Escritor · Guionista · Director
Nací en Salamanca un lunes 17 de febrero. No elegí el frío, pero me encanta. Tampoco elegí la ciudad, porque soy del Barrio Garrido, ni el nombre, aunque todos me llaman «REFO» desde antes de que recuerde el que se lee en mi DNI. Estudié Ciencias de la Información en la Universidad Pontificia de Salamanca —contra toda lógica vital, porque yo quería hacer cine e irme a Madrid— y ésa contradicción concierta casi todo lo que vino después: trabajar donde me dejaban, escribir sobre lo que nadie pedía, construir un proyecto crítico en los márgenes de una industria que nunca entendió del todo para qué servían los límites.
He currado más de tres décadas como redactor en medios de comunicación, con la crítica cinematográfica como eje vertebral y las secciones culturales como territorio de exploración. La era 2.0 desplegó otro mapa: editor de contenidos, estrategia de marca, copywriting publicitario, esa travesía del desierto que algunos llaman reconversión y que otros, los más honestos, llaman supervivencia. De vez en cuando, ensayos en volúmenes colectivos. Y llevo con una novela en constante reescritura desde hace más años de los que resulta prudente mencionar.
Creé un blog llamado Un Mundo desde el Abismo, que se convirtió en referente a principios de siglo por alguna razón que escapa a cualquier análisis de mercado. Sin estrategia de contenidos. Sin engagement calculado. Sin los instrumentos que se considerasen imprescindibles. Sólo escritura. Esta web es su continuación directa: mismo abismo, diferente plataforma, la misma ilusión absurda por el divertimento y la libertad.
He dirigido cortometrajes con selecciones en festivales internacionales y algún premio que no cambió nada sustancial pero que configura el registro de lo que se intentó. También piezas publicitarias y videoclips. Como guionista, escribí para radio y televisión —programas de entretenimiento, series de ficción—, y varios proyectos de largometraje en desarrollo que se mantienen esa categoría extraña de lo posible dentro de lo improbable.
El cine no es una afición. Es un estado vital. Lo estudio desde que tengo uso de razón, en todas sus variedades y naturaleza, sin distinguir entre el goce y el rigor porque esa distinción siempre me pareció una trampa. En mi vida diaria, las bandas sonoras y el jazz comparten espacio con el rock. La fotografía —técnica y práctica— opera en paralelo. La literatura, el cómic, cualquier forma de lectura que llegue a mis manos también. La gastronomía, con recetas propias desde que me independicé hace tres décadas, es territorio donde la improvisación y la disciplina negocian sin árbitro.
Odio el fútbol moderno, esa maquinaria bicéfala y obscena. Pero soy del Athletic Club de toda la vida (estas dos cosas no se contradicen: se complementan). Cuando puedo, juego al baloncesto porque amo este deporte. Mi equipo es el Joventut desde que mi padre me compró un pijama verdinegro de Massana en 1983. Conozco la NBA con la misma intensidad que la NFL o la NHL, que son deportes donde todavía pasan cosas que no estaban guionizadas de antemano.
Si queréis encontrarme, preguntad en los bares del barrio Garrido de Salamanca. Estaré en alguno, con una cerveza —otra de mis grandes pasiones, sin jerarquía con las anteriores—, contando historias o anécdotas que quizás ya he contado antes, pero que mejoran con la repetición.
En mayo de 2015 ocurrió lo único verdaderamente irrefutable: me convertí en padre de Iván. Todo lo demás —las críticas, los proyectos, el abismo, los bares— existe en función de hacerle feliz. Contra viento y marea. Sin excepción.