Hereditary es la asombrosa ópera prima de Ari Aster es un drama psicológico que reúne una reflexión sobre el duelo y la pérdida personal, las supersticiones, los mitos y la enfermedad mental como carga familiar.
Mucho antes de su estreno comercial, Hereditary venía con una vitola de excelencia que muchos ya se adelantaron a etiquetar como “la mejor película de terror de la década” debido, fundamentalmente, a su éxito cosechado en el Festival de Sundance. Infundada tal notoriedad dentro del circuito festivalero, era una incógnita a despejar tanta expectación inherente sobre tales calificativos. En los tiempos que corren, un puñado de películas han abanderado, con su confrontada calidad, adjetivos similares en ese desatinado empeño de preponderar títulos sobre otros; bien sea Expediente Warren: The Conjuring, de James Wan, Sinister, de Scott Derrickson, The Badabook, de Jennifer Kent, It Follows, de David Robert Mitchell, La Bruja, de Robert Eggers o la reciente Déjame salir, de Jordan Peele.
Todas son cintas heterogéneas que han sabido manejar las herramientas genéricas con cierta habilidad y que tienen en común haber esgrimido notables muestras de terror a través de historias que han conectado con la crítica y el público, sabiendo adaptar los usos clásicos y lugares comunes a los nuevos tiempos actuales. Los temores profundos del ser humano y las supersticiones, tanto de carácter tradicional como vanguardistas, siguen agitando los miedos del espectador bajo la superficie de la vida doméstica ordinaria. La arcaica maquinaria del horror puede desbastar su estirpe y seguir ofreciendo pesadillas colectivas por medio de estratos revestidos de sutil transgresión, haciendo que el género siga descubriendo nuevos caminos para dar salida a una a los temores y emociones reprimidas.
¿Es la mejor película de terror de la década? Ni siquiera importa. Tal vez lo sea. Puede que no. Es tan complicado catalogarla de tal forma ante subjetividades varias que lo adecuado es afirmar que Hereditary es una muy notable muestra de cine que rebasa su condición de película de terror para convertirse en una pieza con tantos recursos que su linaje génerico no es más que otro factor a aplaudir dentro del amplio espectro de cualidades que acapara la ópera prima de Ari Aster. El film arranca con la esquela de Ellen Leigh, la abuela de la familia Graham, sobre la que orbitará su trama. El primer plano ya instaura las bases intencionales al introducir, literalmente, al espectador en una casa en miniatura, de la que luego sabremos que es el oficio de la protagonista, Annie Graham, una hija que, tras un desabrido discurso sobre la difunta, se cuestiona sobre la tristeza y la recienta pérdida. Más que de dolor, se deja intuir en la familia una extraña sensación de paz y alivio.
A partir de ese momento, Aster va componiendo una dramática fábula a baja cocción, tomándose su tiempo para examinar y descomponer a los miembros de una estirpe que vive la incomunicación como una rutina asfixiante, dando pequeñas pautas del carácter castrante que personalizó la abuela muerta y de los traumas y secretos inconfesables de cada de uno de ellos. A través de su metraje, el lento fluir de la historia va bullendo una atmósfera opresiva desde su primer fotograma, desarrollando los dolorosos acontecimientos incluso antes de que los aspectos sobrenaturales entren plenamente en juego. Si hay algo que prepondere en su línea narrativa es la inexistencia de ese anticipatorio golpe de efecto o la instrumentalización sonora para provocar el miedo. Hereditary se aleja de los clichés efectistas, utilizando una inquietante comunión con el drama interno contagiado en el seno familiar, que se ve afectado por diversas causas que escapan a la explicación lógica, aunque todo el mecanismo trágico se va dando por circunstancias de dolorosas consecuencias. Con ello, se disecciona con notable trascendencia la destrucción del núcleo familiar mediante un proceso de degradación mental que lleva irremediablemente a la locura.
Las referencias a las que alude, de forma directa, Hereditary, se inspiran en película clásicas que astutamente van empapando de una forma compleja y subversiva, haciendo evidentes algunos guiños, pero encontrando su personalidad propia en una amalgama cuidadosamente enhebrada, sintomática de un cineasta curtido que domina todos los aspectos de la dirección cinematográfica. Rara vez un cineasta ha presentado un primer trabajo tan astuto, lo que hace que todas esas influencias sean tan escalofriantes y exploten su complejidad con un tempo progresivo de una película diferente que roza lo sublime. En gran parte por su modulación dramática, al conferir un estilo despojado de grandilocuencia en su reflexión sobre el duelo y la pérdida personal, idea que no abandona en ningún instante, incluido ese tercer acto donde detona todo el arsenal de terror en estado puro.
Desde la inevitabilidad de La semilla del Diablo, de Roman Polanski o El hombre de mimbre, de Robin Hardy, el éter insano y silencioso de Al final de la escalera, de Peter Medak, pasando por los cánones preceptúales de El Exorcista, de William Friedkin, salpicado por el oscuro sadismo de Amenaza en la sombra y No mires ahora, ambas de Nicholas Roeg y con escurridizas correlaciones con cintas como Suspense, de Jack Clayton o Carrie, de Brian De Palma, Hereditary discurre por vías vinculantes a otros clásicos con los que comparten mecanismos dramáticos, ya sea Gritos y susurros, de Ingmar Bergman o la transcripción de duelos familiares dolientes y tristones como Gente corriente, de Robert Redford. Incluso se permite homenajear al maestro Hitchcock introduciendo la inesperada y temprana muerte de una figura central como en Psicosis.
Todo parece destilar una constante sensación de angustia, que se acentúa con la tóxica y grisácea fotografía de Gregory Crewdson. Una función macabra bajo las notas del saxofonista Colin Stetson, que aporta con su talento un extraño éter cinético que fluctúa en los silencios sin necesidad de recurrir a los golpes de efecto o los subrayados, donde los silencios son exquisitamente prolongados y cada momento silente es abrumador y a veces insoportable. De los muchos elementos fascinantes de Hereditary prevalece, a su vez, la capacidad de permitir conocer el desarrollo de los acontecimientos de la narración de forma casi premonitoria, sin que ello impida crear una atmósfera sombría que va empujando al espectador a una constante perversión psicológica donde el único sentido imperante es el terror.
También lo es el hecho de estar ante una película plenamente de personajes, cuyo escrutinio va desmenuzando cierto atavismo familiar en forma de los miedos instaurados en lo más recóndito de la naturaleza humana. Y Aster lo lleva a cabo consciente de que, pese a lo más espeluznante de sus imágenes más cruentas, haya margen para un cierto sarcasmo en el manejo de situaciones sobre sus personajes. El imaginario familiar de los Graham y su progresivo descenso a los infiernos se trata desde contexto lleno de desesperación y dolor, filmado con un rigor y una meticulosidad bastante inaudita en un director novel. La perfección de cada encuadre busca constantemente la identificación con sus pertinentes movimientos de cámara, con la inercia del personaje, dejando un espacio abierto para el espectador se sienta parte de los acontecimientos. Toda una hazaña artística que nos pone sobre aviso acerca de un cineasta fuera de lo común.
La enfermedad mental y los demonios familiares como herencia.
* A partir de este momento se desvelan algunos asuntos importantes de la película. Si no la has visto, no sigas leyendo.
Annie Graham se dedica profesionalmente al exótico arte de miniaturización en dioramas a modo de casa de muñecas que reflejan encapsulaciones dramáticas con sustancia autobiográfica, que no es más que la excusa para silenciar los traumas y transformarlos en inquietantes obras de arte, como metáfora de empequeñecimiento de los problemas y conflictos que arrastra en su dramático pasado. Si hay un tema central que acaba por impregnar todo el relato es la ambivalencia acerca del papel de esta mujer como hija y su condición de madre, como monstruo oculto o presentida víctima.
Estamos así ante una cinta sobre la culpa en un drama interno como amenaza en un juego de catalepsia emocional, que explora la ambigüedad de la maternidad a través de momentos de puro pánico emocional, como cuando, avanzada la trama, rebela a su hijo Peter que nunca quiso tener descendencia y, una vez encinta, trató de inducir un aborto. La influencia corrosiva de la figura materna parece el constructo sobre el que erigir esta enfermiza conjuración de los Graham, condenados a refrendar traumas que vienen adquiridos de sus raíces familiares.
La maternidad se percibe como una pugna traumática dentro de la esfera de esta estirpe. Por una parte, el vínculo entre la abuela Ellen y su nieta Charlie. La conexión artística entre Charlie y su madre Annie parece transmitida por la matriarca recién fallecida, como si se tratase de una disciplina de compulsión ritual. Algo que les une de forma simbólica. No obstante, la filiación entre abuela y nieta se hizo férrea con el nacimiento de la pequeña de la familia, siendo poco menos que adoptada. Con el hijo, Peter, fue diferente. Se cuenta que cuando nació Annie, apartó a la abuela y que, con su segundo alumbramiento, la abuela pasó a ejercer de figura materna. Existe una doble visión de la madre castradora, una invisible y otra imprevisible dentro del escalafón matriarcal. La abuela quería que su nieta fuera un niño y recibió a la segunda hija como una especie de premio de consolación.
De forma soterrada, Hereditary reflexiona sobre cómo la herencia y las ansiedades genéticas pueden dominarlo todo por completo, devorarlo y expelerlo de las formas más terroríficas que se puedan imaginar. Cuando entran en juego las supersticiones y los mitos, la atmósfera es casi insostenible. Las escenas más terroríficas se han dado cita cuando toda la familia está unida y el espectador ya conoce ciertas revelaciones relacionadas con el sonambulismo de Annie, que hace retorcerse al público en su butaca: no hace mucho tiempo, bajo el efecto de una parasomnia, roció a sus hijos con disolventes de pintura y trató de quemarlos vivos, despertando justo a tiempo antes de cometer el filicidio.
En el que posiblemente sea uno de los momentos más brillantes y mejor rodados del Hereditary, Annie se desahoga en un grupo de ayuda a gente en duelo por la pérdida de un ser querido con una confesión desasosegante; antes de que su madre perdiera el juicio por un trastorno de identidad disociativo, su padre murió de inanición a causa de una depresión psicótica y su hermano se suicidó debido a la esquizofrenia porque aseguraba que su madre estaba tratando de “introducir gente dentro de él”. La enfermedad mental heredada a modo de maldición es, por tanto, otro de los corpus insuflados al desarrollo y a las subtramas que anidan en un guion perverso y juguetón. Como en esa secuencia sumida en la agonía de Charlie, de la que ya conocíamos su alergia anafiláctica a los frutos secos, avanza nerviosa dejando un accidente de tráfico y el efecto catatónico del hermano mayor, incapaz de asumir el terrible acontecimiento que acaba de suceder. Puede que sea una de las mejores percepciones filmadas de las consecuencias catatónicas a las que puede conllevar un estado de shock.
Desde ese instante, Hereditary se contamina con el rencor y el silencio de una familia disfuncional, cuando esas palabras no dichas tienen un efecto transformador y destructivo. Peter ya estaba distante con su madre antes de la muerte de Charlie. Después de su desaparición, ninguno de los dos puede hablar entre sí. Tampoco el cabeza de la familia, Steve, parece aportar soluciones con una actitud silente, pusilánime y tranquilizadora. Peter, al igual que Annie, siente el peso titánico de la culpa por lo sucedido a Charlie. Sin embargo, él no lo abordará ni se responsabilizará de nada, por lo que lo termina consumiéndose en la agonía existencial, como una muerte en vida que le hace actuar como un autómata.
Los fantasmas del dolor, el trauma y el sentido de la herencia, transformando el concepto de demonios familiares en algo literal van abriendo las respuestas al enigma con la irrupción de Joan, personaje recurrente que aparece de improviso para ofrecer su hombro para el desahogo de Annie y acaba siendo una especie de rol modernizado de Ruth Gordon en Rosemary’s Baby al utilizar los miedos, la maternidad, la pérdida y el dolor para difuminar los límites de la locura y lo sobrenatural.
Es así como se exponen las revelaciones sobre esa herencia de la abuela, que van contribuyendo a un contagio demoniaco urdido durante décadas para llevar a cabo un sacrificio en su linaje con motivo de una invocación sectaria que ha ido apareciendo de un modo visible en la exhumación del cadáver de Ellen o en las extrañas palabras que aparecen en las paredes de las habitaciones de los Graham. Todas ellas, relativas al ocultismo de Aleister Crowley o a los contextos del Paraíso perdido de Milton referidos al lugar donde existían Lucifer y los caídos. Invocaciones o premoniciones de lo que está a punto de suceder.
Llegados al giro mecánico de la trama que abarata su inversión emocional, Aster va jugando sus cartas sin abandonar su lentitud en la exposición de los hechos, alternando terror, amenazas misteriosas con momentos de comedia doméstica oscura y cruel. Tanto es así, que el simple sonido infantil de chasquear la lengua contra el paladar puede ser producto de un susto inesperado y violento. La conspiración orquestada alrededor de una invocación demoniaca se ha formulado a lo largo de la película, en una nota dirigida a Annie, que advertía crípticamente de un terrible sacrificio y una gran recompensa o con ese con ese símbolo a modo de collar que comporten la fallecida madre y su hija en el inicio de la película.
No es otra cosa que la insignia dentro del grimorio de bestias perteneciente a Paimon, verdadero nombre de un demonio que aparece en varios textos ocultos de un libro de hechizos del siglo XVII titulado La llave menor de Salomón, uno de los tratados de demonología católica más populares. Paimon es uno de los ocho reyes del Infierno y aquí la evocación del Demonio desde dentro de las raíces de un hogar familiar maldito que, a su vez, no se representan con una grafía terrorífica, si no a través del dolor interno y personal de cada uno del clan Graham. Este ente luciferino ha ido haciendo acto de presencia durante el transcurso de la historia, bien sea como ese chasquido vocal o como una luz luminiscente que guía la energía de Paimon para cumplir su voluntad.
La conclusión sobre los procesos del patriarcado y la necesidad de un receptáculo masculino para la encarnación terrenal de este Demonio son el colofón a una conclusión donde el cine de género aborda su rostro más feroz, como si el director debutante hubiera preparado al espectador para un fin de fiesta tan atroz como incómodo. De este modo, descubrimos porqué la cabeza y la decapitación son un motivo recurrente en la narración, ya que las tres mujeres de la familia acaban sin cabeza en un acto que responde a la consecución de la liturgia satánica, el culmen de la innovación y resurrección del rey luciferino. Y Peter, poseído, con una corona sectaria, representa no sólo una carga existencial que puede que no sea otra que la enfermedad mental de una familia, sino cómo los trauma pueden transformar totalmente a una persona. La familia como entorno podría verse también como una enfermedad en sí misma, siendo imposible escapar de ella. La gravedad del destino es inevitable, como la de impedir el legado genético de ese hogar que se vuelve inhabitable. Es una marca tan dura y terrible como cualquier corona colocada en la cabeza.
Llegados a este punto, más que una película de sacrificios y ritos satánicos Hereditary es un drama psicológico tan revelador como gratificante que ofrece un espectáculo de gran escala, claustrofóbico, incómodamente divertido y realista en su exhortación sobre los disturbios metafísicos y psicológicos llevados a un extremo lúgubre e trastornado. En la retina colectiva perdurarán fragmentos imborrables, como esa casita del árbol que es el cénit diabólico, la cabeza sesgada de la pequeña Charlie descompuesta y devorada por las hormigas, el cuerpo carbonizado del único personaje sin el lastre heredado o Annie sesgándose el cuello levitando en un desván maldito.
Para los fastos quedará la que posiblemente sea una de las interpretaciones más monumentales y loables de los últimos años. Toni Collette está simplemente magistral en su composición de esa madre llena de culpa y vergüenza, capaz de transmitir con absoluto verismo el dolor, la desesperación, la angustia o la ira. Un Oscar sería poco premio para una interpretación de tal magnitud. También nos queda el exótico descubrimiento de Milly Shapiro, joven actriz de rostro inusual que borda su tortuoso personaje impregnado de extraña vulnerabilidad que esconde secretos bajo un físico que perturba y atrae a partes iguales. Ari Aster ha firmado uno de los grandes debuts de la década con esta historia de temores tan profundamente enraizados tanto en el amor en una familia marcada por una maldición heredada inevitablemente destinada a destruirla.











