(1952-2016)
Esta mañana las redes sociales se han inundado con el obituario de Leonard Cohen. Uno de los grandes genios de la música, un poeta de la melancolía que sostuvo un estilo propio durante su carrera y volcó con sensibilidad esa faceta de artista taciturno y genial. No obstante, hoy también ha fallecido otro mito, esta vez pugilístico: el gran Perico Fernández, un boxeador maño que fue pionero del boxeo en España en los 70, un campeón de golpes impredecibles que revolucionó el deporte del ring con su desparpajo sobre el cuadrilátero.
Pedro Fernández Castilllejos ha sido uno de los grandes dentro del cuadrilátero, pese a su carácter rebelde e indisciplinado que mermaron un palmarés mucho más amplio y lleno de éxitos. Sin embargo, la despreocupación y la falta de sacrificio quedaban a un lado cuando subía a un ring. En la segunda mitad de la década de los 70 era uno de los mejores talentos del boxeo mundial. Una leyenda que en 1973 tumbó a Kid Tano y se proclamó campeón de España a los puntos para, poco después, erigirse como campeón de Europa de los ligeros al derrotar por KO a Toni Ortiz. Su estilo estaba lleno de personalidad, con un jab brutal y una agilidad sorprendente.
Era tan explosivo como imprevisible. Su derecha se cristalizó con unos de los más alucinantes y poderosos uppercuts que se hayan visto en territorio nacional. Su talento llegó a la élite mundial en 1974, contra el feroz Lion Furuyama en el Palazzetto dello Sport de Roma en una de las noches más recordadas por el aficionado a este deporte. Salió de allí convertido en el campeón mundial WBC de los superligeros como el más joven pugilista patrio en conseguir un título mundial. No se conformó con ello. Un año después, el 19 de abril de 1975, defendería la supremacía en la categoría frente a Joao Henrique, al que tumbó para alcanzar la gloria. No pudo con Suansak Mangsurin.
Su fugaz ascenso vivió la larga caída a los infiernos. Su vida personal es digna de una película dramática. Se convirtió en un juguete roto demasiado pronto. Prefería la noche, la fiesta, la cerveza, el whisky y las discotecas antes que la disciplina del entrenamiento. Desde ese punto, no hubo vuelta atrás. Su decadencia se acentuó y aunque volvió a enfundarse unos guantes de boxeo, nada sería igual. Su vida transcurrió en bares, locales nocturnos y dilapidó en poco tiempo lo que había ganado de su precoz estrellato sobre el ring. Se retiró en 1987, cayendo en casi todos los combates en los que compitió, dando una triste imagen que no ensombreció lo logrado una década atrás. Las dificultades vitales llegaron hasta tal punto que llegó a confesar que durante años dormía en una habitación de un prostíbulo que le cedía un amigo suyo. Acabó sus días en la precariedad y con la salud maltrecha, aquejado de diabetes y alzhéimer.
Ayer dejo este mundo en el neuropsiquátrico de Nuestra Señora del Carmen de Garrapinillos, en Zaragoza, donde estaba ingresado hace tiempo. Tenía sólo 64 años.
D.E.P. campeón.




