(1929-2012)
José Luis Borau debutó con Brandy, un western de 1963 con guión de José Mallorquí, autor de Coyote y uno de los referentes de la literatura popular española de los años 60, a la que seguiría Crimen de doble filo un thriller policíaco sobre un pianista que presencia un asesinato y comienza a ser acosado telefónicamente. Dos muestras de la inquietud contracorriente de un director avocado a convertirse en un outsider de la época, sumando a su vez su función de productor independiente. Borau fue un cineasta complejo, capaz de experimentar y trabajar en el oficio desde los márgenes, inflexible cuando se trataba de caer en la complacencia. De ahí que la pericia como realizador se muestre con contundencia en Hay que matar a B, otra película que hoy en día nada tiene que envidiar a los clásicos americanos de serie B del género.
La caza furtiva como forma de abigeato, como metáfora de clandestinidad y represión, hicieron de ‘Furtivos’ uno de los paradigmas de la crítica al franquismo y su más redonda obra maestra. Un título que simboliza la grandeza del cine español y el punto álgido de su carrera. Pese a los constantes vaivenes de crisis de nuestro cine, Borau se aferró a la idea del riesgo, como creencia que nunca abandonó en su filmografía, con coproduciones internacionales como La Sabina, Río abajo, rodada en Estados Unidos y que fue un fracaso y Tata mía, que tampoco logró satisfacer las exigencias de crítica y público. El cineasta aragonés, volvería años más tarde a demostrar la magnificencia de un autor único e intransferible con prodigios como Niño nadie y Leo, singulares y desconcertantes cintas que reflejaron que la veteranía nunca fue un obstáculo para perpetuar ese combinación de destreza artística de libertad con la huella personal, de espíritu iconoclasta y verdadero. Así era Borau.
Nos vamos quedando sin figuras míticas, sin la esencia y raigambre de aquellos nombres que hicieron del cine español una cuna de obras imperecederas y que dejan el recuerdo de su grandeza en forma de película a las que acudir para lamentarse de que un día el cine estaba bien considerado en nuestro país.
D.E.P.


