis García Sánchez, el artesano de la ironía reposada

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Retrato de un hombre mayor con gafas, barba blanca y chaqueta oscura sobre camisa roja, sentado y mirando de lado a cámara junto a una lámpara y una estantería con libros

(1941-2026)

Adiós al retratista coral de la España de fin de siglo

El cineasta salmantino, figura clave de la Transición y ganador del Oso de Oro por Las truchas, deja un legado incalculable. Su magistral alianza con Rafael Azcona parió retratos memorables de una España que aprendió a reírse de sus propias debilidades desde una brillante contención.

José Luis García Sánchez nació en 1941, en esa Salamanca de cineclubs y sobremesas donde Basilio Martín Patino era un hombre influyente y referencia en la cinematografía nacional. Patino enseñó que el cine podía ser una forma de memoria y de rebeldía sin levantar la voz, con el archivo, el collage y la ironía mirando de cara a la censura. García Sánchez formó parte de otra generación, pero adoptó esa escuela de observación a la hora de mirar España con ojo de provinciano adelantado a su tiempo. Su voz fílmica escondía, detrás del sainete y del esperpento, un gusto por el refinamiento, despojado del gesto grueso, dejando siempre que el espectador tuviera la última palabra a la hora de juzgar.

Como guionista escribió Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino (1971), Corazón solitario, de Francesc Betriu (1973), Habla, mudita, de Manuel Gutiérrez Aragón (1973), Furia española, también de Betriu (1975) y Caudillo, de Basilio Martín Patino (1977). En 1975 debutó como director de largometrajes con El love feroz o Cuando los hijos juegan al amor. Pero si hay una palabra clave dentro de la obra del salmantino es Azcona. El gran maestro Rafael Azcona, que encontró en García Sánchez a otro de esos directores capaces de filmar sus guiones con la complicidad de aquellos Ferreri, Berlanga, Saura… Con él dirigió Las truchas, que en 1978 se llevó el Oso de Oro de Berlín: una cena de directivos, una clase entera retratada con los cubiertos en la mano, funciona como radiografía política sin que nadie pronuncie la palabra política.

Fotograma de una película: un hombre moreno con bigote, chaqueta raída y pañuelo estampado mira a cámara junto a una joven de pelo rizado, ante un pajar y hojas verdes

Seguirían La corte de Faraón (1985), Divinas palabras (1987) y El vuelo de la paloma (1989), un catálogo de la España que se ríe de lo que le duele. Ana Belén se convirtió en su musa. Tanto es así que esa asociación se repitió en más ocasiones como Tirano Banderas (1993), también con Azcona como guionista. Su gran trabajo de colaboración es, sin duda, Belle Époque, de Fernando Trueba (1992), aportando un tono satírico y una aguda mirada coral galardonada con el Premio Goya al mejor guion original y uno de los cúlmenes del cine español. José Luis García Sánchez fue de los pocos directores españoles que entendieron que la hipocresía se filma de forma reposada, más cerca de Berlanga en lo aparente, pero con una voz más cruel. En su cine, los personajes hablan hasta que dejan ver sus miserias ellos mismos.

Quien repase el cine de la Transición y de los ochenta lo encontrará siempre ahí, un poco a un lado, tomando notas. Forjó la serie Jueves locos (1977), programa infantil de corte humorístico y pedagógico, enfocado en estimular el espíritu crítico en los más pequeños. Algo que se echa tanto de menos en la actualidad. Colaboró en La bola de cristal, de Lolo Rico. Títulos como La noche más larga (1991), El rey del río (1995), Tranvía a la Malvarrosa (1996) y el díptico Suspiros de España (y Portugal) (1995) y Siempre hay un camino a la derecha (1997), o María querida, estos últimos de nuevo con Azcona en la escritura, son títulos a destacar.

Foto de estudio de cuatro mujeres jóvenes con sombreros y ropa de aire años veinte, posando juntas sobre un fondo oscuro

Su relación con Salamanca y Castilla y León fue de ida y vuelta. La Filmoteca regional, esa casa donde muchos hemos crecido y en la que el cine se archiva para volver a verse, tuvo en él a un aliado natural. Y fue una más de las huellas de una generación, la de Patino y la suya, que entendió el cine como patrimonio mucho antes de que hubiera un organismo para gestionarlo. Estuvo casado con Rosa León, voz mítica de la canción de autor y de la infancia televisiva de muchos niños, y es padre de Víctor García León, que ha heredado de él el sentido cínico para la comedia amarga transportado a nuestro tiempo.

Se le recordará por lo que enseñó sin proponérselo: que la ironía es una forma de respeto y que un diálogo bien escrito dura más que una escena planificada de forma espectacular.

D.E.P.

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