Una secuencia al azar (XV): ‘Serpico (Serpico)’ de Sidney Lumet

por Miguel Á. Refoyo "REFO"

Serpico - cartel

El mundo policiaco de intereses y corrupción

Por mucho cine que uno haya visto a lo largo de su vida, es inevitable que se escapen algunos clásicos que hasta ahora permanecían ocultos en la vasta cinematografía que aún quedan por ver. Uno de ellos era Serpico, producida por Dino De Laurentis y dirigida por Sidney Lumet, donde Al Pacino, bestia de la interpretación en pleno proceso de moderación de un talento puesto a prueba de su propio histrionismo, da vida a un policía incorruptible, rodeado de la corrupción de unos compañeros que le hacen el vacío por el temor (consumado) de que pueda ser un soplón.

Encerrado en su propia obstinación por la ley, Serpico se olvida de la vida, de las relaciones (incluido el desprecio a comprometerse con el amor de su vida), del tacto humano, de la confianza, de sí mismo… en una transformación moral y física que propone varias preguntas al espectador.

Serpico - fotograma

Después de explorar las sucias artimañas que se gastan cuando la honradez y la justicia pretende combatir la corrupción que salpica a los altos estamentos, el policía es trasladado al escuadrón de narcóticos perdiendo la batalla moral que se había propuesto. La batalla está perdida. Sin embargo, como bien policía, prosigue con el cumplimiento de la ley a sabiendas de que su deber profesional ha impregnado su vida por completo. De ahí, que el comisario le vaya poniendo sobre aviso de los peligros de la sección antidroga. Por supuesto, en ese estrato los agentes cometen los mismos actos ilícitos de soborno y podredura del cargo.

La secuencia al azar se fija en el momento en que Serpico inicia con sus nuevos compañeros el asalto a un camello del Bronx. Es prodigioso cómo el editor Dede Allen (que ya revolucionó el lenguaje narrativo con Bonnie and Clyde con esas peculiares elipsis, montajes paralelos y combinando momentos contemplativos con el frenesí violento), mantiene el pulso con una progresiva abstracción de un montaje que se va fraguando la desgracia desde su inicio. Serpico sale del coche vista la apatía policial, que prefiere trincar a dos yonquis que asumir su función y detener al dealer. Recorre el edificio, sube a la azotea para observar el trapicheo y localizar el punto de venta. Una vez localizado, Serpico sigue el itinerario de detención. Es entonces cuando se escenifica el peligro cuando el delincuente consigue atrapar la mano del policía en el resquicio de la puerta. Allen y Lumet construyen, a través de las inserciones de la mano desagarrada y el rostro impotente de Pacino, una tensión insostenible, con el llanto de un bebé de fondo y la displicencia de sus compañeros que dejan que el camello acceda a un arma y dispare a la cara del agente.

Serpico - fotograma

Hoy en día la película puede parecer que ha quedado un poco anticuada. Nada más lejos de la realidad. Lumet traza con minuciosidad una decadencia parsimoniosa en la estructura de complejidad fiel a un estilo y al propio personaje. El mundo sin valores y carente de justicia parece que no sólo pertenece al día de hoy. Ya en los 70, Serpico restaba heroicidad al cuerpo policíaco y ponía en duda las redes de intereses y corrupción que anidan, difiriendo en escalas y gravedad, en cualquier comisaría del mundo.

De paso, el realizador de Tarde de perros, cinta la que Serpico comparte ideología e intenciones, compone un fresco social que de una dimensión estética e integral a ese cosmos de una década marcada por el hippismo, las drogas, el amor libre y la imprevisión. Tal vez un retrato imposible e idealista sobre alguien entregado a hacer bien su trabajo. Un posicionamiento que fantasea con esa improbable faceta de las fuerzas del orden público sin olvidarse, eso sí, de alertar acerca de los altos mandos que manipulan los hilos de la sociedad. Eso, antes y ahora, nunca cambiará.
En cualquier caso, daos una vuelta la cutre web oficial del gran Frank “Paco” Serpico.

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