(1940-2017)
Se suele vincular el nombre de George A. Romero a un icono del cine de terror como es el zombie moderno. Y no es para menos. El hoy fallecido director de culto es, desde hace muchas décadas, el cineasta instaurado para la inmortalidad como figura paternal que transgredió con su labor la cultura popular. Gracias a él, los muertos vivientes (y todos los designios utilizados hasta la fecha de forma análoga) han pasado, diseminados fundamentalmente en la literatura y el cine fantástico, como un elemento simbólico de muchos aspectos sociales y analíticos de la sociedad moderna y como una imagen filosófica e histórica sobre la naturaleza del zombie legada por Romero. La imagen de estos seres sin voluntad tiene un origen histórico único en la medida en que supone una ruptura histórica en las tradiciones culturales de la autorrepresentación humana.
A finales de los 60, cuando Estados Unidos iba abandonando la Guerra Fría y se daban los primeros pasos del hipismo y el éter social se movía entre el miedo, el progreso y la reivindicación, un par de colegas de Pittsburgh, Pennsylvania, hablaron entre cervezas de hacer película barata que revolucionara el género de terror. Romero y John Russo querían sacar adelante un relato corto del primero titulado Anubis cuya línea argumental ya se centraba en cadáveres que regresaban de la tumba para devorar a los vivos y que bebía de Soy leyenda, de Richard Matheson y de El carnaval de las almas, de Herk Harvey. Su adaptación debía ser el cortometraje que Romero lanzaría como piedra de prueba en el mundo del cine. Había estudiado en el Beaux-Arts y, viendo la dificultad de dedicarse a ello, creo junto a Karl Hardman y Russell Streiner una pequeña productora llamada Image Ten.
Tenían un presupuesto de 114.000 dólares y estaban dispuestos a rodar Night of the Flesh Eaters en un tiempo muy limitado, en blanco y negro (que entonces suponía una reducción de costes considerable), en 16 mm. y como pluriempleados dentro de la producción. Hardman y otra amiga, Marilyn Eastmand, llevarían las funciones de producción, maquillaje y sonido, mientras que Romero dirigiría el guión de Russo.
Así nació La noche de los muertos vivientes, una antológica película donde el “no muerto” pasó a ser la representación del pánico de los propios norteamericanos, ignorantes y violentos ante las amenazas (algo parecido a lo que lleva sucediendo en la historia reciente de Estados Unidos, bien fuera en la Era Reagan, la Era Bush o la Era Trump), en una dimensión más discursiva que en sus antecedentes, porque, de algún modo, el miedo proviene del propio ser humano, caracterizado en un núcleo que suplanta la actitud occidental equiparada a un soberbio paralelismo con las hordas de zombies magnificados.
Rebelde, rupturista y contestatario.
Se mueven mecánicamente con un solo objetivo e instinto irracional: matar humanos para poder comer, involucionando hasta el lado más salvaje y primario de nuestra naturaleza. La obra maestra del cine de terror perdurará a lo largo de la Historia como una arriesgada y valiente apuesta que planteó un compromiso transformador e ideológico y rechazó el conformismo social como elementos necesarios para orientar hacia cambio político efectivo. Un film que va mucho más allá de su condición genérica, ya que abanderó la insubordinación como forma de rebeldía a unos niveles nunca vistos hasta la fecha.
Desde entonces, la figura de Romero incentivó un subgénero propio con numerosos films a modo de saga temática sin perder su aspecto contestatario denunciando diversos males sociales que han ido en progresivo aumento, convirtiendo, en cierto modo, al ser humano en un zombie absorbido por bien sea por cultura consumista, la carrera armamentista, la crisis de los cohetes, el miedo al comunismo, la inmigración, la crisis económica, el fanatismo sinsentido o una profecía sobre los algunos de los vicios y peligros de la tecnología en nuestros días como bien han ido desgranando Zombie, El día de los muertos, La tierra de los muertos vivientes, El diario de los muertos y La resistencia de los muertos.
Pero la filmografía de Romero no sólo abarca esa tradición del cine zombie. Desde su segundo largometraje en 1971 There’s Always Vanilla marcaría sucesivos intentos por establecer unas señas de identidad en la ruptura con las restricciones genéricas y orientar su cine hacia otras direcciones creativas. La feminista La estación de la bruja ya avanza el riesgo de intercalar el fantástico y el realismo como dispositivos narrativos o en The Crazies, que contiene patrones estructurales similares a su ópera prima en los que los conflictos de poder entre grupos de oposición amenazan con destruir cualquier forma de progreso potencial.
En la magnífica Martin ya se percibía uno de los objetivos como creador de Romero, el de la irrupción de un elemento sobrenatural en la mente de un chaval que se cree un vampiro y todo lo que interfiere en su vida cotidiana y dentro de la del núcleo familiar. Llegó una versión modernizada de Camelot con Los caballeros de la moto y unió sus fuerzas junto al totémico Stephen King en Creepshow, visualización autoral de esa esencia de los EC Comics de los 40 y 50 en una recordada pieza de culto de los años 80 que contextualizaba los lugares comunes de su director y del mítico escritor de Maine y que ampliaría posteriormente en La mitad oscura.
Antes de regresar a su mundo de muertos vivientes con los que ha seguido perpetuando e innovando en su discurso de progresiva deshumanización sobre la sociedad contemporánea, filmó en 2000 la reivindicable El rostro de la venganza, film vocacional, que evidenció el desencanto del propio director respecto al cine y que supuso un interesante manifiesto sobre la pérdida de la identidad artística.
Tras un cáncer de pulmón al que no pudo ganarle la batalla, George A. Romero ha muerto convertido en una leyenda necesaria para entender gran parte de las más significativas e influyentes páginas de la memoria cinematográfica, mucho más allá del género de terror.






