Mundial Qatar 2022

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Lionel Messi levanta el trofeo del Mundial de Qatar 2022 entre las celebraciones de sus compañeros, con Emiliano Dibu Martínez y Ángel Di María a su alrededor

El mundial que Infantino compró y vendió dos veces

Qatar quería una foto y se la dio el destino, con ayuda de un puñado de decisiones ajustadas y una bata a medida. Un Mundial de invierno, comprado en un hotel de Zúrich y organizado por un régimen que exigió silencio a cambio de entradas. He aquí la crónica de un Mundial donde el mejor equipo no siempre ganó, pero el mejor postor sí.

Un Mundial de fútbol disputado en invierno. La frase, dicha así, en diciembre, con la calefacción puesta en los hogares, todavía suena a chiste de mal gusto. Pero esto sucedió. Por primera vez en noventa y dos años de historia, el torneo se disputó entre noviembre y diciembre, con las ligas europeas partidas por la mitad y los cuerpos de los futbolistas reventados de una temporada que no tuvo pretemporada. El desierto árabe no admite fútbol en julio —cuarenta y ocho grados a la sombra no los aguantan ni los camellos—, así que el calendario del planeta se dobló ante Doha. Ningún otro deporte, ninguna otra industria, habría movido casi un siglo de tradición e historia por un capricho geográfico y, sobre todo, económico. El fútbol sí. Porque el fútbol, desde 2010, dejó de pertenecerle a nadie que no firmara el cheque correcto.

Gianni Infantino llegó a la presidencia de la FIFA prometiendo transparencia después del terremoto de 2015, la purga de Joseph Blatter, Jérôme Valcke y Markus Kattner, los maletines y el FBI llamando a las puertas de un hotel suizo. Se embolsaron 79 millones de francos suizos (80 millones de dólares) entre salarios y bonus durante de 2010 hasta aquella fecha. Ocho años después, el mismo Infantino abrió la rueda de prensa previa al torneo diciéndose «gay», «discapacitado», «trabajador migrante», en un ejercicio de empatía impostada que ni el propio diario The Guardian supo si calificar de bochornoso o de directamente insultante y ofensivo. Daba el nivel de un hombre que días antes había enviado una carta a las federaciones pidiendo que dejaran de «dar lecciones morales» y se centraran en el fútbol —mientras Amnistía Internacional documentaba jornadas de doce horas bajo el sol para los obreros del Kafala, y el mencionado medio británico cifraba en más de 6.500 los trabajadores migrantes muertos en Qatar desde la concesión del Mundial. El circo tenía dueño y señor. Y ese miserable pedía silencio a cambio de entradas.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA, gesticula durante una rueda de prensa ante el logotipo del Mundial de Qatar 2022, con un balón oficial sobre la mesa

Entre tanto ruido institucional y el vergonzoso protagonismo del presidente de la máxima institucional futbolística, hubo fútbol. Arabia Saudí tumbó a la Argentina de Messi en el estreno (2-1), el fuera de juego anulado tres veces, la grada saudí que no cabía en sí de júbilo y nadie en el planeta habría apostado un euro por esa combinación de resultado y contexto. Primer signo de que algo no olía bien. El principio de un plan trazado por los jeques que ponen el dinero para que su país tuviera lo que quería, que era que Argentina ganara para ver a Lionel Messi levantando el Trofeo de la Copa Mundial de la FIFA en su territorio para deleite de los actuales propietarios de la casi totalidad del deporte internacional. Qatar entró en la historia por la puerta de atrás, siendo el primer anfitrión eliminado sin ganar un solo partido, tres derrotas de tres partidos y la fiesta apagándose en su propia casa antes de la segunda semana. Países Bajos avanzó primero con Van Gaal dosificando esfuerzos, Senegal se rehízo del golpe inicial y certificó el pase, Ecuador se quedó a las puertas. Inglaterra golpeó fuerte desde el principio endosando un 6-2 a Irán, un festival ofensivo con Bellingham anunciándose como la gran perla del torneo, y firmó el billete sin sobresaltos. Al igual que Estados Unidos, mucho mejor equipo que en anteriores ediciones.

Cayeron selecciones como Dinamarca, México, Gales, con Bale en su despedida sin ganar un solo partido. O Bélgica enterrando a su generación más dotada en décadas (De Bruyne, Hazard, Lukaku). Avanzaron los que estaban designados para ello; Polonia, Australia, Brasil invicto, con Richarlison firmando ante Serbia el gol que terminaría llevándose el premio al mejor tanto del torneo, una chilena imposible o Portugal liderado por un Cristiano Ronaldo anotando de penalti ante Ghana y convirtiéndose en el primer futbolista en marcar en cinco Mundiales distintos. La pugna por meterse en octavos entre Uruguay y Corea del Sur se resolvió en el último suspiro: con un gol de Hwang Hee-chan en el descuento que certificó el pase coreano por goles marcados, dejando fuera a la cuatro veces campeona, que terminó acusando de manipulación arbitral en declaraciones que ni Cavani ni la federación retiraron después. Otro factor más de las dudas dentro del sistema de justicia en este torneo. Alemania, que arrastraba desde 2018 una crisis de identidad estructural que ningún seleccionador ha sabido subsanar, perdió contra Japón (2-1) y provocó que volviera a caer en primera ronda por segunda cita consecutiva. España empezó goleando 7-0 a Costa Rica en un ejercicio de posesión casi obsceno, y luego se dejó comer el terreno ante Japón valiente que la superó con las mismas armas —velocidad, verticalidad, sin miedo al peso del nombre rival— que ante Alemania. Fútbol bonito que no siempre gana; fútbol de circunstancias que a veces sí.

Los jugadores de la selección de Marruecos celebran en el césped tras eliminar a España en los penaltis en los octavos de final del Mundial de Qatar 2022

Y en medio de todo eso, Marruecos empezó a escribir la sorpresa del torneo. Un punto ante Croacia, una encerrona táctica a Bélgica, una defensa —Bono bajo palos, Hakimi y compañía delante— que no encajó ni un solo gol en juego durante toda la fase de grupos. Cuando llegaron los octavos y España se topó con ese muro, la Roja dominara la posesión sin encontrar el área durante noventa minutos de bonito ensayo estéril. Tras la prórroga, con Bono bajo palos, Hakimi dejó fuera a la selección de Luis Enrique con la cuchara más fría del Mundial ante España en los penaltis. Y pasaron a cuartos. Sin embargo, entre la frustración de la eliminación, quedó una promesa clara: Gavi con dieciocho años imponiendo ritmos de veterano, Pedri administrando el balón como si llevara una década en esto. No fue el final de un ciclo. Parecía el primer capítulo de otro de promesas por venir.

Marruecos siguió, imparable, hasta convertirse en el primer equipo africano en semifinales de la historia del torneo, porque además de España, eliminó a Portugal, con un cabezazo de En-Nesyri que dejó a Cristiano Ronaldo llorando en el túnel de vestuarios. Se marcharon en semifinales ante Francia, sí, pero lo hicieron con la cabeza más alta que la mayoría de las selecciones que alguna vez levantaron esa copa. En octavos, Brasil goleó a Corea del Sur (4-1), Vinícius Jr. bailando en el césped con su habitual altanería. Y Portugal aplastó a Suiza (6-1) con hat-trick de un suplente, Gonçalo Ramos, noche que dejó a Cristiano Ronaldo en el banquillo. Croacia, mientras tanto, a lo suyo, repitiendo el truco que lleva un lustro entero perfeccionando: sacar oro de donde no lo hay. Eliminó en cuartos a Brasil en los penaltis, después de que Neymar creyera resuelto el partido con un golazo en la prórroga. Una creencia que duró exactamente lo que tardó Petkovic en empatar en el último suspiro, y llegó a semifinales otra vez con Luka Modric, treinta y siete años, corriendo el campo entero como si la edad no fuera con él.

Leo Messi discute una decisión arbitral con el colegiado español Antonio Mateu Lahoz durante un partido de la selección argentina en el Mundial de Qatar 2022

Los cuartos de final entre Países Bajos y Argentina pasaron a la historia como la Batalla de Lusail. Antes de que acabara el primer tiempo: dieciocho tarjetas amarillas y una roja, récord absoluto en la historia de los Mundiales, con un árbitro español, posiblemente, el más inepto de cuantos haya tenido el fútbol español, Antonio Mateu Lahoz, incapaz de hacer nada por detener el esperpento. En el minuto 55, con Messi ya amonestado, el argentino tocó el balón con la mano tratando de superar a Nathan Aké. Ninguna segunda amarilla, ninguna revisión del VAR. Virgil van Dijk se lo dijo a la cara al árbitro en pleno partido: «Ha sido con la mano. Dame una razón para ignorar eso». Frenkie de Jong fue más lejos en la rueda de prensa posterior, calificando el arbitraje de «escandaloso» y asegurando que, superado el tiempo reglamentario, «los jugadores de Argentina iban todos a hablar con él, y a partir de ahí solo pitaba para Argentina». Entre otras cosas, una falta señalada contra los neerlandeses cuando a Jurrien Timber le habían quitado literalmente la bota de una patada. Aquí ya se intuía que Argentina podría llegar mucho más allá que lo que su juego le proporcionase. Los de Scaloni iban 2-0 arriba y vieron cómo Países Bajos empataron en los últimos minutos por un doblete de Wout Weghorst; los penaltis, con Dibu Martínez deteniendo dos lanzamientos, dieron el pase albiceleste (4-3).

En la semifinal entre Argentina y Croacia siguió esta dinámica. Messi abrió el marcador desde los once metros tras un choque entre el portero croata Dominik Livakovic y Julián Álvarez dentro del área. El árbitro italiano, Daniele Orsato, señaló la pena máxima casi sin revisión, como si el penalti tuviera que ser pitado por decreto. La jugada es, cuanto menos, muy dudosa. Luka Modric, capitán croata, no se guardó nada en la rueda de prensa: «No suelo hablar de árbitros, pero hoy es imposible no hacerlo. Orsato es de los peores que conozco, y no lo digo solo por hoy, porque me ha arbitrado muchas veces y nunca guardo buen recuerdo de él. Es un desastre.» Aunque también añadió que el rival fue justo ganador. Qué va iba a decir. La otra semifinal fue lo contrario, Francia doblegó a Marruecos (2-0) y cerró la fiesta del equipo revelación. En el partido por el tercer puesto, Croacia volvió a tirar de orgullo para derrotar a los marroquíes (2-1), otra vez con Modric dando su mejor versión. Uno de los nombres de este Mundial.

Luka Modric, capitán de Croacia, sonríe sobre el césped tras la eliminación de su selección en el Mundial de Qatar 2022

Cuando la FIFA anunció que el polaco Szymon Marciniak dirigiría la final, una parte de la prensa recordó que el propio Marciniak, que ya venía arrastrando la sombra de un criterio flexible con Argentina en el partido de octavos de final en el que la albiceleste derrotó 2-1 a Australia. No es ilegal ni siquiera insólito: los árbitros de la ronda final suelen repetir figuras del propio torneo, pero alimentó la misma pregunta que venía arrastrando el campeonato desde cuartos: por qué el nombre de Argentina y las decisiones polémicas parecían coincidir con tanta frecuencia. El término que resumió el fenómeno en redes y en algún medio francés, VAR-gentina, terminó mereciendo un reportaje propio de France 24 rastreando el patrón sin necesidad de fabricar pruebas: bastaba con enumerar los episodios.

Vista general del estadio de Lusail con la Copa del Mundo en el centro del campo, entre pirotecnia y las banderas de Argentina y Francia, antes del inicio de la final del Mundial de Qatar 2022

La gran e histórica final Francia-Argentina

Y entonces llegó la final, y con ella, el momento en que el cinismo dejó de ser una hipótesis para convertirse casi en género periodístico. Francia, mejor equipo sobre el césped durante tramos larguísimos del partido, se topó con una Argentina mejor situada en el campo y se puso 2-0 con un Messi encendido y un Di María inspirado; Francia, que llevaba todo el partido en letargo, despertó de golpe con Kylian Mbappé anotando dos goles en menos de dos minutos. Y, de repente, había una final nueva sobre el césped. Un vendaval que igualó el marcador y dejó al estadio entero sin aliento. Prórroga: Messi inició un ataque combinando con Enzo Fernández. El balón llegó a Lautaro Martínez y sacó un potente disparo cruzado dentro del área. La final parecía de nuevo decidida mientras Infantino aplaudía desde el palco. A dos minutos para terminar la prórroga, Kylian Mbappé remató desde fuera del área y el balón golpeó en el brazo extendido del defensor argentino Gonzalo Montiel dentro del área grande. El árbitro no pudo evitar no pitar un penalti tan claro. Mbappé sumó un hat-trick, el segundo en la historia de una final mundialista después de Geoff Hurst en 1966. Randal Kolo Muani tuvo en el pie el gol del triunfo en el último suspiro de la prórroga y se topó con una parada salvadora de Martínez. La final terminó 3-3 tras noventa más treinta minutos, con una prórroga que se estiró más de lo reglamentario.

Con los penaltis, más polémica y decisiones a favor de Argentina: con Dibu Martínez levantando los brazos antes de que el balón fuera golpeado, cerraron una tanda que la prensa francesa —L’Équipe, Le Parisien— calificó sin demasiado disimulo de sospechosa. Durante la tanda de penaltis, el Dibu lanzó el balón lejos justo antes de que Aurélien Tchouaméni fuera a lanzar, otro gesto de mal deportista que la propia FIFA terminó neutralizando meses después con un cambio de reglamento, señal de que el episodio no pasó desapercibido para nadie con capacidad de legislar sobre ello. Una columnista de prestigio como Nancy Armour remató lo que muchos pensaban del Mundial sin rodeos:

«Quien quiera decir que el torneo estuvo amañado para Messi tendrá que presentar algo mejor que una serie de evidencias que se pueden cuestionar. Lo que sí existe, verificado y citado por los propios protagonistas —jugadores, capitanes, un entrenador, la prensa especializada—, es una acumulación de decisiones ajustadas que, partido tras partido, cayeron del mismo lado. Eso no prueba una conspiración. Prueba, como mínimo, que el margen de duda razonable nunca llegó a cerrarse del todo»

(Nancy Armour)

Kylian Mbappé celebra un gol con los brazos abiertos durante la final del Mundial de Qatar 2022 ante Argentina

Fuera como fuese, Argentina, terminaría ganando 4-2 la eliminatoria, con el portero gaucho desplegando convertido en el protagonista voluntario de la tanda con sus habituales juegos psicológicos para presionar a los franceses y deteniendo dos lanzamientos. Y Argentina volvió a ser campeona del mundo. Tercera estrella. Desde 1986, con Maradona de héroe. En Qatar, el protagonista era bien distinto, porque la imagen que va a sobrevivir a todas las crónicas no es un gol, ni la victoria, ni siquiera los penaltis. Tampoco la celebración típica de estos casos. La imagen que queda del Mundial de la FIFA 2022 es Lionel Messi, recién coronado como campeón del mundo, con la camiseta albiceleste tapada por una bata negra que el emir Tamim bin Hamad Al Thani le colocó sobre los hombros segundos antes de levantar la copa. Un instante tragicómico. El bisht es, en la tradición árabe, una prenda de honor que se reserva para bodas, graduaciones y ceremonias de Estado. Qatar decidió reservarla también para el instante más fotografiado del deporte mundial, y de paso tapó el escudo de la selección que había esperado treinta y seis años por esa Copa. Ningún patrocinador pagó tanto por tan poca tela. La escena, más que homenaje, funcionó como recibo: la prueba gráfica de quién firmaba, en última instancia, el cheque de la fiesta.

Ahí está la paradoja completa, servida en bandeja de plata con orla dorada. Messi lleva toda su vida, sin poder conseguirlo nunca, ser el nuevo Maradona. Y para ello le faltaba un Mundial. Pero se dejó algo por el camino: la dignidad. Siete meses antes de la final, en mayo de 2022, ya había firmado como embajador turístico de Arabia Saudí, veinticinco millones de dólares a tres años, con una cláusula que le impedía decir una sola palabra que «dañara la imagen» del reino que regaló la Copa del Mundo. Nadie le apretó el brazo. En 2022 ya ganaba 122 millones entre sueldo y patrocinios, la segunda cifra más alta del deporte mundial; no firmó por hambre, firmó porque el negocio también le pareció bien a él. El mismo futbolista que representa lo último sagrado que le queda al aficionado resultó, a la hora de la verdad, tan fagocitable por el dinero como cualquier vitrina de trofeos.

El emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, coloca el bisht sobre los hombros de Leo Messi junto a Gianni Infantino, momentos antes de la entrega de la Copa del Mundo

Y esa es la clave de la fotografía: no fue un accidente de vestuario, fue el encargo cumplido. Qatar quería su imagen: el mejor futbolista del planeta, levantando la copa más codiciada del deporte, en suelo árabe, vestido de árabe. Y la consiguió con la misma facilidad con la que ha conseguido casi todo lo demás desde 2010: a golpe de cheque millonario. Ahí estaba Messi, tapado, casi disfrazado, sonriendo con esa sonrisa suya de siempre que parece no entender qué sucede a su alrededor —o entendiéndolo perfectamente—. Y ahí, a su lado, su benefactor de honor, Gianni Infantino, aplaudiendo la escena habiendo firmado la última página de un contrato: el hombre que había pedido silencio ante las críticas al régimen, celebrando el momento en que el mayor ídolo vivo del fútbol se dejaba vestir por sus anfitriones sin oponer resistencia y sonriendo como el mayor villano que cualquier ficción pueda imaginar.

Argentina ganó su tercera estrella. Messi ya tiene su Mundial. Mbappé se llevó la Bota de Oro con ocho tantos, Enzo Fernández el premio a mejor joven, Dibu Martínez el Guante de Oro y el cuestionamiento de medio mundo poniendo el trofeo en sus partes como si estuviera borracho o en una despedida de soltero. Así son los argentinos. Y el fútbol, ese que en noviembre de 2010 se vendió en un hotel de Zúrich por votos que nadie ha terminado de explicar, se quedó con la foto que mejor lo retrata: un genio del deporte, vestido de otro, sonriendo bajo la bandera de quien pagó la fiesta entera, con el propio dueño del circo aplaudiendo al fondo. Ya se sabe cómo se llama eso cuando ocurre fuera de un estadio. Quedará, de este Mundial, la sensación de haber visto algo raro y hermoso a la vez: un torneo que empezó con un cataclismo, que devoró a las potencias de siempre, que regaló a Marruecos un lugar en la historia y a Croacia otra lección de resistencia, y que terminó con la mejor final que el fútbol ha producido en mucho tiempo. El resto —lo que rodeó al balón, lo que lo compró y lo que lo vistió después— es otra historia.

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