La selección de Luis de la Fuente gana su segundo Mundial después del logrado en 2010 en Sudáfrica, jugando contra todo y contra todos, con un fútbol identitario apoyado en una estructura futbolística magistral. España tiene su segunda estrella dorada.
Hubo un segundo exacto en el que España entera dejó de respirar. Minuto 106 de la final del Mundial, MetLife Stadium, Nueva Jersey. Lamine Yamal abre a la derecha, Pedro Porro lanza el envío profundo, Nico Williams salta y prolonga de cabeza, con toda la intención, hacia el corazón del área para que Ferrán Torres le pegue un zambombazo. Y se congela el tiempo. Y, otra vez, un grito colectivo al unísono. Ese grito que llevaba dieciséis años esperando. Como en aquel 11 de julio de 2010. En aquella noche todo fue igual. Y distinto a la vez. Éramos más jóvenes, más ingenuos, también más acompañados. Y el alcohol y la celebración, al menos en mi caso, mucho más ingente y la celebración más exhaustiva.
Hace dieciséis años, este mismo blog, se escribió entonces que aquél era el partido entre España y Países Bajos era el más importante de nuestras vidas. La vida, a veces, guarda segundas oportunidades. Ayer se oyó el jaleo del barrio Garrido, al igual que entonces. Las banderas colgadas desde junio, terrazas con pantallas, los bares llenos de colegas para ver los partidos, las bocinas, familias llamándose por teléfono, millones de mensajes de whastapp… El 19 de julio de 2026 ya vive en el mismo cajón de los recuerdos de aquel 11 de julio. Ese tipo de acontecimientos que jamás olvidaremos cuando nos pregunten «¿dónde estaba aquel día».
La tarde se había vivido en España con una liturgia calcada a la de 2010. Ya desde por la mañana no había otro tema de conversación. Muchos supermercados acabaron con la cerveza y los hielos. La gente paseando con la misma camiseta roja, este año más prolífico que en otras citas. La roja, la blanca… personalizadas o con el nombre de un jugador de la Roja en la espalda. Quien guarde memoria de aquel 11 de julio reconocerá los nervios, las horas que precedieron a la gran final, salvo con una diferencia demográfica: muchos de los que se preparaban con amigos y familias no había nacido cuando Iniesta se quitó la camiseta para celebrar aquel gol. Para ellos, la selección española campeona del mundo era un cuento de padres, gastado en conversaciones deportivas colectivas. Era parte de la historia. Hasta ayer.
La Final podría describirse como una obra completa. España salió al césped como siempre; sabiendo a qué jugar. Si algo tiene claro Luis de la Fuente es que entiende el balón con posesión y la paciencia como método. Circulación a dos toques, Rodri como metrónomo y las bandas esperando el contragolpe. Hubo de todo en los noventa minutos reglamentarios. Casi todo bueno para la Roja. El marcador final no era justo para los méritos de la selección: 0-0. Parecía la mentira más grande que nos habían contado. También se veía venir, no nos engañemos. España firmó una superioridad tan sistemática que obligó al portero rival a parar diez disparos de los quince que fueron a puerta. Es la cifra más alta en una final de Mundial en los últimos sesenta años. También tuvimos enfrente a una selección transformada con su mediocridad —también se veía venir— en el primer equipo en una Final del Mundial que termina los 90 minutos reglamentarios sin realizar ni un solo tiro, ni a puerta ni desviado.
Diez paradas ajenas que fueron remates propios. La ocasión de Lamine con la zurda desde la frontal que se marchó rozando el palo. La falta directa que buscó la escuadra lejana y encontró los guantes del guardameta rival. El cabezazo de Cubarsí a la salida de un córner. El fútbol español golpeó la puerta con los nudillos, con el puño, con el hombro entero. Pero la lata de las esencias se resistía. El sueño quería ser pesadilla. Ni aún así. Tanta fue la superioridad que hasta se marcaron dos goles legales. En el minuto 97, Nico Williams, revulsivo final del equipo, empujó a la red el que parecía el gol de la segunda estrella. Grito común. Sangre helada cuando el colegiado esloveno Slavko Vincic, uno de los peores que podía pitar este partido, lo anuló por un supuesto pisotón de Mikel Merino en la disputa previa. Mal anulado. Es una de esas faltas de laboratorio que el VAR licita cuando se le da luz verde. España enmudeció. Pero a esta selección sigue creyendo hasta el último aliento que, si el plan es bueno, el gol es cuestión de tiempo ¿Se anula uno? Se fabrica otro, con la misma calma con la que un albañil repone un ladrillo caído.
Hagamos un inciso en arquitectura del dominio. El 1-0 en el minuto 106 puede llevar a engaño solo leyendo el resultado, sin contexto. España monopolizó desde el saque inicial y así fue todo el partido. De principio a fin. Rodri gobernó la brújula, Cubarsí rompió líneas con pases interiores que valían como regates, Lamine y Nico, cuando salió al final de la segunda parte, estiraron el campo hasta dejarlo del ancho que incomoda a cualquier bloque bajo. Cada cinco minutos, una llegada. Cada diez, el cancerbero contrario para parar el balón. El partido transcurrió en una sola mitad del campo, con la otra reducida a un paisaje de impotencia y ridiculez. Y, esa asimetría sin recompensa, inmediata es la prueba de esfuerzo definitiva para el carácter de un equipo. España estuvo noventa minutos intentando tirar el muro sin perder la fe en el plano.
Había algo en la prórroga que se vivió en este país con la certeza inaudita de esas gestas destinadas a lograrse: los penaltis se iban a lanzar de ninguna forma. España seguía a lo suyo, moviendo el balón con el mismo desarrollo del primero minuto. Habían salido Ferrán y Pedri (por Oyarzabal y Fabián). Después Nico y Mikel Merino (por Álex Baena y Dani Olmo). Y, ya en la prórroga Zubimendi y Eric García (por Rodri y Laporte). La estructura atacante y bloque defensivo sin una sola grieta. Enfrente sólo había violencia, rencor, vacío de juego y silencio. Los datos del torneo avalaban la convicción: ocho partidos, un solo gol encajado, ninguna señal de que la final fuese a ser distinta. Y en el 106, entonces y solo entonces, el fútbol pagó la deuda. Y el fútbol ganó a la polémica. Y la historia dibujó su destino: Lamine, Porro, Nico y Ferrán. Y se acabó. Lo que vino después pertenece a algo que no habíamos olvidado, pero que siempre es gratificante vivir de nuevo. Hace dieciséis años vi la Final con amigos y un primo. Fue legendario. Sobre todo, la fiesta posterior. Ayer lo hice en familia, con mi hijo de once años, que entonces no había nacido. El éxtasis deportivo llevado a lo personal. Una noche que no olvidaremos nunca.
Lamine se convirtió en uno de los campeones del mundo más jóvenes de la historia, en la órbita exacta de los elegidos que tocaron la gloria en la adolescencia —Pelé la ganó con 17 años en 1958, Giuseppe Bergomi con 18 en 1982, Kylian Mbappé rozaba los 20 en 2018—, y en el primer adolescente de toda la historia del fútbol que junta en la misma vitrina una Eurocopa y una Copa del Mundo. Léase despacio. No volverá a leerse en décadas. Esta selección es una pequeña familia. Un grupo de colegas. Una pandilla en la que disfrutan los unos con los otros. Y se nota en el campo. Y fuera de él. Se abrazan como se abrazan los amigos, no los que comparten nómina. Ahí está la equivalencia exacta con el grupo de Vicente del Bosque (antes de Luis Aragonés) de Sudáfrica en 2010. Aquellos héroes del fútbol también era una hermandad que jugaba de memoria. Si leemos la crónica de aquella noche, podemos trazar una similitud en el desarrollo de ambos partidos que puede dar hasta miedo. Hubo dominio, un rival que jugaba a otra cosa, buscando los límites, un arbitraje pésimo y también se necesitó una prórroga. Toque, jugada trenzada con magia y un delantero dándole la puntilla al rival para que un país entero volverá a gritar. Algo que parecido al destino.
Dieciséis años después, otro vestuario, humilde, obsesionado con la pelota, esta vez plural devolvió a un país entero a las ventanas. La comunión que se crea cuando juega este equipo desborda el fútbol: es la vecina que comenta en la tienda sin saber mucho de fútbol, el niño que se duerme con la camiseta puesta, el emigrante que madruga en Berlín o en Dublín y ve el partido con paisanos, lejos de aquí. Los protagonistas de Sudáfrica tienen herederos. Los críos de hoy recitarán dentro de treinta años igual que nosotros seguimos recitando de memoria la de Sudáfrica sin recurrir a Wikipedia: Unai Simón, Marc Cucurella, Aymeric Laporte, Pau Cubarsí, Pedro Porro, Rodri Hernández, Fabián Ruiz, Álex Baena, Dani Olmo, Lamine Yamal y Mikel Oyarzabal. Ferran Torres, Pedri, Nico Williams, Mikel Merino, Martín Zubimendi y Eric García. Así como David Raya, Joan Garcia, Alejandro Grimaldo, Marc Pubill, Marcos Llorente, Gavi, Yéremy Pino, Borja Iglesias y Víctor Muñoz. Gestionados por Luis de la Fuente en el banquillo con su cuerpo técnico (Juanjo González, Miguel Ángel España, Carlos Cruz, Pablo Peña, Alberto de la Fuente y Javier López Vallejo). Campeones del mundo. Todos.
El pre-partido y el Halftime Show
En medio del arrebato futbolero, la FIFA, muy dada a calcar espectáculos y ritos ajenos, estrenó el primer espectáculo oficial de descanso en la historia de los Mundiales. Antes del partido, Tom Cruise. El mito, la leyenda, abrió la ceremonia con un discurso lleno de épica en el que destacó el fútbol como un lenguaje de unidad global y dio paso a la entrada del trofeo oficial del torneo. Post Malone, Swae Lee, Robbie Williams, Laura Pausini y Nicole Scherzinger cantaron Desire y Jennifer Hudson, el himno de Estados Unidos. IShowSpeed, famoso creador de contenido (sic) se marcó su versión de World Cup (Champions). En el descanso, media horita para albergar un megaconcierto producido junto a Global Citizen; Shakira y Burna Boy cantando juntos Dai Dai, la canción oficial del campeonato. Ronaldo y Ronaldinho, en una secuencia ferial de coches chocones, llevaron a Madonna a cantar unas estrofas. Justin Bieber salió con una guitarra y cantó Everything Hallelujah, precedido por un sketch cómico de los actores de Ted Lasso (Jason Sudeikis y Brendan Hunt), la conocida serie con temática futbolística.
Los fans jalearon la irrupción de BTS, la banda de K-Pop, que se encargó de poner a bailar a las gradas con su icónico tema pop Dynamite. El director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel dirigió una versión sinfónica del clásico Seven Nation Army de The White Stripes, fusionada con el famoso «remo vikingo» de la afición noruega. Al frente de la Filarmónica de Nueva York y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, el director estuvo acompañado en el escenario por varios miembros de la banda oficial de los Muppets, The Electric Mayhem (específicamente Animal, Janice y Floyd Pepper), quienes tocaron los instrumentos en vivo mientras Chris Martin y la banda británica cantaban junto al coro infantil PS22 Chorus junto a la rana Gustavo, Miss Piggy, Elmo, Tricky y el Conde Draco. Se puede ser cínico, pero hay que reconocer que los yanquis saben hacer espectáculo mejor que nadie. Y el MetLife Stadium era el escenario adecuado. Una fiesta dinámica, bonita y desmesurada, en el mejor sentido de la palabra. La constatación de que el fútbol ya juega en un estadio grande del planeta deportivo.
La entrega de trofeos, en cambio, dejó el momento más sonrojante de la noche. No lo protagonizó ningún futbolista, ni nada relacionado con el deporte rey. Donald Trump salió al campo entre sonoros abucheos —algo que viene siendo habitual cada vez que hace una aparición pública en un evento—. Tras ponerle las medallas a los subcampeone y a los campeones del Mundo, quiso agarrar la Copa a cuatro manos con Gianni Infantino para entregársela a Rodri. Parece que el presidente de los Estados Unidos no se cansa de querer ser el protagonista de todos los cotarros. Y, por supuesto, quiso quedarse en la foto. Y ahí, delante de mil millones de espectadores, Rodri, un ejemplo dentro y fuera del campo, el capitán de España ejecutó el ninguneo perfecto: esperó a que se fuera para levantar el trofeo. Esta vez sin batas negras ni venderse a los intereses del país organizador. Trump se resistía e Infantino lo fue apartando con diplomacia de maître. Y, cuando estuvo fuera de cuadro, que no pintaba nada, España rehízo la instantánea más esperada. Limpia, sin intrusos. Ni Trump ni Infantino. Sólo los campeones del mundo. Antes, Mikel Merino había rematado la faena bailando el YMCA con los puños cerrados, la coreografía marca de la casa del presidente y su MAGA, devuelta como parodia a solo unos centímetros de su cara. Las caras de Nico, Lamine, el gesto de Borja Iglesias son una obra maestra. Hasta Lukaku la imitó y la selección belga lo habían reproducido días antes. Y es que hay burlas que valen un editorial entero.
Y en medio de todo, la memoria. Dieciséis años dan para mucho: para que se nos fueran abuelos que vieron el gol de Iniesta de pie en el salón, para que nacieran hijos que ayer vivieron su primera estrella sin entender por qué lloraba todo el mundo, para que el fútbol terminara de convertirse en un negocio polarizado, teledirigido, con horarios imposibles y entradas de precios obscenos e imposibles: la entrada más barata de última hora costaba alrededor de 7.000 euros y, la más cara (Hospitality VIP y Premium) llegó hasta los 50.000 euros. Todo se quedo suspendido durante ciento veinte minutos y una celebración. De vez en cuando, muy de vez en cuando, este deporte recupera su función original: unir a la gente delante de una televisión y olvidar por un rato lo malo que es mucho. Por esos momentos, merece la pena ponerse la camiseta de la selección y disfrutar del partido.
De Iniesta a Ferrán
Todas las finales ganadas fabrican un héroe improbable. Alguien que entra a formar parte de la leyenda de forma inesperada. La simetría entre 2010 y 2026 roza lo literario. Andrés Iniesta llegó a Sudáfrica entre lesiones, dudas y una tristeza íntima por la muerte de su íntimo amigo Dani Jarque un año antes. Y salió de aquella final contra Países Bajos convertido en el hombre del gol eterno. Para todos siempre será «Iniesta de mi vida» (en palabras de José Antonio Camacho). Ferrán Torres llegó a este Mundial como suplente. Y con algunos minutos en los primeros partidos, salió muy cuestionado, vilipendiado se podría decir. Durante años, las redes sociales se ceban con saña. Sin embargo, las epopeyas le reservan un hueco a los que no se rinden. Ferrán está discutido incluso en su casa, en el F.C. Barcelona. Su carrera entera es un manual de resistencia: el chaval de Foios que salió de la academia del Valencia con cartel de estrella, un costoso fichaje que en Manchester y en Barcelona tuvo idas y venidas. Cuando Torres ha tenido malas rachas, ahí estaban los entendidos en las redes. Pues resulta que los mismos que lo despedazaban en diciembre le deben ahora una estrella.
Contra Arabia Saudí, en la fase de grupos, las cámaras lo cazaron durante una revisión del VAR susurrando para sí mismo, con los labios apretados: «por favor, que sea gol». Aquella súplica casi infantil en el cuerpo de un futbolista era el de alguien inseguro que necesitaba ya no solo que los demás crean en él, sino él mismo. Un mes después, en el minuto 106 de la final del Mundial, la súplica se cumplió del todo. Y para siempre. Las próximas generaciones no recordarán los abucheos, ni los memes, ni las críticas. Recordarán un nombre y una red moviéndose. El tesón, la insistencia, LA PUTA ALEGRÍA que es ganar un Mundial. Eso queda. Lo demás se lo lleva el viento. Estados Unidos deja una estrella, pero también un nombre que España recordará siempre que se hable de los Mundiales.
La España plural y el bufón de naftalina
Si hay algo maravilloso que tiene el fútbol, la vida y esta segunda estrella es que la selección ganó con una España plural. Y conviene escribirlo con base técnica antes de que nadie lo convierta en pancarta. Lamine Yamal, hijo de marroquí y escuatoguineana, criado en Rocafonda. Nico Williams, hijo de padres ghaneses que cruzaron el desierto a pie, criado en Pamplona. Los dos extremos titulares de la selección campeona del mundo, los dos futbolistas destinados a escribir las mejores gestas con la Roja son la primera generación española de sus familias. No se trata de representar ningún discurso, se trata de fútbol y de humanidad. Gran parte del futuro de este equipo está en sus botas y eso debería ser motivo de orgullo estrictamente deportivo, verificable. Algo real y tangible. Por eso chirría más el episodio que envenenó la previa de la semifinal. Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno, publicó en El Debate un análisis del rival donde escribió que Francia contaba con «una plantilla de altísimo nivel. Pero sin franceses». Léase dos veces, porque no es un lapsus (como el enésimo que se le pueda achacar a este señor): es una tesis, un ataque viene de un signo político con mucha intención.
La respuesta llegó de todas partes; el Gobierno francés la calificó de inaceptable, un ministro respondió que Francia no conoce colores de piel, y hasta un portavoz de la ultraderecha francesa lo despachó llamándolo simplemente “racista”. Y cuando la ultraderecha francesa entra a hablar de racismo, el ridículo ya no admite matices. Un fulano que huele a naftalina, el bufón al que se le acabó la gracia en la década pasada, explicándole a la selección campeona de Europa quién puede ser francés, seis días antes de que dos hijos de inmigrantes le ganaran el Mundial a medio planeta con la camiseta de España. La misma gente a la que se critica en la barra del bar, cerveza en mano y a media mañana, es la que a esa hora ya lleva cinco o seis horas trabajando. El fútbol no arregla eso. Pero de vez en cuando lo retrata con una nitidez que ningún escrito alcanza a explicar.
Ocho peldaños y una sola grieta para la perfección
El título mundial se consiguió partido a partido. Y en el repaso del camino se explica mejor que ningún adjetivo por qué esta España fue la mejor selección del torneo. Un mes y cuatro días de oficio en los que fueron cayendo, por este orden y sin excepción, la revelación africana que parecía asumible y resultó ser el equipo con el que nadie quería cruzarse, la potencia saudí de los petrodólares, la Uruguay de los huesos duros, la Austria más ordenada de las últimas décadas, la Portugal del último baile de Cristiano, la Bélgica que aún muerde, la Francia subcampeona del mundo, lo que aguardaba en la final. Ocho escalones. Ninguna caída. El estreno, un 0-0 contra Cabo Verd. El 15 de junio, fue también el peor día del mes y medio: la selección hizo circular circuló la pelota con concentración, sin cambio de ritmo, sin una sola diagonal a la espalda. Faltó mordida y ambición en el ataque. Y no lo maquilla el mérito del rival, que vaya sí lo tuvo. Ahí quedará Josimar José Évora Dias, popularmente conocido como Vozinha. El guardameta de 40 años realizó nada menos que siete paradas magistrales en el histórico debut de su selección. Fue el aviso que este grupo necesitaba, servido pronto y asequible. Seis días después, el 4-0 a Arabia Saudí devolvió el orden natural de las cosas (allí nació el «que sea gol» de Ferrán). Y el 1-0 a Uruguay cerró un grupo saldado sin un solo tanto en contra.
Las eliminatorias fueron una escalera de dificultad creciente, resuelta con una serenidad casi ofensiva. Austria cayó 3-0 en dieciseisavos, la noche en que Unai Simón dejó atrás los 517 minutos de imbatibilidad mundialista de Walter Zenga, un registro que llevaba más de tres décadas esperando verdugo. Y lo logró el portero del Athletic Club que vio cómo se cuestionó su titularidad desde el mismo flanco de esos “cuñados” que saben tanto de fútbol. Portugal cayó 1-0 en octavos con gol de Mikel Merino. Bélgica exigió sufrir en cuartos, porque el 2-1 incluyó el gol de De Ketelaere que rompió la racha de Unai y el único tanto que España encajó en todo el campeonato. España también sabe competir incómoda, perdiendo la virginidad defensiva a media eliminatoria sin descomponerse, sin patear un solo balón a la grada por ansiedad, sin mirar al banquillo buscando un culpable. Se reanudó el plan. Nada más. Y en la semifinal, Francia, la subcampeona de 2022. El arsenal atacante que da miedo con Mbappé, Dembélé, Olise, Barcola. La selección de Didier Deschamps también fue desactivada. 2-0 con un penalti de Oyarzabal y un gol de Pedro Porro. El diario portugués A Bola describió aquel partido como una «telaraña perfecta» tejida sobre los cuatro atacantes franceses. L’Équipe, que no acostumbra a regalar elogios, reconoció una «amplísima superioridad» del combinado español. Cuando la prensa del derrotado escribe eso, el análisis sobra.
Queda la aritmética, que narrada del tirón parece inventada: ocho partidos, siete porterías a cero (por supuesto, récord absoluto en una Copa del Mundo), un único gol en contra cuando ningún campeón mundial había levantado jamás el trofeo con un solo tanto y una racha de 38 encuentros oficiales sin conocer la derrota. Firmar siete porterías a cero de ocho posibles y encajar un único gol en contra en todo el Mundial es una hazaña inédita. Ningún campeón previo se había coronado recibiendo un solo tanto; el récord anterior de menos goles encajados por un campeón estaba fijado en dos; Francia (en 1998), Italia (en 2006) y, precisamente España (en 2010). El dominio colectivo quedó respaldado por los números oficiales de la FIFA, sumando un acumulado total de 20 remates solo en la final (11 de ellos a puerta), y con un balance organizativo donde mediocampistas como Rodri establecieron récords absolutos superando la barrera de los 790 pases completados en un solo Mundial.
“No se vayan todavía, aún hay más”, decía Super-Ratón: más de un centenar de remates intentados, alrededor de cuarenta entre los tres palos, más de 3.700 pases completados a lo largo del torneo. Es un dictado con forma de campeonato mundial. España además acaparó casi todo el palmarés oficial del torneo. Rodri recibió el Balón de Oro al mejor jugador, Unai Simón el Guante de Oro (estableciendo además el récord de 650 minutos invicto en la Copa del Mundo), y Pau Cubarsí fue nombrado el mejor jugador joven del campeonato. El único premio grande restante, la Bota de Oro al máximo goleador, recayó en el francés Kylian Mbappé al que España dejó sin final.
Los cimientos de una estructura de alto nivel
La férrea defensa de este equipo merece nombre propio: Pau Cubarsí. Diecinueve años, jugando el Mundial entero, con anticipación en lugar de carrera, pase interior en lugar de despeje, la frialdad en el área propia convertida en juego fácil. El premio al mejor joven del torneo se lo disputó con su compañero de generación Lamine Yamal. El delantero ha jugado a otra cosa por el bien colectivo. También porque llegaba después de arrastrar molestias físicas en la segunda mitad de temporada. Cubarsí lo ganó defendiendo, que es la manera menos fotogénica de ganar premios. Un central que ha salido de la adolescencia hace nada apuntalando la línea de la selección campeona del mundo: la cantera española produce ya hasta lo que históricamente importaba de fuera.
Unai Simón cerró bocas por el procedimiento clásico: dejándolas sin argumentos. Llegó al torneo con su titularidad discutida en tertulias “que si es un riesgo cuando sale”, “que si Joan Garcia” “que si David Raya”… y llegó a la final convertido en plusmarquista. Superó el récord de imbatibilidad de Zenga y estiró la marca hasta más de 600 minutos sin recoger un balón de su red, con seis porterías a cero propias en el campeonato. El Guante de Oro sólo certificó lo que el césped llevaba un mes gritando: ahora mismo, con los registros de este Mundial en la mano, no existe en el mundo un portero con mejor currículum reciente. Los cuestionadores, otra vez los “cuñados” y voceros de internet o televisivos, creadores de contenido deportivo, al fin y al cabo, guardan silencio y aplauden con la boca pequeña. Instructivo.
Lo de Rodri. El Balón de Oro del torneo no marcó un solo gol en todo el Mundial. Ni falta que hizo. Esa estadística, lejos de rebajar el premio, lo dilucida. Rodri gobierna los partidos desde un sitio del campo donde no salen fotos: la salida de balón, la cobertura, la pausa, el pase que rompe una línea sin que la grada entienda todavía por qué ha sido así. Es el Balón de Oro de 2024 con el Manchester City y el mejor jugador del Mundial de 2026 con su selección. Entre ambas fechas, la intrahistoria: una rotura de cruzado que habría jubilado a caracteres menores y una recuperación titánica para estar en este campeonato. El capitán que espera con la Copa en las manos a que un presidente salga del encuadre es el mismo que espera dos segundos con la pelota a que se abra la ventana de pase. Todo en Rodri es criterio. Hay que estar orgulloso de uno de los mejores jugadores del fútbol que ha dado España en su historia.
De la fuente, el arquitecto tranquilo
La euforia a veces cansa, por lo que mirar al banquillo para analizar la figura de Luis de la Fuente es de recibo. Se convirtió en Nueva Jersey, a los 65 años y 29 días, en el seleccionador más veterano en ganar una Copa del Mundo. El paralelismo con 2010 vuelve a seguir el mismo patrón. Entonces, un salmantino discreto al que media prensa consideraba un gestor sin pizarra; ahora, un riojano de Haro al que durante años se le discutió hasta el derecho a sentarse en ese banquillo. Del Bosque ganó su Mundial con 59 años; De la Fuente, con 65. Los dos comparten la misma virtud incomprendida: la ausencia total de vanidad táctica.
Su éxito admite disección por capas. La primera es estructural: De la Fuente construyó el equipo sobre una columna vertebral inamovible —Simón, Cubarsí, Rodri, Lamine, Nico— y pobló el resto de la plantilla con especialistas intercambiables, sin jerarquías de cromo Panini. La segunda es metodológica: es el único seleccionador reciente que conocía a casi toda su plantilla desde las categorías inferiores. De la Fuente se ha curtido con todos ellos al frente de la sub-19 y la sub-21. Y ese conocimiento explica decisiones que desde fuera parecían apuestas personales y desde dentro son certezas absolutas. La tercera es competitiva, y es la que este Mundial dejó en evidencia: sus cambios decidieron eliminatorias. Ferrán, suplente, resolvió la final. Oyarzabal, gestionado con cuentagotas, abrió la semifinal. Pedri salió casi todo el campeonato desde el banquillo y ejerció de detonante en muchos encuentros. Nico Williams forzado por las lesiones estuvo a punto de quedar fuera en el partido de Uruguay por una entrada salvaje y a destiempo de Nicolás de la Cruz. Supo esperar y sacarle cuando fue cabal hacerlo. Y en la Final fue la chispa determinante. El plan B de España era mejor que el plan A de casi todos los rivales.
Las voces de mayor prestigio coinciden en el diagnóstico con una unanimidad poco frecuente. «La obra maestra de De la Fuente», tituló sin matices La Gazzetta dello Sport. Kicker, el evangelio alemán, no le encontró un solo resquicio a la actuación en semifinales: dominio, seguridad, control de principio a fin. Para The Guardian el triunfo fue, sencillamente, «de una idea». Y The New York Times remató con la frase que mejor resume el ciclo entero: España corona «una nueva era» de fútbol brillante y hermoso. La coincidencia atraviesa idiomas, escuelas tácticas, rivalidades históricas que en cualquier otra circunstancia ni se saludarían. Falta apuntar lo que no se ve en la foto: este ciclo triunfal se completó sin Pablo Amo, la mano derecha de De la Fuente en la Eurocopa de 2024, que dejó el cuerpo técnico a principios de 2025 para dirigir en Catar. Perder al ayudante clave y mejorar el resultado es la firma definitiva de un proyecto sólido: las estructuras que dependen de un solo hombre se caen; ésta se apoya en una idea.
¿Reparos? Uno, por higiene crítica, porque la gloria no exime del criterio. Esta España remató muchísimo más de lo que convirtió: el torneo entero arroja un centenar largo de intentos para catorce goles, y la final necesitó once paradas rivales y una prórroga para cerrarse. Con delanteros más fríos, media eliminatoria se habría resuelto a las nueve de la noche en lugar de a las doce. Es el margen de mejora de un equipo que ya ganó todo lo demás. Que el único defecto sea el exceso de generosidad en la construcción de ocasiones da la medida del resto.
El mapa del torneo
Abramos el plano. Un Mundial de 48 selecciones y 104 partidos repartidos por un continente entero necesitaba historias para llenar tanto espacio. Las encontró donde nadie miraba: en un archipiélago del Atlántico con medio millón de habitantes. Cabo Verde fue la nación más pequeña en clasificarse para una Copa del Mundo y se marchó del torneo sin perder un partido en fase de grupos y sin ganar ninguno: 0-0 contra España, 2-2 contra Uruguay, 0-0 contra Arabia Saudí. El equipo de Pedro «Bubista» Brito jugó un fútbol alegre, ordenado, sin complejos. Esa mezcla de disciplina europea y cadencia atlántica que convirtió cada partido suyo en la segunda selección de todo el planeta. En Praia los recibieron como se recibe a los campeones. Con todo merecimiento, porque lo fueron de algo más difícil de medir que un marcador. Y dejaron, para el recuerdo, el que probablemente sea el mejor gol del torneo: en la prórroga de su eliminatoria de dieciseisavos, con la gesta a un paso, Sidny Lopes Cabral, un lateral de 23 años, recibió en la banda izquierda, recortó hacia dentro sin mirar la portería y soltó desde el vértice del área un disparo que fue a morir a la escuadra contraria. Un gol de delantero brasileño en las botas de un defensa de un país que muchos aficionados no sabían situar en el mapa el mes pasado. Ya lo saben. Hay algo profundamente reparador en que la gran simpatía del torneo más mercantilizado de la historia fuera una nación sin liga millonaria, sin mercado interno, sin un solo estadio de relumbrón. Solo, un archipiélago de emigrantes que se plantó en la Copa del Mundo a jugar sin especular, como si el fútbol todavía fuera un juego. Porque en Cabo Verde lo es.
Inglaterra firmó su segundo mejor Mundial de la historia y lo cerró con el partido más desatado del torneo: un 6-4 a Francia en Miami por el tercer puesto. Pasa a ser el duelo por el bronce con más goles jamás jugado. Incluso por encima incluso del 6-3 de Francia a Alemania Federal en 1958. Bukayo Saka se marchó de allí con un triplete; Declan Rice, Marcus Rashford y Jude Bellingham completaron la cuenta inglesa. Una tarde de diez goles fue la fiesta de despedida perfecta para una generación inglesa que mereció más de lo que el calendario le dio, eliminada en semifinales en seis minutos de derrumbe que se contarán en el bloque siguiente de este dossier, porque pertenecen a otra categoría del relato.
Kylian Mbappé se llevó la Bota de Oro con diez goles. NI un solo reproche: es un premio con justicia de peso. Nadie había ganado dos Botas de Oro mundialistas; él ya acumula las de 2022 y 2026. Sus dos tantos en el partido del bronce lo dejaron con 22 goles en Copas del Mundo, la cifra más alta de la historia de la competición, arrebatada apenas unos días después de que otro la estableciera. A los 27 años, Mbappé ya ha jugado dos finales, ganó un Mundial, anotó en dos finales distintas. Cuando se retire habrá que revisar todos los libros. De momento, basta con constatar que Francia cayó dos veces en una semana (contra España, contra Inglaterra) y su delantero salió del torneo engrandecido igualmente. Eso sólo les ocurre a los cracks de verdad.
Este Mundial fue también un cementerio elegante de leyendas. Luka Modric se despidió a los 40 años, tras cinco Copas del Mundo, eliminado con Croacia en dieciseisavos por Portugal, en el primer partido de la historia mundialista disputado entre dos futbolistas mayores de 40. Al pitido final, Cristiano Ronaldo cruzó el campo para abrazarlo: dos hombres que se repartieron el fútbol europeo durante quince años despidiéndose en un estadio americano, sin decirse nada que las cámaras pudieran robar. El propio Cristiano jugó su último baile mundialista días después, apagado por la defensa española en octavos. Neymar anunció entre lágrimas su adiós a la selección brasileña tras caer contra la Noruega de la nueva ola nórdica, que despachó a Brasil con esa gelidez de Erling Haaland. El país de las cinco estrellas, despedido por un país de cinco millones y medio de habitantes. Guillermo Ochoa dijo también adiós a los suyos. Modric, Cristiano, Neymar, Ochoa, Croacia entera, la vieja guardia inglesa. Se fue casi toda la generación que nos educó la mirada en este siglo. Casi todos: el que falta en esta lista se ganó a pulso otro capítulo de este dossier.
Quedan los nombres nuevos, que es lo que un Mundial produce mejor que ningún otro torneo. La juventud de los españoles encabeza la promoción. Lopes Cabral se marchó de la cita con un golazo eterno y próximo pasaporte a Europa. La Noruega post-Brasil confirmó que su generación va en muy serio. Y el torneo entero confirmó una tendencia de fondo: las selecciones medianas ya no vienen a hacerse la foto. Cabo Verde, Noruega, Austria, Egipto compitieron de tú a tú contra los apellidos ilustres. Y dos de ellas se marcharon con la sensación fundada de que el cuadro les negó lo que el césped les concedía. Aquella lectura de The Guardian sobre España —«el triunfo de una idea»— sirve también de resumen para el torneo entero: la idea derrotó al pedigrí en casi todos los cruces donde ambos se citaron. Casi todos. Y en ese «casi» vive el tercer bloque de esta crónica.
La ignominia de los subcampeones
Llegó el momento. Rompamos el silencio. En los dos bloques anteriores no se ha nombrado a Argentina, y el lector atento habrá entendido que la omisión era un acto de estilo: el subcampeón fue un hueco en la final y merecía ser un hueco en la crónica. Se acabó la elegancia. Abróchense el cinturón. Toca hablar de lo que este Mundial quiso tapar con confeti y fuegos de artificio de azul celeste que la FIFA había colocado para festejar el título mundial creyendo que España perdería la final. Era el objetivo. Les salió rana. Es tirar del primer hilo de este ovillo institucional y no hay manera humana de parar antes de llegar al fondo de un cajón tan ponzoñoso como ofensivo.
Empecemos por el marco, que ya venía torcido de fábrica. Este fue el primer Mundial repartido entre tres países, con un desequilibrio de reparto que da vergüenza ajena: Estados Unidos acaparó la inmensa mayoría de los 104 partidos —más de las tres cuartas partes— mientras México y Canadá ejercieron de decorado con apenas trece encuentros cada uno. Alejandro González Iñárritu, que de encuadres sabe algo más que la FIFA, lo describió antes del torneo con la precisión de un bisturí: organizar un Mundial en tres países es «avaricia de la mafia de la FIFA», dijo al ingresar en El Colegio Nacional, y remató con la frase que mejor resume esta edición: «le robaron al mundo un gusto popular». No hablaba de metáforas. Hablaba de entradas cuyo precio más barato rondaba los diez mil pesos mexicanos, de derechos televisivos troceados en plataformas de pago como ese cáncer que es DAZN, de un torneo diseñado para el consumidor premium y no para el aficionado. La cita del cineasta funciona como prólogo de todo lo demás: quien monta el negocio así, arbitra así.
Y quien lo monta tiene nombre y apellido: Gianni Infantino. Un dirigente cuya biografía institucional se cuenta sola. Llegó a la presidencia en 2016, aupado por el vacío que dejó el mayor escándalo de corrupción en la historia del deporte, con decenas de dirigentes de su organización investigados por las autoridades de Estados Unidos y Suiza. Diez años después, el hombre que prometía regenerar la imagen de la institución instaló una oficina de la FIFA en la Trump Tower de Nueva York, paseó su amistad con el presidente estadounidense por cada palco disponible y cargó el trofeo a cuatro manos con él en la entrega, como si la Copa necesitara dos padrinos. Como en las películas de mafia. Más o menos, ante lo que hemos visto en este Mundial. Las consecuencias ya no son opinión de columnista: la organización FairSquare denunció esa cercanía ante el Comité de Ética de la propia FIFA y después ante el Comité Olímpico Internacional por comprometer la neutralidad política del organismo; 35 diputados del Parlamento Europeo pidieron abrir una investigación sobre su gestión; el FBI mantiene una investigación abierta sobre la federación argentina de fútbol (la AFA) por asuntos de corrupción; y desde media Europa se exige su dimisión mientras la UEFA maniobra para recuperar una presidencia que considera secuestrada. Dicho en castellano de barra de bar: si a los cinco minutos de sentarte a la mesa no sabes quién es el primo, el primo eres tú. El fútbol mundial lleva una década siendo el primo.
El precedente llegó antes de la final y sin Argentina de por medio. A Folarin Balogun le expulsaron en dieciseisavos contra Bosnia-Herzegovina por una entrada sobre Muharemović; Trump llamó a Infantino, la FIFA suspendió la sanción invocando su propio artículo 27, y el estadounidense jugó los octavos como si la roja nunca hubiera existido. El presidente se atribuyó la gesta en Truth Social —agradeció a la FIFA «hacer lo correcto»— mientras la federación alemana exigía explicaciones a un Infantino que, ya se sabe, jamás las da. Antes de que nadie mirase hacia Buenos Aires, ya estaba claro quién descolgaba el teléfono en Zúrich. Con ese panorama, miremos el cuadro. El camino de Argentina hasta la final fue una autopista recién asfaltada: Argelia, Austria y Jordania en el grupo; Cabo Verde en dieciseisavos; Egipto en octavos; Suiza en cuartos; Inglaterra, el único rival de peso, en semifinales. El de España, para comparar: Uruguay, Portugal, Bélgica, Francia y la propia Argentina. No es preciso firmar ninguna teoría conspirativa sobre bombos calientes para constatar el dato: el cuadro cayó siempre del mismo lado. El exjefe del arbitraje inglés Keith Hackett declaró no creer en un favorecimiento deliberado, y su escepticismo merece respeto profesional. Sí, pero. Cuando las polémicas se acumulan durante siete partidos y las siete señalan en la misma dirección, la estadística deja de ser mala suerte y empieza a ser patrón. En las redes ya lo habían bautizado desde el anterior Mundial de Qatar 2022, con esa exactitud precisa del cinismo bien enfocado: «VARgentina».
Repasemos caso por caso, porque la memoria es lo único que la FIFA no puede anular en el monitor. Contra Argelia, en el estreno, Lionel Messi plantó los tacos por detrás en el gemelo de Aissa Mandi: falta sin tarjeta. Una escalofriante entrada. Impunidad a favor el astro argentino. El catálogo arbitral de este torneo ha mostrado rojas por mucho menos. Contra Austria, el primer gol de Messi nació de una falta previa de Mac Allister sobre Xaver Schlager que el colegiado decidió no ver, con media Austria señalando el punto exacto del atropello. Contra Cabo Verde, con la sensación del torneo a un empujón de la machada, el 2-1 llegó justo después de que Tagliafico derribara a Lopes Cabral en una disputa que el árbitro consideró aire. Contra Egipto, la colección alcanzó la categoría de antología: una falta fantasma pitada a Salah cuando quedaba lanzado hacia el portero, un gol legal de Mostafa Ziko (la mejor jugada del torneo) anulado por un contacto mínimo ochenta metros atrás, un agarrón de Julián Álvarez sobre Salah dentro del área que en cualquier otro partido del torneo habría sido penalti. Egipto presentó protesta formal ante la FIFA. De poco sirvió: Enzo Fernández certificó el 3-2 en el minuto 93. Y nos quedamos sin ver equipos con se habían ganado el derecho a pasar de ronda perjudicados por un sistema arbitral corrupto y una demostración de violencia, patadas, entradas a destiempo y empujones que la FIFA se ha encargado de ir eliminando de las redes sociales con la misma facilidad con la que volvían a publicarse siempre con las nuevas hazañas bélicas perpetradas por la deshonrosa selección de Lionel Scaloni. Su juego tiene el mismo dibujo: cometer infracciones sistemáticas para cortar contragolpes justo tras perder la posesión. La gran ventaja para ellos es que no se pitan como tales. Exención. Privilegio. Barra libre.
Una de las imágenes más representativas de este Mundial desde ser la de Hossam Hassan, el seleccionador egipcio, plantándose delante del árbitro François Letexier y cruzando los brazos en aspa a la altura de las muñecas. El gesto no era un berrinche: es la señal oficial que la propia FIFA instauró para denunciar incidentes de racismo en un campo de fútbol. Un entrenador africano ejecutando el protocolo antirracista de la casa delante del colegiado de la casa, en plena eliminatoria mundialista. Es uno de los momentos más devastadores que han producido en este deporte en años. Hassan aclaró después el sentido exacto de su pantomima: «no estás siendo justo», le estaba diciendo. La aclaración empeora la foto en lugar de suavizarla. Cuando un profesional con cuarenta años de fútbol a sus espaldas siente que la única manera de ser escuchado es el gesto reservado para lo intolerable, el mensaje ya no va dirigido al árbitro. Va dirigido a la historia de este Mundial.
Siguió Suiza, en cuartos, con la innovación tecnológica del torneo: Breel Embolo fue expulsado por «simulación» después de que el VAR revirtiera una falta que el árbitro había pitado en sentido contrario, de Paredes sobre el propio Embolo. Los especialistas coincidieron en que jamás se había usado la revisión de vídeo para semejante pirueta: convertir una falta recibida en segunda amarilla del que la recibió. Murat Yakin, el seleccionador suizo, dijo que era «inaceptable». Todos se han quedado cortos para describir lo que ha sucedido en el campo. Ha sido así por educación. Más. La semifinal contra Inglaterra, que compendia el torneo entero en noventa y dos minutos: en el minuto 3, Enzo Fernández estampó el brazo en la nuca de Elliot Anderson, agresión sin venir a cuento. Y el árbitro Ismail Elfath resolvió el asunto con una charla paternal, sin tarjeta; con Inglaterra ganando y la final a un cuarto de hora, la remontada cayó del cielo en seis minutos, y el 2-1 de Lautaro Martínez en el 90+2 llegó con un pisotón previo de Messi sobre Spence que el VAR, tan minucioso cuando anula goles ajenos por contactos a ochenta metros, decidió no revisar. La prensa inglesa publicó al día siguiente un inventario de «31 trucos sucios».
Recapitulemos el viacrucis completo. Argelia, con la plancha impune. Austria, con la falta invisible que fabricó el primer gol. Cabo Verde, con el derribo consentido justo antes del 2-1. Egipto tres veces en el mismo partido: el gol legal anulado, el penalti que nadie pitó, la falta fantasma sobre Salah. Suiza, con la roja invertida de Embolo. Inglaterra, por partida doble, con el codazo perdonado al principio y el pisotón que nadie quiso revisar al final. Nueve tropiezos de un solo lado del sorteo, y el beneficiario fue siempre el mismo. En la celebración, varios jugadores desplegaron con hinchas una bandera política sobre las Malvinas, vulnerando el reglamento de la propia FIFA, que archivó el asunto con la energía de quien espanta una mosca. Lionel Messi respondió a todo con una frase para los anales del cinismo: «no nos han regalado nada». En sentido estricto, cierto: los regalos se entregan a espaldas del beneficiario, y aquí el beneficiario miraba.
Hay que añadir el detalle que mejor mide la distancia entre el relato y la realidad: pese al balsa de aceite de la FIFA para que llegara a la final, el subcampeón estuvo dos veces al borde del abismo contra selecciones sin sombra de su palmarés. Cabo Verde lo llevó empatado 2-2 hasta el minuto 103 de la prórroga de dieciseisavos, con el golazo de Lopes Cabral encima de la mesa y la machada acariciándose. Egipto lo llevó 2-2 hasta el minuto 93 de octavos, tras un gol legal anulado (nos negaron la mejor jugada del Mundial de Salah con gol de Ziko en una decisión parcial) y un penalti silenciado. Dos finales anticipadas contra equipos humildes, resueltas ambas en el descuento y ambas con la colaboración arbitral. Los equipos grandes de verdad no viven así. Los protegidos, sí.
Todo ese andamiaje; el cuadro amable, los árbitros comprensivos, el VAR selectivo, el padrino en el palco, se montó para una sola cosa que ya tuvo lugar cuatro años antes: colocar a Argentina en la final y coronar la despedida perfecta para Messi. Y entonces sucedió algo que no se puede controlar desde las oficinas de la FIFA: enfrente de una panda de tramposos se plantó un equipo mejor. Aunque es quedarse corto, porque fue descomunalmente mejor. Sin discusión posible. La final desnudó las tretas de la organización y a un subcampeón hasta la caricatura: sin un solo disparo y con apenas dos llegadas al área española hasta bien entrada la prórroga, con su capitán haciendo el ridículo reducido a 54 toques de balón (la cifra más baja de toda su carrera mundialista) y con la posesión secuestrada por el rival de principio a fin. Hasta el gol anulado a Nico Williams en el minuto 95, ese último obsequio del VAR con la falta milimétrica de Merino resultó inútil. España fabricó otro. La prensa internacional coincidió al describir el planteamiento argentino con un adjetivo que lo dice todo: áspero. Un equipo que «nunca encontró la manera de competir futbolísticamente», que dependió de su estrella y de su portero, que eligió la fricción cuando se le negó el favor.
En el 90+3, Enzo Fernández fue con toda mala intención de lesionar la pierna izquierda a Cubarsí, que salió despedido y cayó al césped con un vuelo que no dejaba dudas: segunda amarilla, pero es que es entrada de roja directa. Argentina con diez para lo que quedaba de partido. El árbitro no dudó ni un segundo. Nicolás Tagliafico, en cambio, sí tuvo tiempo de improvisar: a metros de la jugada, sin que nadie lo hubiera tocado, se dejó caer sujetándose la pierna con la misma coreografía que días antes había hecho célebre a Breel Embolo (y la comparación se hizo viral al instante), en un intento tan burdo como caricaturesco de desviar la atención del colegiado hacia otro punto del campo. No coló. La tarjeta ya estaba enseñada. Pero ahí estaba Messi, dictaminando cosas al árbitro, como había venido haciendo en otros encuentros. Segundos después, con Cubarsí todavía en el suelo, Marc Cucurella se tocó la boca antes de hablar. Un segundo. Un gesto. Sin palabras. Fue suficiente para que Messi fuera corriendo a reclamar al árbitro la expulsión inmediata invocando la Ley Vinícius-Prestianni. La nueva norma sanciona con roja directa a quien se tape la boca al hablar con un rival por sospecha de insulto o expresión discriminatoria. El cuerpo arbitral detuvo el partido varios minutos para revisarlo. No encontró nada: ni insulto, ni gesto, ni infracción. Hubiera faltado más. Messi pedía una expulsión que no existía por algo que no fue. Es la síntesis perfecta de esta Argentina: cuando no puede ganarse la tarjeta con el juego, se clama ante el árbitro.
Cuando ni la fricción bastó, llegó el bochorno. El pitido final desató una escena impropia de una final: empujones, reproches, tanganas. Leandro Paredes fue expulsado después del partido por un golpe a Eric García y un empujón a Gavi en plena celebración española; Enzo Fernández vio también la roja en el tumulto. Veinticinco faltas cometieron durante el encuentro, coronadas con puñetazos cuando ya no quedaba partido que jugar. Nicolás Otamendi buscó a Rodri para escupirle un «lloraron toda la semana» de despedida. Y esa frase de un profesional de 38 años en el momento de entregar la corona retrata mejor que cualquier análisis lo que fue esta selección durante una década. La prensa internacional lo tituló por su nombre: una vergüenza. Porque no saber ganar es apenas un defecto pasajero, mientras que no saber perder acaba siendo, con los años, el único legado que queda. Y ese es el de esta Argentina de Messi. Este grupo lleva una década sin saber hacer ninguna de las dos cosas con decoro. Y su afición, malacostumbrada por años de impunidad sentimental, estuvo a la altura del ejemplo: latas de cerveza llenas arrojadas contra familias egipcias en las gradas de Atlanta, insultos racistas de una aficionada albiceleste al streamer Speed en Miami, una bandera inglesa escupida y pisoteada en Times Square, peleas entre sus propias barras con sillas volando, influencers argentinos con la clara consigna: “A los españoles hay que boludearlos; son estúpidos”… Y el detalle final, la guinda del pastel, el más pequeño y el más elocuente: el coro de «Messi, Messi» con el que intentaron sepultar la megafonía en el momento exacto en que se anunciaba el Balón de Oro de Rodri. Ni en la derrota total supieron callarse la boca para dejar hablar al fútbol de verdad. Ese que tanto anhelan ver y admirar de su selección. Por no hablar de que esta banda generó una gran polémica al no realizar el pasillo de honor al Campeón del Mundo tras la final del Mundial 2026 y quedarse de espaldas mientras los españoles levantaban el trofeo. Tras el partido, Scaloni aseguró ante los medios: “Aceptamos la derrota, sabemos perder”. Viven en un multiverso paralelo. Lo próximo será afirmar que se dejaron perder la final. Reír por no llorar.
“Andá pa’ allá, bobo”
Queda Messi. Había que llegar hasta aquí para hablar de él, al que esta última década se le ha regalado todo menos lo único que el fútbol no puede regalar: el balón en la final, el gol de la gloria, la victoria. Vaya por delante que este jugador estará siempre entre uno de los veinte mejores jugadores de la historia. Eso es irrefutable. Precisamente por eso, la estadística de sus Mundiales admite una lectura que nadie en su entorno querrá encargar. En sus cuatro primeras Copas del Mundo (2006, 2010, 2014, 2018), con el fútbol planetario mirándolo y los árbitros repartiendo justicia ordinaria, Messi firmó seis goles. En las dos últimas, con la maquinaria institucional descrita más arriba engrasada a su servicio, la cuenta ascendió a quince ¡Quince!: siete en Catar, ocho en esta edición. Seis goles en dieciséis años. Quince en cuatro. Y el desglose de estos ocho es el epitafio perfecto: tres a Argelia, dos a Austria, uno a Jordania, uno a Cabo Verde, uno a Egipto.
Ni uno solo a una selección del primer nivel. Ninguno en semifinales. Ninguno en la final, donde deambuló hasta la prórroga, mirando al cielo, con esa mirada perdida y gesto extraviado, como el jugador de campo más veterano que ha arrancado una final: 39 años y 25 días de sombra de lo que fue. Hasta el récord histórico de goles mundialistas que rascó a base de festines regalados contra rivales menores le duró exactamente lo que tardó Mbappé en jugar el partido del bronce: cuatro días. De uno de los mejores jugadores de la historia a mascota del régimen. La princesita de Infantino, escoltada de palco en palco mientras el aparato entero, protegido durante meses para esta única función protocolaria, le allanaba la despedida centímetro a centímetro, decisión arbitral a decisión arbitral. Ni con el cruce amañado, ni con los árbitros, ni con el VAR selectivo, ni con las patadas en el trayecto y en la final pudieron con España. Se marcha del último Mundial de su vida sin marcar un gol que hiciera daño o fuera importante, ni un tiro a puerta, callado por Cubarsí, un defensa que nació el año en que él debutaba con Argentina. Y debemos despedirle con la única frase que quedará en su antología de la nada verbal, su lema de camiseta que pasará a la historia, su cita más recordada: «Andá pa’ allá, bobo».
Queda el veredicto del torneo, y es agridulce como casi todo lo que duele. Éste fue con toda probabilidad el peor Mundial de la historia moderna: el más caro, el más desigual, el más deslustrado por los despachos, el campeonato de la infamia arbitral y del palco convertido en mitin. Todo es cierto y quedará escrito. Y también quedará escrito lo otro: que, en medio del estercolero, de vez en cuando, el deporte prevalece. Una selección que respeta al rival, que no protesta en manada, que defiende una idea de juego reconocible desde principios de siglo y que alinea a los hijos de tres continentes bajo la misma camiseta se llevó la Copa contra la organización, contra el cuadro, contra el VAR, contra el palco y contra una prórroga. Ganó el fútbol. No siempre pasa; por eso hay que escribirlo. La segunda estrella ya cose su hilo dorado sobre el escudo de la RFEF, dieciséis años después de la primera. Y se ganó contra todo y contra todos. En algún salón de cualquier ciudad del país, un niño que ayer gritó el gol de España que ganó un Mundial por primera vez en su vida. Guardará esa noche el resto de su vida, como nosotros guardamos la de Iniesta. Para ese niño y para todo aficionado que haya disfrutado ayer va este dossier abismal.


























